Identidad del Catequista Escolar

Vocación, ministerio y espiritualidad


Una vocación para anunciar a Jesucristo en la Escuela

Por Eugenio F. Visiconde

El catequista es aquel hombre o aquella mujer que, sintiéndose llamado y enviado por Jesucristo en la Iglesia, desde hechos, palabras, acontecimientos y personas concretas, responde a esta vocación particular, asumiendo un ministerio: ser portavoz del Evangelio y constructor de la comunidad eclesial, haciendo madurar la fe de otros, mientras él mismo hace camino de discípulo, enseñando, celebrando y madurando el Misterio de Cristo (cf. Ef. 3,9.18ss.). Este camino, para algunos, pasa por el corazón de una comunidad educativa. Así como este espacio de Iglesia tiene notas que lo distinguen de otros ámbitos de la misma, estas notas a su vez distinguen la identidad del catequista escolar.
El catequista, ¿cómo desarrolla el ministerio de la Palabra en la escuela?. Esta pregunta es medular para abrir camino y resolver cuestiones que hacen al plus de su especificidad: ¿en qué difiere su tarea a la de otros catequistas?, ¿cuáles son los factores vinculantes entre su tarea y la espiritualidad que lo anima?, ¿qué relación debe existir entre esta espiritualidad y las demandas propias de su lugar de ministerio, para que pueda responder a los desafíos y oportunidades de su medio?.
Para definir la identidad del catequista escolar debemos partir de su especificidad. Esta se desprende de la naturaleza de la misión de la escuela. La finalidad de la escuela es la educación integral del hombre, su personalización. Este proceso, que es itinerario y camino permanente de maduración, desde la visión de fe de la escuela católica, es un proceso de salvación, porque es medio de planificación y santificación del hombre bajo la acción de la gracia. Por lo tanto, el catequista escolar deberá estar capacitado profesionalmente para esta tarea, para unir su desempeño pedagógico-institucional con su ministerio pastoral-eclesial. Esto supone el desarrollo de determinadas competencias, que complementan dicho ministerio: su saber y su saber- hacer en todas las etapas del proyecto educativo-pastoral institucional, es decir: del proyecto curricular institucional y del plan curricular de aula y el intercambio con los pares, confrontando la teoría con la práctica. El catequista debe ser un docente más entre los docentes y no alguien agregado o segregado. Debe saber planificar, dirigir y evaluar su trabajo; esto le permitirá analizar las necesidades de sus alumnos en relación con los objetivos, valorar las oportunidades y recursos disponibles y elegir las estrategias de enseñanzas, evaluando finalmente la calidad de su trabajo. Al mismo tiempo, este saber-hacer pedagógico que es fruto de su profesión, deberá expresar la pedagogía de Dios, en la cual la "encarnación" es el contenido y el método de la catequesis, por lo tanto, esto lo debe implicar existencialmente con el mensaje que anuncia y con el seguimiento de Jesús y su llamado a la santidad.

Respondiendo a la pregunta sobre los factores vinculantes que existen entre la tarea propia de su ministerio en la escuela y la espiritualidad que la anima, queremos hacer referencia a aquellas contingencias de todos los días, como por ejemplo: el simple requerimiento del llenado de una planilla, el tener al día el libro de temas o carpeta didáctica, los informes diagnósticos y la presentación a término de las notas parciales y finales. Estos hechos propios de la materialidad de su empleo docente, vividos desde una espiritualidad encarnada, expresan también el ministerio... "Dios está entre los pucheros" (Teresa de Jesús).

La vida y las cosas que ella comprende, pueden ser miradas con "distintos" ojos. Se puede mirar el empleo o la profesión desde lo más visceral y reaccionar sensible y espontáneamente ante la materialidad de su ejercicio; molestarse por el aspecto económico (bajos salarios, etc.), social (falta de Jerarquización y reconocimiento), político (desvinculación de la toma de decisiones) y cultural (desacreditación de la función, etc.). En cambio, el empleo o profesión entendidos, también, como ministerio supone otra mirada o un nuevo nivel de lectura. La fe, nos permite posicionarnos frente a las cosas o realidades desde otra perspectiva; nos da la capacidad de descubrir lo impensado: "Dios está aquí y yo no lo sabía" (Santa Teresa). Así, desde la fe, pasamos a considerar el empleo desde lo más exterior: fragmentado (en horarios, turnos, etc.), diversificado (diferentes colegios con sus propios carismas y misiones particulares), centrado sobre sí (pues muchas veces la vorágine hace que el empleo se perciba solamente como fuente de beneficio económico o realización profesional, sin considerarse la fecundidad espiritual del mismo), a su sentido más profundo: que el trabajo del catequista forma parte de la misión salvífica de la Iglesia, es mediación y expresa su sacramentalidad. En definitiva, la lectura del empleo como ministerio, exige necesariamente la fe como clave de interpretación.
El Ministerio era el servicio oficial que prestaban distintos personajes en la antigüedad y durante la edad media. La palabra ministerio, viene del latín: minister, que significa siervo y equivale al término griego diakonía. En la Iglesia primitiva, hasta nuestros días, es la "función encomendada a algunos de sus miembros para atender a las diversas necesidades pastorales. Hay ministerios ordenados, que son los recibidos por el Sacramento del Orden (Obispo, presbítero, diácono) y ministerios no ordenados, ya instituidos y conferidos en una celebración litúrgica, como el acolitado y el lectorado, ya encomendados, sin esa formalidad, como puede ser el de catequista" u otros establecidos por la autoridad eclesiástica.
Jesús enseñó a sus apóstoles a mirar su función como un servicio (cf. Mc. 10, 42 ss.). Desde el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, el apostolado es considerado como un ministerio (diakonía: Hch. 1,17.25). En los escritos paulinos, la vocación al apostolado (Rom. 1,1) es también un llamamiento al ministerio (1Tim. 1,12; cf. 2Cor. 4,1). Sin embargo , "el ministerio en la Iglesia naciente, desborda ampliamente el ejercicio del apostolado propiamente dicho. La palabra diakonía se puede aplicar a servicios materiales, necesarios para la comunidad" o al título de ministro (diácono: 1 Cor. 3,5). (...) "Esto muestra que existen en la Iglesia diversos ministerios (cf. 1 Cor. 12,5), "pues el Espíritu diversifica sus carismas con miras a la obra del ministerio" (Ef. 4,12). Todo servicio de este género, se ha de efectuar bajo la influencia del Espíritu (Rom. 12,7), como un mandato recibido de Dios (1 Ped. 4,11)" .
Los ministerios en la Iglesia implican diversas tareas. Estas suponen servicios determinados por las funciones propias del ministerio. Las mismas revisten las notas de oficialidad y permanencia. Por ejemplo, la docencia y la tarea del catequista en el colegio. Dichas tareas, que si bien nacieron y se desarrollaron a partir de inclinaciones o disposiciones naturales (vocación), una vez confirmadas (oficialidad) por la comunidad, se asumen como un ministerio (permanencia).

El ministerio del catequista, como servicio es un HACER PARA... Distinto del empleo que significa: "determinado hacer". El hacer para es el significado nuevo del empleo como ministerio. En este sentido, el hacer del catequista escolar es un hacer para otro... que se puede experimentar como un vivir para (aquí es donde cobra una cierta exclusividad: "desvivirse por otro..."). Cuando decimos "por el otro", nos referimos a aquel que es el diferente del catequista ministro: el niño, el adolescente, el joven, los pares, los padres, etc. El catequista se diferencia de estos desde la fe, porque está llamado a leer esta experiencia de diferenciación como una vocación. Esta vocación le implica deberes que no brotan, tan sólo de la profesión y del ministerio sino de la necesidad del otro (la vida eterna: Jn. 17,3)
La característica fundamental del desarrollo de este ministerio en la escuela, está dada por el cara a cara de la relación pedagógico- catequística. En ésta, desde la fe, el catequista es como una mediación histórica del Espíritu y de la Gracia para el "otro", cuando llega a colocar todos los actos de su profesión y ministerio, en el contexto de la salvación (la propia y la del otro).
A partir de todo lo considerado, las dificultades y desencuentros cotidianos que experimenta el catequista en la escuela, desde el carácter oficial y permanente del empleo-ministerio PARA EL OTRO y "por el otro", deben ser consideradas como oportunidades de salvación y no como meros desafíos, problemas y obstáculos que hay que sortear.
Los siguientes son algunos de estos desafíos, conflictos o problemas que se nos pueden presentar diariamente en nuestro trabajo en la escuela y que son invitaciones constantes a vivirlos como oportunidades de maduración personal y profesional en el ministerio.

1) La propia tarea:
Como ministros de la Palabra, enviados por la Iglesia en nuestro lugar de trabajo, corremos el peligro de funcionalizar la tarea catequística y considerarnos meramente técnicos o expertos de la fe. Si bien no somos profesionales de la Palabra o la Catequesis, somos conscientes de que nuestro empleo-ministerio tiene que ser ejercido de manera profesional. Este es un desafío, y al mismo tiempo, una oportunidad para crecer en santidad. Es en esta dimensión del empleo como ministerio donde se evidencia con claridad la identidad del catequista escolar, su especificidad.

2) La situación socio-económica y cultural:
Somos catequistas para nuestro tiempo. Estamos invitados continuamente por Dios a descubrir desde la oración y el análisis de la realidad los signos de su presencia en la situación actual. Otros han abierto camino en este "mirar" profético. El Padre José Kentenich, por ejemplo, lo expresaba diciendo "...con una mano en el pulso de la historia y la otra en el corazón de Dios". Mons. Angelelli nos dejó la siguiente frase como testimonio de su entrega pastoral: "...con un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio". Es necesario que trabajemos interiormente y con actos concretos buscando integrar en nuestra persona la fortaleza, la prudencia, la aceptación, la humildad y la alegría para que las situaciones propias del presente no apaguen la esperanza ni encierren nuestro corazón en la tristeza y la amargura ("sean alegres en la esperanza", San Pablo). Dejarse llevar por los discursos en los que estamos inmersos y mimetizarnos con las miradas oscuras, pueden ser el comienzo del fin de nuestro ministerio, aunque envejezcamos trabajando en la catequesis escolar.

3) Lo existencial
Los catequistas, como todas las personas, experimentamos crisis y conflictos. Solemos preguntarnos algunas veces sobre el sentido y significado de muchas cosas que vivimos. Generalmente lo ministerial y laboral ocupan mucho tiempo en la semana. Estamos condicionados a realizar nuestras tareas como catequistas sin asimilarlas ni integrarlas a nuestra vida de fe. Por lo tanto, es sumamente necesario que en los propios espacios de oración y en la vida sacramental busquemos resignificar y recrear los hechos y acontecimientos que nos sucedan para "no quedar presos" de la frustración y la dispersión del corazón. Desde nuestro interior, puesto siempre en el corazón de Cristo, poder vivir la serenidad en medio de "las tempestades" de este mundo.

4) Lo institucional y comunitario
Los catequistas escolares estamos llamados a vivir y hacer crecer la eclesialidad en las instituciones (escuelas), asumiendo sus luces y sombras.
Para que el Evangelio de Jesús de frutos abundantes en la comunidad escolar, los catequistas tendremos que insertarnos en ella afectiva y efectivamente, viviendo la experiencia fraterna y creando lazos de comunión. Ser hombres y mujeres fuertes que construyen la unidad animándose a cumplir con las tareas del ministerio desde la pequeña comunidad que debe ser el equipo o departamento de la fe.
En medio de las múltiples vinculaciones (con directivos, profesores, personal, etc.) y asumiendo la cultura institucional, los catequistas seremos los agentes de paz, de unidad, de fraternidad, de reconciliación y, muchas veces desde el pedido explícito de algunos miembros de la institución, se nos confiará la tarea de orientar e iluminar desde Dios las situaciones y los conflictos humanos. Aquí se vuelve a percibir claramente la importancia que tiene para el catequista escolar su unión permanente con Cristo desde la oración, la meditación de su Palabra y la configuración con Él a través de la participación en los sacramentos. Uno de los riesgos será enredarse en las tramas de poder y en los desencuentros normales o conflictos comunes de la convivencia cotidiana. Nuestra fortaleza se jugará en no dejarnos llevar por comentarios de pasillo o murmuraciones que dividan o minen la unidad.

Estos desafíos y oportunidades nos colocan frente a una tarea de la fe impostergable para nuestra vocación y misión evangelizadora: el Discernimiento (1 Cor 14, 29). Es un modo de examinar lo que sucede para ver, qué viene de Dios y qué le agrada, su Voluntad (Rom 2,18; 12,2; Ef 5,10; Flp 1,10; 1Tes 5,21). Con el discernimiento buscamos formarnos criterios para la decisión, criterios evangélicos de acción. Se trata de estar a la escucha del Espíritu para seguir sus pasos (Gal 5,25). Y este proceso de fidelidad al Espíritu (CT 72), se desarrolla a partir de actitudes concretas que hacen a nuestra espiritualidad y nos permiten afianzarnos y renovarnos continuamente en nuestra identidad específica.
Estas actitudes son:
Ÿ Apertura a la Palabra, a Dios Uno y Trino y a la Iglesia.
Ÿ Atención a las necesidades de los hermanos e inserción en su contexto con ardor misionero.
Ÿ Coherencia y autenticidad de vida enriquecida por un profundo espíritu mariano.

"La manera más adecuada para alcanzar este alto grado de madurez interior" es una intensa vida sacramental, en especial la frecuencia del sacramento de la reconciliación y la celebración de la Eucaristía, la liturgia vivida, la meditación diaria, la oración personal, la participación en retiros espirituales y, si es posible, la dirección espiritual.

El ministerio del catequista en la escuela será auténtico si es profético (de anuncio y de denuncia). Nuestra identidad conlleva una exigencia fundamental: una forma nueva de vivir el trabajo donde la realidad laboral es recreada como un ministerio, vivida como alianza y realización del Reino. Nuestro compromiso va mas allá del saber hacer de otras áreas; sentimos como "un plus" de responsabilidad, que nos viene de ser portavoces de una Palabra que no nos pertenece, que nos hace tomar conciencia que: "la doctrina no es nuestra sino del que nos envió", nos obliga permanentemente a corrernos del centro, a hacernos a un lado para que Cristo crezca en el otro. Y mientras que el objetivo a alcanzar, para otros profesores, será cuestión eficacia en la tarea, para los catequistas también será abrir caminos para el actuar de Dios por medio de la oración.
El éxito de su misión se alcanzará en una dinámica de gracia y libertad. Cuando esa gracia no se sostiene, puede profesionalizarse la tarea y pasamos a ser sólo técnicos y perdemos la calidad del ministerio. Por lo tanto, el "triunfo" de nuestra misión lleva consigo la lógica de la cruz: "si el grano de trigo no muere... no da fruto". Esta lógica contiene en sí misma una contradicción con los criterios humanos, del poder, la fama y el placer; pero si es participación real en el Misterio Pascual de Jesús, siempre será cruz luminosa y transformante: "El discípulo no es más que su Señor". Cuando la gracia no se sostiene, se profesionaliza la tarea y paso a ser sólo técnico de la fe y no ministro de Jesucristo en la escuela.