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El catequista es
aquel hombre o aquella mujer que, sintiéndose llamado y enviado
por Jesucristo en la Iglesia, desde hechos, palabras, acontecimientos
y personas concretas, responde a esta vocación particular, asumiendo
un ministerio: ser portavoz del Evangelio y constructor de la comunidad
eclesial, haciendo madurar la fe de otros, mientras él mismo hace
camino de discípulo, enseñando, celebrando y madurando el
Misterio de Cristo (cf. Ef. 3,9.18ss.). Este camino, para algunos, pasa
por el corazón de una comunidad educativa. Así como este
espacio de Iglesia tiene notas que lo distinguen de otros ámbitos
de la misma, estas notas a su vez distinguen la identidad del catequista
escolar.
El catequista, ¿cómo desarrolla el ministerio de la Palabra
en la escuela?. Esta pregunta es medular para abrir camino y resolver
cuestiones que hacen al plus de su especificidad: ¿en qué
difiere su tarea a la de otros catequistas?, ¿cuáles son
los factores vinculantes entre su tarea y la espiritualidad que lo anima?,
¿qué relación debe existir entre esta espiritualidad
y las demandas propias de su lugar de ministerio, para que pueda responder
a los desafíos y oportunidades de su medio?.
Para definir la identidad del catequista escolar debemos partir de su
especificidad. Esta se desprende de la naturaleza de la misión
de la escuela. La finalidad de la escuela es la educación integral
del hombre, su personalización. Este proceso, que es itinerario
y camino permanente de maduración, desde la visión de fe
de la escuela católica, es un proceso de salvación, porque
es medio de planificación y santificación del hombre bajo
la acción de la gracia. Por lo tanto, el catequista escolar deberá
estar capacitado profesionalmente para esta tarea, para unir su desempeño
pedagógico-institucional con su ministerio pastoral-eclesial. Esto
supone el desarrollo de determinadas competencias, que complementan dicho
ministerio: su saber y su saber- hacer en todas las etapas del proyecto
educativo-pastoral institucional, es decir: del proyecto curricular institucional
y del plan curricular de aula y el intercambio con los pares, confrontando
la teoría con la práctica. El catequista debe ser un docente
más entre los docentes y no alguien agregado o segregado. Debe
saber planificar, dirigir y evaluar su trabajo; esto le permitirá
analizar las necesidades de sus alumnos en relación con los objetivos,
valorar las oportunidades y recursos disponibles y elegir las estrategias
de enseñanzas, evaluando finalmente la calidad de su trabajo. Al
mismo tiempo, este saber-hacer pedagógico que es fruto de su profesión,
deberá expresar la pedagogía de Dios, en la cual la "encarnación"
es el contenido y el método de la catequesis, por lo tanto, esto
lo debe implicar existencialmente con el mensaje que anuncia y con el
seguimiento de Jesús y su llamado a la santidad.
Respondiendo a la pregunta sobre los factores vinculantes que existen
entre la tarea propia de su ministerio en la escuela y la espiritualidad
que la anima, queremos hacer referencia a aquellas contingencias de todos
los días, como por ejemplo: el simple requerimiento del llenado
de una planilla, el tener al día el libro de temas o carpeta didáctica,
los informes diagnósticos y la presentación a término
de las notas parciales y finales. Estos hechos propios de la materialidad
de su empleo docente, vividos desde una espiritualidad encarnada, expresan
también el ministerio... "Dios está entre los pucheros"
(Teresa de Jesús).
La vida y las cosas que ella comprende, pueden ser miradas con "distintos"
ojos. Se puede mirar el empleo o la profesión desde lo más
visceral y reaccionar sensible y espontáneamente ante la materialidad
de su ejercicio; molestarse por el aspecto económico (bajos salarios,
etc.), social (falta de Jerarquización y reconocimiento), político
(desvinculación de la toma de decisiones) y cultural (desacreditación
de la función, etc.). En cambio, el empleo o profesión entendidos,
también, como ministerio supone otra mirada o un nuevo nivel de
lectura. La fe, nos permite posicionarnos frente a las cosas o realidades
desde otra perspectiva; nos da la capacidad de descubrir lo impensado:
"Dios está aquí y yo no lo sabía" (Santa
Teresa). Así, desde la fe, pasamos a considerar el empleo desde
lo más exterior: fragmentado (en horarios, turnos, etc.), diversificado
(diferentes colegios con sus propios carismas y misiones particulares),
centrado sobre sí (pues muchas veces la vorágine hace que
el empleo se perciba solamente como fuente de beneficio económico
o realización profesional, sin considerarse la fecundidad espiritual
del mismo), a su sentido más profundo: que el trabajo del catequista
forma parte de la misión salvífica de la Iglesia, es mediación
y expresa su sacramentalidad. En definitiva, la lectura del empleo como
ministerio, exige necesariamente la fe como clave de interpretación.
El Ministerio era el servicio oficial que prestaban distintos personajes
en la antigüedad y durante la edad media. La palabra ministerio,
viene del latín: minister, que significa siervo y equivale al término
griego diakonía. En la Iglesia primitiva, hasta nuestros días,
es la "función encomendada a algunos de sus miembros para
atender a las diversas necesidades pastorales. Hay ministerios ordenados,
que son los recibidos por el Sacramento del Orden (Obispo, presbítero,
diácono) y ministerios no ordenados, ya instituidos y conferidos
en una celebración litúrgica, como el acolitado y el lectorado,
ya encomendados, sin esa formalidad, como puede ser el de catequista"
u otros establecidos por la autoridad eclesiástica.
Jesús enseñó a sus apóstoles a mirar su función
como un servicio (cf. Mc. 10, 42 ss.). Desde el comienzo de los Hechos
de los Apóstoles, el apostolado es considerado como un ministerio
(diakonía: Hch. 1,17.25). En los escritos paulinos, la vocación
al apostolado (Rom. 1,1) es también un llamamiento al ministerio
(1Tim. 1,12; cf. 2Cor. 4,1). Sin embargo , "el ministerio en la Iglesia
naciente, desborda ampliamente el ejercicio del apostolado propiamente
dicho. La palabra diakonía se puede aplicar a servicios materiales,
necesarios para la comunidad" o al título de ministro (diácono:
1 Cor. 3,5). (...) "Esto muestra que existen en la Iglesia diversos
ministerios (cf. 1 Cor. 12,5), "pues el Espíritu diversifica
sus carismas con miras a la obra del ministerio" (Ef. 4,12). Todo
servicio de este género, se ha de efectuar bajo la influencia del
Espíritu (Rom. 12,7), como un mandato recibido de Dios (1 Ped.
4,11)" .
Los ministerios en la Iglesia implican diversas tareas. Estas suponen
servicios determinados por las funciones propias del ministerio. Las mismas
revisten las notas de oficialidad y permanencia. Por ejemplo, la docencia
y la tarea del catequista en el colegio. Dichas tareas, que si bien nacieron
y se desarrollaron a partir de inclinaciones o disposiciones naturales
(vocación), una vez confirmadas (oficialidad) por la comunidad,
se asumen como un ministerio (permanencia). 
El ministerio del catequista, como servicio es un HACER PARA... Distinto
del empleo que significa: "determinado hacer". El hacer para
es el significado nuevo del empleo como ministerio. En este sentido, el
hacer del catequista escolar es un hacer para otro... que se puede experimentar
como un vivir para (aquí es donde cobra una cierta exclusividad:
"desvivirse por otro..."). Cuando decimos "por el otro",
nos referimos a aquel que es el diferente del catequista ministro: el
niño, el adolescente, el joven, los pares, los padres, etc. El
catequista se diferencia de estos desde la fe, porque está llamado
a leer esta experiencia de diferenciación como una vocación.
Esta vocación le implica deberes que no brotan, tan sólo
de la profesión y del ministerio sino de la necesidad del otro
(la vida eterna: Jn. 17,3)
La característica fundamental del desarrollo de este ministerio
en la escuela, está dada por el cara a cara de la relación
pedagógico- catequística. En ésta, desde la fe, el
catequista es como una mediación histórica del Espíritu
y de la Gracia para el "otro", cuando llega a colocar todos
los actos de su profesión y ministerio, en el contexto de la salvación
(la propia y la del otro).
A partir de todo lo considerado, las dificultades y desencuentros cotidianos
que experimenta el catequista en la escuela, desde el carácter
oficial y permanente del empleo-ministerio PARA EL OTRO y "por el
otro", deben ser consideradas como oportunidades de salvación
y no como meros desafíos, problemas y obstáculos que hay
que sortear.
Los siguientes son algunos de estos desafíos, conflictos o problemas
que se nos pueden presentar diariamente en nuestro trabajo en la escuela
y que son invitaciones constantes a vivirlos como oportunidades de maduración
personal y profesional en el ministerio.
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