LA LÁMPARA Y LA CONCIENCIA (Mt 6,22)

Como todos los días, al entrar a casa revisé mi buzón. Habla una carta, que para mi sorpresa era de mi sobrina, hija de mi hermano, lo que me hizo sentir muy feliz, ya que mi vida a esta altura del año se me hacia difícil.
Trabajaba de día y estudiaba de noche. El cansancio de todo un día de trabajo me complicaba más las cosas, porque a la hora de sentarme en mi escritorio bajo la luz de la lámpara, el silencio, la comodidad del sillón, me llevaba más a la tentación de tirar todo por la borda y dejar de lado el estudio. Pero mi conciencia que siempre está encendida, atenta, amenazante, me reprocha mi desliz y aquí me encuentro nuevamente lidiando con el trabajo práctico que tengo que terminar, tratando de aclarar mis pensamientos para poder continuar.
Los ojos me pesaban, los bostezos no me abandonaban, mi mano cada vez se hacia más lenta, todo era una confusión. No podía ver con claridad lo que quería expresar, se me hacía borroso, a tal punto de tener que refregarme los ojos para aclarar mi visión.
Me levanté de mi cómodo sillón para prepararme un café bien grande para despejarme y me encuentro nuevamente con la carta de mi sobrina, que todavía no había leído.
Fue en el momento más preciso que esa carta llegó a mis manos. después de decirme lo mucho que me quiere y como valora mis esfuerzos, mi sobrina me regaló este mensaje.
TU OJO ES TU LAMPARA, SI TU OJO ES LIMPIO, TODA TU PERSONA APROVECHA LA LUZ. PERO SI ES BORROSO, TODA TU PERSONA ESTARÁ EN LA CONFUSIÓN. SI LO QUE HABIA DE LUZ SE VOLVIÓ CONFUSIÓN, ¡COMO SERÁN TUS TINIEBLAS!
Comprendí entonces que tenía que tomarme el tiempo necesario para descansar, porque de lo contrario mi trabajo práctico
no iba a ser bueno y reflejaría lo que sentía en ese momento: confusión.
Así fue que fui a dormir y al dio siguiente pude terminarlo aprovechando toda la luz de mi conciencia.

Viviana Gentile
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