La puerta angosta (Mt 7, 13-14)
Era un día de fiesta. Luego de un largo viaje llegamos a la mansión de mis tíos.
Allí nos encontramos con mis primos; éramos una multitud y nos reuníamos una vez al año para festejar que" éramos" familia.
El jardín que rodeaba la casa era maravilloso, lleno de grandes árboles y arbustos que se unían entre si formando galerías y
puertas que con las guías de las enredaderas parecían tener cortinas. Ir a jugar al jardín era una aventura; corríamos, nos escondíamos, encontrábamos lugares extraños con un silencio que daba miedo, otros con sonidos de diversos pájaros que ensordecían con su canto o lugares iluminados por los rayos del sol que parecían manos queriéndote abrazar, o la
oscuridad total por lo frondoso de la vegetación; realmente el jardín era un lugar
mágico al que nos gustaba ir a jugar.
Por supuesto después de un año de no vernos, al encontrarnos notábamos grandes cambios en nuestros cuerpos y en nuestras formas de ser, no era fácil entrar en
confianza nuevamente.
Cuando tuvimos nueve años ideamos un juego que cumplíamos cada año como si
fuera un rito sagrado.
íbamos al jardín, buscábamos el lugar señalado: las dos puertas construidas de vegetación, una bien ancha y la otra bien angosta.
Nos sentábamos en semicírculo frente a ellos y Giovanna, que siempre fue la más charlatana comenzaba el juego, repartiendo a cada uno los tarjetones en los cuales teníamos que votar por la mejor buena acción hecha durante el año transcurrido.
La más votada tenía un premio ; pasar por la puerta más angosta, lo que implicaba la tarea de mayor dificultad, porque para nosotros pasar por la puerta ancha era sencillo,
no requería de ningún esfuerzo, en cambio la puerta angosta, cada año se hacia para nuestro crecimiento físico más difícil de pasar, y lo que la hacía más interesante era
que había que cruzarla sin salir rayado o magullado por alguna rama. Por lo tanto
cuando el ganador terminaba de cruzarla tenia el apoyo y la felicitación de todos,
lo que nos llenaba de orgullo y hacía que cada año nos esmeráramos por nuestras buenas obras.
Siempre entre nosotros había un remolón; ese pasaba por la puerta ancha, pero tenia que soportar los abucheos y la malteado de todos y lo que era peor, el tener que hacerse cargo de la limpieza de nuestros cuartos.
Ya pasaron muchos años, la casona sigue perteneciendo a mis tíos y las puertas siguen en pie con un gran cartel que dice-
"POR ESTAS PUERTAS APRENDIMOS A SER PERSONAS DE BIEN".

Viviana Gentile
Volver