PATALEANDO
Una ranita salió con una amiga a
recorrer la ciudad,
aprovechando los charcos que dejara una gran lluvia.
Ustedes saben que las ranitas sienten una especial alegría
luego de los grandes chaparrones, y que ésta alegría las lleva
a salir de sus cuevas para recorrer el mundo.
Su paseo las llevó más allá de las casas del barrio. Luego
de saltar
y saltar, se encontraron con un edificio que tenía las puertas abiertas.
Llenas de curiosidad se animaron mutuamente a entrar. Era una quesería.
En el centro de la gran sala había un enorme balde de leche.
Un tablón permitió a ambas ranitas trepar hasta la gran olla,
en su afán de ver
como era la leche. Pero calculando mal el último saltito, se fueron las
dos
de cabeza dentro del balde, zambulléndose en la leche.
Lamentablemente pasó lo que suele pasar: caer fue fácil, salir
era problema.
Porque desde la superficie de la leche hasta el borde del balde había
como 2 cuadras de diferencia.
Comenzó el pataleo. Pero, luego de un rato, la amiga se dio por vencida.
Pensó que todos sus esfuerzos serían inútiles y se dejó
hundir.
Lo último que se escucho fue: ''GLU - GLU - GLU'',
que es lo que suelen decir lo que se dan por vencido.
Nuestra ranita, en cambio no se rindió. Se dijo que, mientras viviera
seguiría pataleando.
Y pataleó, pataleó y pataleó. Tanta energía y constancia
puso en su esfuerzo,
que finalmente logró convertir la leche en manteca y parándose
en la manteca,
hizo pié y saltó para afuera.
(Cuento
de Mamerto Menapace)
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