TU VERDADERO NOMBRE

No puedes ser catequista sin sentirte profundamente un discípulo del Señor.

Sería un contrasentido.
"Discípulo" es tu verdadera característica evangélica.
Es el nombre que Jesús da a los que conviven con él, a los que conviden con él sus actitudes hacia el Padre, a los que unen su voz a su oración y participan en las fatigas y alegrías del anuncio del Reino.

Eres en verdad un discípulo del Señor?
Se llega a ser discípulo día por día, siguiendo al Maestro, sin cansarse de caminar con él, es decir, creyendo en su Palabra y creciendo en su amor.
Otros te han precedido en esta experiencia maravillosa. Son los discípulos del Evangelio, y, en particular, María de Nazaret, la Madre del Señor.
Probablemente ya conoces la historia de su llamada. No importa ! Hay que meditarla, sentirla nuevamente, compararte como catequista con sus actitudes interiores, para volver a recorrer el camino de descubrimiento y de encuentro con el maestro, desde el comienzo de su ministerio, a la muerte y resurrección, hasta la venida del Espíritu Santo.

En la escucha de la Palabra, trata de revivir interiormente la experiencia del discípulo en el seguimiento del maestro.
En efecto, "solamente en una profunda comunión con él, los catequistas encontrarán la luz y la fuerza para la auténtica y tan deseada renovación de la catequesis" (CT 9).

Así llegarás a ser consciente "de obrar como instrumento vivo y dócil del Espíritu Santo... prometido a la Iglesia y a cada uno de los fieles como un Maestro interior.. principio inspirador de toda la obra catequética"(CT72). .

Te lo deseo de corazón por intercesión de María,
la primera entre los discípulos del Señor, "madre y modelo de los catequistas" (CT 73).

 

CARA A CARA CON EL SEÑOR

Meditar
No es fácil meditar! Nunca lo ha sido, y menos todavía hoy.
Meditar la Palabra de Dios es una conquista y un don.
Es una conquista, porque depende de ti. Debes saber encontrar el tiempo para reflexionar, entrar dentro de ti mismo, construirte una especie de desierto, dejando a un lado el ruido y las preocupaciones que distraen la mirada sobre tu vida y tu servicio catequístico en la comunidad cristiana.
Es un don, porque, en la meditación del Evangelio, es el Señor mismo quien se te revela, se acerca a tu existencia, te habla y le da sentido a tu vida y a tu acción.
Por tanto, meditar es un momento privilegiado del encuentro que tienes con el Señor, un encuentro en el que cada uno tiene su parte.

 

Al Señor la Palabra

El Señor es el primero en hablar. Es una precedencia absoluta que hay que respetar, porque él es quien siempre toma la iniciativa del diálogo. Poder meditar la Palabra es, pues, un don de Dios.

Por esto estás invitado, ante todo, a leer atentamente el trozo del Evangelio que tiene una breve presentación que te ayuda, desde el comienzo, a captar la idea central del texto.

A ti el silencio
Para poder captar lo que conlleva la Palabra, es indispensable el silencio.
Es el momento de la reflexión, a la que te guía el comentario del trozo bíblico.
Pero el mejor comentario será el que el Espíritu te sugiera, si tú le abres el alma con mucha sinceridad.
Permanece en silencio, cuando sientas más esta presencia. Puedes, incluso, cerrar el libro.

Y luego el diálogo
Es el momento de la oración. Detente a hablar con el Señor, el Maestro, cuando quieras, como puedas, como te indique el Espíritu, tan pronto sientas que la Palabra resuena en ti con los acentos más fuertes.
Pero cómo? Puedes servirte de expresiones de otros, pero no siempre éstas manifiestan tus sentimientos.
Es mejor tu palabra personal, espontánea, en la que a veces se entrelazan los sentimientos. Dios no se fija en la forma, sino en el corazón. Sin embargo, se te sugieren algunas oraciones, inspiradas en los textos de las "exhortaciones apostólicas" de Pablo VI sobre el "culto Mariano" (1974) y sobre "el compromiso de anunciar el Evangelio" (1975).
Puedes servirte también de éstas.

Gaetano Gatti