LOS CRISTIANOS ORAN:
EL PADRE NUESTRO


Nuestra liberación

El mal se halla presente por doquier en el mundo, no es preciso buscarlo. Las catástrofes de la naturaleza, los terremotos, las inundaciones, los accidentes de toda clase destruyen las vidas de muchos. Los afectados preguntan: "¿Por qué? ¿Cuándo merecimos esto?" Con frecuencia los hombres se causan males unos a otros. No podemos confiar los unos en los otros.

Cuando suplicamos: ¡Líbranos del mal!, estamos presentando todas las desgracias del mundo ante el Padre que está en los cielos. Pensamos en las catástrofes que nos amenazan, pero también en el mal en que -sin que nos hayan consultado- nos vemos implicados e implicamos a otros. Pensamos en los ordenamientos y leyes encaminados a que no terminen nunca las guerras, a que los poderosos consigan aún más poder, a que los ricos se hagan más ricos, los pobres más pobres, y los que dependen, dependan aún más.

Como cristianos, no sólo creemos en "el mal", sino también en "el maligno". La tradición de la fe cristiana nos dice: Aquí está actuando el maligno, el enemigo de Dios, el diablo. Él es también el enemigo del hombre. Quiere apartarnos de Dios. Nos seduce y engaña para que nos pongamos de su parte. Quiere alejarnos de la voluntad de Dios y comprometernos con el programa diabólico de odio y envidia; quiere apartarnos del camino que -en pos de Jesús- conduce a la vida, y llevarnos por su camino diabólico hacia la perdición. Sufrimos bajo el oscuro misterio del poder del maligno. Pero creemos con fe que el Dios de Jesucristo es más fuerte que todos los poderes del maligno en el mundo. El que se aferra a Jesús, puede vivir sin angustia en el mundo, con la confianza puesta en Aquel que ha vencido el poder del maligno. Al fin de los tiempos vendrá de nuevo el Señor y, con Él, el mundo nuevo de Dios, en el que Dios será todo en todos.


Oramos así en toda celebración eucarística:
Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.