Nuestra tentación
Dios concede libertad al hombre y, con ella, la capacidad para decidirse con propia responsabilidad, en favor de una vida de confianza en Dios, en su palabra y en sus mandamientos, o en favor de una vida sin Dios.
Puede brotar en nuestro corazón la duda: Dios no me ama. Dios no se fija en mí. No se preocupa de mí. El tentador trata de seducirnos: ¿Por qué te aferras a Dios? ¡Él no quiere nada contigo! ¡Te las puedes arreglar muy bien sin Él! ¡Lo vas a pasar mejor y te vas a divertir... !
La historia de la seducción, del amor traicionado, comienza con el primer ser humano.
La tentación significa: Haber sido puesto a prueba; tener una experiencia que pone en peligro mi equilibrio, que exige una decisión mía. Se "cae" en la tentación. En la tentación se halla en juego mi libertad. Se trata de mí y de mi Dios.
El que quiera permanecer firme en la tentación, puede aferrarse a Jesús. Él permaneció fiel al Padre y no fue en vano. Podemos tener firme confianza en que el fiel Dios nos proporcionará fuerzas para superar la tentación y permanecer firmes (1 Cor 10,13).
Pedimos a Dios que nos preserve y fortalezca en la tentación, pero también hemos de estar cerca los unos de los otros para ayudarnos mutuamente y apoyarnos. Y debemos tener buen cuidado de que nadie conduzca al otro a la tentación, de que nadie haga tropezar al otro. Cuando uno está solo, es débil y puede ser sacudido fácilmente. Cuando muchos están juntos en la fe, son capaces -con la ayuda de Dios- de hacer frente con firmeza a los poderes del mal.
No dirijas mi pie hacia el poder del pecado y no me lleves al poder de la
culpa ni al poder de la tentación ni al poder de lo caduco.
DE LA ORACIÓN JUDÍA DE LA TARDE