La
oración del Señor
Jesús conoce las oraciones de la comunidad judía. Jesús
alaba, da gracias y ora con la comunidad de los creyentes. En sábado,
él asiste con sus discípulos al culto divino en la casa de oración.
En la Cena, canta con sus discípulos los salmos de David. Algunas veces
se retira para orar. A solas. Una vez sus discípulos le encuentran muy
de mañana en un lugar solitario, en el que está orando (Mc 1,35).
Otra vez, Jesús envía a sus discípulos en barca a la otra
orilla del lago y él se queda a orar en la montaña (Mc 6,46).
Uno de sus discípulos
ruega a Jesús: "Señor, enséñanos
a orar" (Lc 11,1).
Y Jesús recita las frases que constituyen la oración de todos
los cristianos, el Padre Nuestro.
El
Padre Nuestro se expone en el Evangelio de San Lucas (1 1,2-4)
en una versión más breve,
y en el Evangelio de San Mateo (6,9-13) en una versión más extensa.
Este texto más extenso se ha convertido en la
oración de todos los cristianos.
Padre nuestro que estás en el cielo
Jesús, el Hijo de Dios, lleva consigo a la cercanía de Dios a todos los que han llegado a ser -en la confianza en Dios- sus hermanos y hermanas. Como hijos e hijas de Dios, ellos pueden invocarle llamándole con el nombre de la intimidad y de la confianza. Pueden decirle: Abba, papá (papaíto).
Cuando decimos: "Padre nuestro que estás en el cielo", queremos dar a entender que por Él y en Él se hace realidad para nosotros lo que entendemos por la palabra 'cielo': felicidad, seguridad, paz, vida plena.
Dios es también Padre de aquellos hijos e hijas que tienen experiencias desagradables con su padre o su madre biológicos: que no son amados sino rechazados; que no encuentran en ellos aprobación sino censura; que no hallan aliento sino condena; a quienes no se deja en libertad, sino que están siempre amarrados muy corto. En la comunidad de los creyentes, estas personas encuentran hermanos y hermanas por medio de los cuales experimentan algo de lo que se les había negado.
· Tener
un Padre en el cielo:
un Padre a quien uno puede aferrarse,
aunque fallen los padres terrenos;
un Padre a quien se puede preguntar,
aunque las madres no den respuesta;
un Padre que nos proporciona generosamente hermanos y hermanas,
un Padre a quien podemos amar.
Si
mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recibirá.
SALmo 27,10