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LOS TRES DESEOS
Este es un cuento viejo. Lo he escuchado mucha veces y de distintas maneras.
Pertenece a aquellos que han rodao mucho y que vienen muy golpeados. Diría
que no sólo lo he sentido contar en forma de cuento, sino que a veces
en mi vida de cura lo he tenido que escuchar como historia. Claro que son
muchas variantes, según los casos.
Erase una noche de invierno. Y en ella una pareja habitaba un rancho frío,
por el que se colaba el viento pampero haciendo parpadear el candil de sebo
que lo alumbraba. Don Ciriaco y la Nemesia, su mujer, aparentemente ya no
tenían nada que decirse. Hacía añares que vivían
juntos, y los hijos emplumados habían dejado el rancho buscando otros
horizontes donde anidar. La ancianidad se les iba acercando despacio como
para que tuvieran todo el tiempo de sentirle los pasos cansados.
Se encontraban uno frente al otro, simplemente porque el braserito improvisado
con una lata, estaba entre ellos. Sus miradas clavadas en los carbones incandescentes
que de vez en cuando chisporroteaban, buscaban mirar realidades muy lejanas.
El diálogo ya parecía inútil. Se había desdoblado
en dos monólogos interiores en el que cada uno soliloquiaba con sus
propios recuerdos.
-¡Velay con mi triste suerte! - se decía Ciricaco -. Haber renunciado
a tantas cosas por atarme a la Nemesia. Yo era tropero libre. Sólo
los caminos eran mi querencia. Anidaba al sereno, y entre el montado y el
carguero repartía mi cuerpo y mis cosas en mi libre andar de pago en
pago. Pero un día me embretaron los ojos de la Nemesia, y me dejé
pialar de parado nomás. Me aquerenció en este trozo de tierra,
y aquí levanté este ranchito lleno de sueños, que ahora
de apoco va despajando el pampero, yo que podría haber llegado a tener
tropilla de un pelo con madrina y cencerro. Yo, que habría podido conocer
mundo, aquí estoy, estaqueado entre dos horcones por haber creído
que la Nemesia me iba a hacer feliz. Quizá la pobre no pudo dar más.
Pero lo mismo. Aquí estoy y es esta mi triste suerte.
También la Nemesia tenía sus recuerdos para rumiar. Ella había
sido la flor del pago. Cuántas veces los troperos al pasar habían
detenido adrede sus fletes delante del rancho, con cualquier excusa, por el
simple deseo de recibir de sus manos el mate cordial y prometedor. Si recordaba
patente aquella tarde en que él, mozo guapo, con montado y carguero
de tiro, había pedido humildemente permiso para desensillar en cualquier
parte, mientras con la mirada decía bien a las claras, cual era el
patio donde quería hacer pie. Tantas cosas había ella soñado
aquella noche. Sus ilusiones le habían prometido un futuro feliz, con
horizontes infinitamente más amplios que los de aquel rancho que terminaba
con la mirada entre los cardos y el pajonal. Lo vio libre, y se imaginó
que sería el creador de la libertad. Lo vio fuerte, y lo soñó
el distribuidor de la firmeza y la seguridad. No estaba segura de haberse
equivocado. Pero sentía pena que no le había podido llenar sus
sueños.
Y así estaban los dos, en sus soliloquios, deseando imposibles y desperdiciando
oportunidades. Pidiendo a Dios en el secreto de sus corazones todo aquello
que creían podría llenar sus anhelos y curar sus frustraciones.
Y Dios los estaba escuchando. Como escucha todo lo que pasa por dentro del
corazón de cada uno de nosotros, aunque no nos animemos a sacarlo hecho
súplica y palabra. Y Tata Dios en su bondad quiso hacerles dar un paso
hacia delante. Eligió a uno de sus mejores chasquis. Mandó al
ángel Gabriel que fuera de un volido a llevarles su propuesta.
¡Impresionante el refucilo! A pesar de lo serenito de aquella noche
de pampero frío en que las estrellas brillaban como nunca, el rancho
fue sacudido por el trueno, y un relámpago lo llenó de luz.
La Nemesia se santiguó, como en un conjuro, mientras que Ciriaco levantó
instintivamente el brazo izquierdo a la altura de la cara, como si en él
tuviera enrollado el poncho.
-¡Nómbrese a Dios! ¡La paz con ustedes! ¡No tengan
miedo! - dijo Gabriel con tono tranquilo, como para infundirles confianza.
No podían creer lo que sus ojos veían a pesar del encandilamiento.
En su mismo rancho, una ángel del cielo había aparecido, y les
hablaba. Si parecía un sueño. Pero no. Ahí estaba, todo
resplandeciente, hecho un temblor de luz, trayéndoles un mensaje del
mismo Tata Dios para ellos dos.
-¡Nómbrese a Dios! ¡La paz esté con ustedes! - volvió
a repetir el arcángel San Gabriel -. Vengo de parte de Tata Dios para
anunciarles que El ha escuchado lo que ustedes piensan ,desean y andan diciéndose
en su corazón. Y ahora les manda el siguiente recado: tres deseos se
les van a cumplir. Los primeros que ustedes pidan. Usted, doña Nemesia,
tiene derecho a pedir individualmente un deseo. El primero que pida en voz
alta se le va a cumplir en el acto. Lo mismo para usted, don Ciriaco. Lo primero
que se le ocurra en voz alta será cumplido en el acto. Piénselo
bien cada uno. Porque más luego, tendrán todavía la oportunidad
de un tercer deseo. Pero para que éste se realice tendrán que
ponerse de acuerdo los dos y pedirlo en forma conjunta. Ya saben: piénsenlo
bien, y que Dios esté con ustedes.
Dichas estas palabras el ángel desapareció como había
venido, en medio de un refucilo de luces y temblor de plumas.
Imagínense cómo habrán quedado los dos esposos con semejante
sorpresa. No podían hacerse a la idea. Pero al final tomaron conciencia
de que la cosa era cierta. La primera en reaccionar fue la Nemesia. Como fuera
de sí por la emoción, se levantó de un salto y tomando
el banquito donde estaba sentada lo dio vueltas dando la espalda a su esposo,
mientras le decía:
- ¡Por favor Ciriaco, no me digas nada, no me hables! Dejame pensar
a solas lo que tendré que pedir. - Y luego exclamó para sí:
¡Ay, mi diosito lindo! ¡Quien lo hubiera imaginado! Podré
al fin cumplir mis sueños. Esos que el Ciriaco nunca pudo darme -.
Y extasiada consigo misma comenzó a pasar a toda velocidad la película
de sus sueños, sus deseo y sus ambiciones personales. Pensó
en pedir de nuevo la juventud, la belleza, las oportunidades. Luego se imaginó
que todo eso era poco. Pediría plata, salud, larga vida. Tampoco así
quedaba satisfecha del todo. Debería pedir además amistades,
un palacio, vestidos, cantidad de sirvientes, y la oportunidad de hacer fiestas
todas las semanas.
Mientras la Nemesia continuaba su soliloquio fantasioso, el Ciriaco hacía
más o menos lo mismo. Dando vueltas la cabeza de vaca que le servía
de asiento, comenzó a golpearse despacito las botas con la lonja de
su rebenque, mientras soltaba la tropilla de ambiciones por los campos de
su imaginación. Ya se veía al trotecito del redomón haciendo
punta a su tropilla de un pelo, con madrina zaina y cencerro cantor. La estancia
que pensaba pedir no tendría límites, y la hacienda que la poblaría
no necesitaría ser contada. Hasta donde diera la vista, campo y cielo,
todo sería de don Ciriaco.
En estos y otros pensamientos estaban ambos, mientras la noche seguía
su curso y el pampero enfriaba cada vez más el interior del rancho.
Entumecida por la inmovilidad y la temperatura exterior, la Nemesia volvió
a la realidad buscando con los ojos el brasero. Se dio vuelta y volvió
a estirar sus manos sobre él para calentarse un poco. Y cayó
en la trampa. Al ver aquellas brasas rojas y sobre ellas la parrillita, no
va y se le cruza el maldito con una tentación haciéndole imaginar
un chorizo chirriando sobre los carbones encendidos. Imaginarlo y desearlo
es casi lo mismo. Lo peor fue que lo expresó en voz alta:
-¡Qué hermosas brasas! ¡Cómo me gustaría
tener aquí sobre la parrillita un chorizo de dos cuartas de largo asándose!
¡Para qué lo habrá dicho! Aunque ni se le había
pasado por la mente que este sería su pedido, de hecho lo fue. Decirlo
y suceder fue lo mismo. Porque en ese preciso instante un hermoso chorizo
apareció milagrosamente goteando grasa en el centro del brasero, sobre
la parrillita.
Nemesia pegó un grito. Pero ya era tarde. Su pedido estaba realizado.
Se quedó atónita mirando el fuego y sintiendo el crepitar de
las gotitas de grasa al caer sobre las brasas, mientras un humo apetitoso
comenzaba a llenar el rancho. Ciriaco, que casi ni había escuchado
a su mujer, volvía la realidad con su grito. Fue ver, y darse cuenta
de lo sucedido. Y como era hombre de genio arrebatado y de palabra rápida,
también él cayó en la trampa que parecía pensada
por el mismo Mandinga. Se levantó de un salto y dirigiéndose
a su mujer la apostrofó:
-¡Pero mujer! Tenías que ser siempre la misma. Mirá lo
que has hecho. Venir a gastar la gran oportunidad de tu vida pidiendo solamente
un miserable chorizo. Si sería como para sacarte zumbando ahora mismo
del rancho. Tenías que ser vos, siempre la misma arrebatada, incapaz
de pensar con la cabeza antes de meter la pata. ¡Cómo me gustaría
que este chorizo se te pegara en la nariz y no te lo pudieras sacar!
¡Para qué lo habrá dicho! Porque el hombre no imaginó
que al decir aquello estaba expresando en voz alta su primer deseo. De esto
solo se percató cuando ante sus ojos asombrados vio cómo el
chorizo pegaba un brinco desde el brasero para ir a colgarse de la punta de
la nariz de Nemesia. Imagínense el grito de dolor y de rabia de la
mujer al sentir que su nariz ardía por la quemadura, lo mismo que sus
dedos al querer sacárselo.
La escena que siguió no es para describir, sino para imaginar. Porque
ahora le tocó el turno a la Nemesia, que arremetió con todo
lo peor de su abundante vocabulario para hacerle sentir al Ciriaco la enormidad
de lo que acababa de realizar. Porque no sólo había malgastado
también él su oportunidad, sino que lo había hecho provocándole
semejante estropicio a ella.
Todo fue inútil para calmarla. El Ciriaco se arrodilló, suplicó,
lloró, prometió, quiso hacer que la Nemesia se calmara para
reflexionar. Pero nada. Y no era para menos. Gritaba pidiendo que se llamara
inmediatamente al ángel para que en forma conjunta le pidieran que
se pudiera sacar de su nariz ese maldito chorizo que la estaba martirizando.
Ciriaco sintió que el mundo se le venía abajo. Acababan de desperdiciar
ambos su oportunidad personal, y ahora veía con angustia que tendrían
que malgastar también la tercera posibilidad de ser felices, simplemente
tratando de arreglar el desastre que habían provocado. Pero no le quedaba
otra alternativa que ceder. Y con pena cedió.
El ángel fue llamado. Apareció en el pobre rancho llenándolo
nuevamente de luz. Escuchó con bondad la súplica compungida
del hombre en favor de su mujer, y simplemente dijo:
-¡Hágase como ustedes han deseado!
En aquel mismo instante todo volvió a estar como al principio. Solamente
que a la pobre Nemesia le quedó ardiendo la nariz, y por todo el rancho
los cuzcos y perros grandes andaban husmeando en busca del chorizo desaparecido.
A veces se me ocurre pensar que el cuento podría haber terminado diferente,
si lo hubiera podido inventar yo. Me lo imaginaría al Ciriaco tomándola
de las manos a la Nemesia, y mirándola profundamente a los ojos, le
diría:
-Al fin tengo la oportunidad de cumplir tus sueños. Quisiera saber
cuáles son tus esperanzas y anhelos, porque deseo gastar esta gran
oportunidad de mi vida, en tu favor.
Emocionada la Nemesia le respondería más o menos de la misma
manera. Gastaría su oportunidad pidiendo que se cumplieran los sueños
de Ciriaco.
Y todavía les quedaría la tercera posibilidad en conjunto. Sugiero
que la piensen ustedes mismos. Porque este cuento tiene que completarlo cada
uno según el momento del cuento en que esté.
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