Mamerto Menapace
Publicado en Un Dios rico de tiempo
Editorial Patria Grande

LOS SUEÑOS
José -
Génesis, capítulos 3 7 al 50

José era un soñador. Un hombre de coraz6n ancho, con capacidad de liberarse de las realidades que aprisionan, y de crecer hacia el futuro. Y sin embargo era un hombre que vivía intensamente esas realidades actuales. Ese presente que nos obliga a tomarlo en serio.

Tuvo una infancia feliz. Se sintió querido. Se sintió preferido; y sin embargo escap6 de ese tibio halago de niño preferido. Miró las estrellas y soñó con las estrellas, con el sol y con la luna. Y él como centro. Miró los trigales y soñó con los trigales, con las gavillas y con una que sería la suya.

Y fue también un ingenuo. No supo guardar secreto sobre lo que había visto en esa capacidad de soñar, de evadirse de su presente concreto. Y hasta los que lo querían se sintieron molestos ante el presentimiento del misterio de su vida.

José era un soñador. Pero fue siempre tremendamente leal al presente. Fue ese presente de cada momento de su vida lo que vivió con sinceridad y aceptándolo siempre sin protesta. Pero no olvidó que en cada día estaba encerrado un mañana. Como era un soñador sentía siempre palpitar el futuro, y eso lo llevaba a vivir siempre lealmente el presente, siempre creciendo para, ese futuro.

Varias veces en su vida la trama de su misterio se interrumpió, para comenzar otro capítulo en otra geografía. Aparentemente el pasado quedaba truncado, sin sentido. Su infancia nómade encerraba brutalmente al ser vendido por sus hermanos. Quedaban atrás, vacías de sentido, las carpas paternas, las majadas familiares, la ropa multicolor que lo distinguía entre sus hermanos, los arenales queridos que le habían regalado un cielo límpido con estrellas brillantes para soñar; la tumba de su madre allá en Efratá.

El alma de este soñador guardaría esas imágenes despojadas del rastrojo: hechas semilla. Ahora era necesario ser leal a otras realidades. El palacio de Potifar, sus asuntos económicos, todo lo que constituía esa nueva realidad había que tomarlo muy en serio. En todo eso se sentía bendecido por la mano de Dios. Podría haber creído que ese era su presente definitivo. Podría haber asesinado su alma de soñador. Cuando el presente llena, los sueños sobran. Por eso que es tan fácil comercializarlos. Y para José allí estaban esos ojos en acecho, esa boca anhelante y esas manos buscadoras. Esa mujer era la salida fácil. Ella ofrecía al soñador la posibilidad de vivir una vida al la de, una vida distinta de ese presente de su vida ordinaria. Pero José era un hombre leal. Fiel a su presente y a los hombres que condicionaban ese presente. Quizá en el fondo fiel a su ser de soñador que empujaba el misterio de su vida hacia adelante. Y dijo ¡no! a esa salida fácil.

Y nuevamente, despojado de su túnica presintió en esas-horas de espera de la llegada de Potifar, que en su vida se repitiría el drama vivido en el pozo del desierto. Que en su vida algo terminaba, y algo empezaba. Y que sin embargo su vida tenía un misterio único, un misterio alimentado desde su niñez por su capacidad de soñar.

La cárcel parecía convertir en ironía cada recuerdo de su vida anterior en el palacio. Y sin embargo, José sería leal a ese presente. Tomaría su vida de presidiario en serio, y allí sentiría de nuevo que Dios bendecía cuanto hacía. Ya que el misterio de su vida encerraba en su geografía la túnica de presidiario, José seguiría siendo José el soñador y presidiario. Responsable de otros presidiarios en quienes iba muriendo la esperanza, el soñador José sería capaz de advertir en ellos la tristeza de un sueño sin interpretación. Y lealmente les interpreta el misterio de sus vidas al copero y al panadero. Sabe que en las vidas de sus compañeros hay también un futuro; algo que los hará superar el presente.

Será esa su capacidad de interpretar sueños lo que volverá a cambiar la geografía del presidiario José. Una mañana lo sacan apresuradamente, y dejando su ropa muda de geografía. Ese cambio de ropa frente a cada capítulo de su misterio es como un símbolo de su vida. Lo que deja y lo que asume es algo circunstancial, algo exterior; por dentro sigue siendo el mismo: José el soñador.

Niño nómade, joven cortesano, presidiario, ministro: ¡sólo cuestión de túnicas y geografía! El hombre es el mismo, el misterio único, los sueños siempre empujando más allá. Y en cada recodo de su vida abandona sin resentimiento, lo que supo llevar hasta allí con lealtad. Su lealtad al presente le permitió no asesinar el futuro.

Y le nacen dos hijos. Dos hijos en quienes José cree encontrar el olvido del pasado. Sin embargo esos hijos no serán el sustituto del pasado, no lo reemplazarán. Por Efraín y Manasés, José reentrará en la marejada de su Pueblo, de su pasado abierto al futuro. En sus hermanos José redescubre su pasado, lo interpreta, ve allí la mano de Dios, comprende su sentido. Porque el soñador, leal siempre a su presente y abierto al futuro, no era capaz de guardar rencor a su pasado. Como sabía interpretar sueños, era capaz también de captar el sentido del pasado que lo había traído hasta allí.

De nuevo en la correntada de su pueblo, entre sus hermanos, José recobra para su alma de soñador las imágenes de su infancia. Sabe que Dios vendrá un día a buscar a su pueblo. Y él quiere entonces estar entre ellos. Que sus huesos participen de esa liberación. Quizá las semillas de aquellos recuerdos de infancia brotaran ahora allí en la greda rojiza regada por el Nilo. Y José vuelve á soñar con los arenales, con las carpas bajo las estrellas, rodeado de majadas familiares. Y hace jurar a sus hermanos que cuando eso suceda, no lo dejarán allí.

Quiere participar del futuro de su pueblo, precisamente porque cree en el futuro de su pueblo y, en la actuación de Dios que guía su historia.

Lecturas complementarias:

Evangelio de Mateo, cap. 1, vers. 18 hasta cap. 2, vers. 23 (Egipto en la vida de Jesús).
Libro Primero de Samuel, cap. 3 (Samuel niño).
Libro del Exodo, cap. 13, vers. 17 a 22 (los huesos de José).
Libro de los Hechos, cap. 9, vers. 1 a 30 (historia de Pablo).
Salmo 104 (105) (meditación histórica).

Leer además para el conjunto de las meditaciones:
Libro de la Sabiduría, cap. 10.
Libro del Eclesiástico, Cáp. 44 a 50.
Carta a los Hebreos, Cáp. 1 1.