Mamerto Menapace
Publicado en Un Dios rico de tiempo
Editorial Patria Grande

EL HOMBRE
Jacob - Génesis, 25, 19 a 37, 1

Desde Abraham la Bendición se iría abriendo camino. Camino que necesitaba de los hombres, como la semilla necesita de la tierra para proseguir en su vida y en su crecer. Pero -la vida de la semilla es otra cosa que la tierra, a pesar de que viva y perdure en ella y de ella se alimente. Por eso la historia de la semilla y la de la tierra donde perdura creciendo, están tan íntimamente unidas y comparten las mismas circunstancias, y la misma geografía.

Pero también: ¡cuántas cosas puede haber en la tierra ésa, que se opongan a la vida de la semilla! Otros yuyos que pretenden ahogarla y otras formas de vida que roban a la buena semilla la savia de la tierra. La semilla de la bendición no venía a sembrarse en una tierra virgen, sino en una tierra maldecida por Dios; una tierra de cardos y abrojos. La bendición de Dios desembarcó en un mundo sometido a la maldici6n, para comenzar en él un lento y doloroso camino de liberación.

Abraham había sido un hombre con alma grande; con capacidad de renuncias. Se había adentrado en el desierto, dejando la vida fácil y las oportunidades humanas, a fin de entregar toda su savia a esa semilla de Bendición. Jacob en cambio, era querendón y apegado a lo fácil; preferido de su madre, que le había ahorrado una experiencia de desierto que ella misma no tenía. Egoísta, abusador y falso, él mismo tendría que sufrir en su propia carne las consecuencias de esos mismos métodos humanos. Aprovechándose del hambre de su hermano le arrebató sus derechos, y él mismo debería luego trabajar siete años para conseguir el anhelo de su cariño. Engañaría a su padre haciéndose pasar por su hermano; y su suegro lo engañaría a él entregándole por Raquel a su hermana Lía. Sus veinte años de trabajos duros junto al hermano de su madre le harían experimentar en carne propia los métodos que él había aprendido de ella. Había hecho creer a su padre ciego que el cuero de un cabrito era la piel de su otro hijo; y un día sus propios hijos le harían creer que la sangre de otro cabrito era la de su hijo José. -

Jacob había preferido el camino fácil; el camino de los métodos humanos, basados en el engaño, en la astucia, en la avivada. Su método no anularía el camino de la Bendición que Dios quería hacer pasar por él. Porque esa Bendición no se identificaba con la vida de Jacob. Jacob sufriría en su vida las consecuencias de pretender manejar la Bendición de Dios con métodos humanos. Al final de su vida, Jacob ya viejo reconocería delante del Faraón que los años

de sus andanzas habían sido pocos y malos, y que no se podía comparar con los de sus padres. Se había complicado la vida inútilmente cargándola con un montón de realidades que le habían amargado el alma:

"No metás en las alforjas lo que no vayás a usar. Son más largos los caminos p'al que va cargao de má!?'. (Chamarrita)

Pero el Señor Dios velaba sobre la semilla de Bendición que El mismo había confiado a esa tierra que era Jacob. Cada tanto Dios bajaría hasta ese hombre y lo liberaría de esas pesadas alforjas humanas que él mismo se echaba encima; lo humillaría, y en medio de esa tierra arada y empobrecida de yuyos, Dios volvería a reavivar la buena semilla.

Después de la mezquina acción con su padre anciano y ciego, que había también llenado de amargura y violencia el corazón de su hermano Esaú, Jacob tuvo que huir hacia el este. En medio de su soledad se acuesta a dormir en el desierto con una piedra por cabecera y su bast6n por toda riqueza y compañía. Allí Dios le regala su primera experiencia. Jacob siente la providencia de Dios. Jacob constata en su pobreza que -Dios estaba allí, y él no lo sabía. Y Dios reafirma con él la vieja promesa de Bendición:

"Yo soy el Dios de tus padres, esta tierra será tuya, tu descendencia será numerosa, por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra".

A él, a Jacob que debe abandonar en este momento como fugitivo esta tierra dejando en ella la sangre de los suyos, a su pueblo. A él que está sin tierra y sin sangre, Dios reafirma la promesa de esta tierra y la garantía de perdurar en pueblo.

Luego de otros veinte años de tretas humanas en la tierra fértil, Jacob huye nuevamente hacia el desierto, y una noche se encuentra nuevamente embretado por la persecución de su sangre. Los métodos humanos habían nuevamente puesto en peligro el futuro de esa Bendición. Pero el Señor Dios velaba sobre esa semilla. En sueños se aparece a Labán y le previene:

¡ Cuidado con tocarme a Jacob!

Y también allí una piedra vuelve a ser levantada como memoria¡ de la intervención de Dios.

Por tercera vez Jacob tendrá esa experiencia. Acaba de hacer pasar el Yabok a sus mujeres y a sus hijos con sus majadas: ese río que lo separa del hermano que puede terminar con la promesa. Y solo, en la otra orilla, 1 esa noche Jacob lucha con Dios. De esa lucha Jacob saldrá bendecido, pero también herido para siempre y con un nuevo nombre. Dios lo ha marcado en su propia carne.

El último encuentro que tendrá Jacob con Dios será aquella noche en que empujado por el hambre en su tierra y por el llamado de su hijo José, deberá abandonar definitivamente esa tierra natal que será suya por la promesa, para emigrar con su pueblo. Pero esta vez el Señor Dios consuela al viejo y desilusionado Jacob:

"No termás, Yo soy el Dios de tu padre. Bajá nomás a Egipto. Yo bajaré con vos y seré yo e¡ que te volverá a traer".

Y Jacob se entrega a Dios y parte para morir en tierra extraña, conduciendo a su pueblo que deberá crecer en la noche de la opresión hasta que Dios vuelva a mirarlo y, recordando la vieja promesa, le entregue esa tierra a través del duro camino de la liberación.

Lecturas complementarias:

Libro de Oseas, cap. 12 (el pueblo heredero de las tretas de su padre).

Libro de Amós, cap. 3 al 6 (la falsa garantía de Israel: Día de Dios).

Libro de Isaías, cap. 30, vers. 1 a 18 (Egipto, falsa seguridad).

Evangelio de Mateo, cap. 13 (imagen de la semilla y la tierra).

Ezequiel, cap. 16 (historia simbólica de Israel: actitudes humanas).