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SORGO Y CHAMICO
El sorgo estaba chico. Tal vez a no más de una cuarta de altura. Y
el verano había exagerado la sequía con varios días de
viento norte.
A la hora de la siesta era casi preferible no mirar el sorgal. Su aspecto
era más vale desalentador. Chamuscado como estaba por el calor y el
viento norte, el pequeño sorgal mostraba el sufrimiento de la sequía.
Sólo el chamico parecía gozar de privilegio. Aunque mirado bien
y de cerca, también él mostraba los efectos de la sequía.
Lo malo era que había mucho chamico. Y para el sorguito eso representaba
un doble peligro.
Un peligro presente, ya que el chamico - nacido antes que el sorgo - lo aventajaba
en vigor y le quitaba gran parte de la poca humedad que tenía esa tierra
resecada por el sol del verano que empezaba recién. Y además
era un peligro futuro. Sorgo y chamico semillarían juntos. Y juntos
terminarían en los silos, y juntos pasarían a la molida. Y dicen
que la semilla de chamico es venenosa. Que hace abortar a las preñadas.
Y era una pena que el fruto de ese sorgal destinado a alimentar a los demás,
estuviera envenenado por el fruto abortivo del chamico.
Había que tomar una decisión. Me llamaron para que viera el
sorgal. A esa hora el sol ya apretaba, y el viento norte se dejaba sentir.
¡Me dio pena el sorgo! Había algo de tristeza en sus hojas, un
cierto cansancio y ganas de no seguir aguantando más. El chamico aparecía
potente, con sus hojas anchas y redondas, junto a las hojas afiladas de las
plantitas del sorgal.
Una solución parecía imponerse. La de los manuales. Una fumigación
con herbicida, si fuera posible esa misma tarde. Fumigación aérea,
era o parecía ser, lo más seguro, lo más rápido.
Al no estar todavía protegido por el sorgo, el chamico presentaba toda
su superficie a la fumigación y el efecto del herbicida ofrecía
la seguridad de realizarse sobre la maleza. Tomándolo de tardecita,
con viento quieto y algo de rocío, el herbicida quedaría sobre
las hojas. A la mañana siguiente, con el apretar del sol, el castigo
del veneno actuaría con todos sus efectos.
Sí. Todo eso estaba bien, pensando en la manera de frenar o eliminar
el chamico. Pero ¿y el sorguito?
Estaba el sorguito justo en ese momento de su crecimiento en que abiertas
sus hojas, ofrece el follaje al aire y a la luz mostrando su cogollo central,
esa zona donde se genera la vida. El herbicida entraría también
allí y seguramente haría su efecto.
Era un pésimo momento para fumigarlo. Ni demasiado chico, ni demasiado
grande. Y además sufrido por la dura experiencia de una sequía
que lo venía maltratando casi desde su madrugar.
El peligro estaba en que el sorguito no aguantaría la sacudida de la
fumigación. Tal vez terminara por secarse definitivamente. Y aunque
quizá no se llegara a eso, era seguro que el tratamiento frenaría
su desarrollo y que el rinde del sorgal perdería un gran porcentaje
en el momento de la desgranada.
La decisión, ustedes comprenderán, no podía tomarla basándome
en la bronca al chamico. Tenía que tomarla por amor al sorgal. En definitiva,
ustedes estarán de acuerdo: lo que importaba en aquel campo no era
la no existencia del chamico, sino la abundancia del sorgo.
Y el sorgo aquel aquella tarde no se fumigó. Tal vez no fuera una decisión
de ingeniero; era simplemente un manejo de chacarero. De hombre con amor por
su campo.
Pero pienso que hubo también detrás otro motivo. Aquel viento
norte no podía durar eternamente. Los años pasados en el campo
me decían que todo viento norte carga agua, y que al final explota
en una tormenta que casi siempre termina en lluvia.
Había que tener fe en el cielo, que era quien podía mandarnos
la lluvia.
Luego de la tormenta, y con el campo regado por ese llanto de las nubes, era
probable que se pudieran tomar pequeñas decisiones para acompañar
el crecimiento. Tal vez entrar a azada, o aporcar los surcos. Tal vez una
fumigación terrestre.
En todo caso cosas que exigirían más tiempo, más dedicación,
y bastante más esfuerzo. Cosas de las que sólo es capaz un chacarero.
Porque él se queda comprometido con el campo. Mientras que el ingeniero
prefiere las soluciones rápidas, ya que luego de tomadas, se va y tal
vez sólo vuelve para la cosecha.
Para él el resultado se convierte en dato. Para el chacarero, en grano.
A veces pienso que en m vida he tenido dos grandes suertes.
La primera es haber nacido en el campo y con eso haber conseguido un profundo
cariño por la tierra y los sembrados. Como a mi tata le faltaba una
pierna, siempre lo tuvimos en casa y de chiquitos nos hablaba y nos contaba
muchas cosas cuando trabajábamos al lado suyo. Mi tata fue un gran
hombre.
La segunda suerte que tuve fue que el primer ingeniero con el que me inicié
era también un gran hombre. Recorriendo los sembrados, muchas veces
me hablaba de sus hijos, de la cooperativa que organizaba en su barrio, y
de su amor por los hombres. Fue un gran ingeniero: tenía corazón
de chacarero.
Sugerencias para trabajar:
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