La ministerialidad del catequista

Ver Primera entrega: Ministerio de la catequesis: un servicio eclesial

Ver Segunda entrega: El ministerio de la catequesis en la Pastoral Orgánica

El término ministerio en la Biblia:

Grelot, Pierre, Ministerio en Vocabulario de Teología Bíblica, León – Dufour, Xavier, Editorial Herder, Barcelona, 1985, p. 540 – 541

Las palabras «ministro» y «ministerio», calcadas en el latín de la Vulgata, corresponden al griego diakonos y diakonía. Estos dos términos no pertenecen al lenguaje religioso de los Setenta, que los emplea raras veces en sentido profano (Est 1,10; 6,1-5). En la Vulgata, minister traduce el hebreo mesaret (cf. Ex 24,13: Josué, servidor de Moisés), que puede designar a los sacerdotes, ministros del culto (Is 61,6; Ef 44,11; JI 1,9). Sin embargo, ya en el AT la realidad de un ministerio religioso desempeñado en el pueblo de Dios por los titulares de ciertas funciones sagradas, es cosa bien atestiguada: los reyes, los profetas, los depositarios del sacerdocio, son servidores de Dios, que ejercen una mediación entre él y su pueblo. Así san Pablo dirá que Moisés era ministro de la primera alianza (2 Cor 3,7.9). En el NT Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, el único sacerdote que ofrece el sacrificio de la salvación, el único portador de la revelación, puesto que es la palabra de Dios hecha carne. Pero en la Iglesia que fundó se ejerce un ministerio de nuevo género, que está al servicio de su palabra y de su gracia.

      El ministerio del apostolado.

Jesús enseñó a sus apóstoles a mirar su función como un servicio: los jefes de las naciones quieren que se les mire como a bienhechores y señores; pero ellos, siguiendo su ejemplo, deberán hacerse servidores (diakonoi) de todos (Mc 10,42 ss). Son sus servidores de él, y por ese titulo les promete entrar con él en la gloria del Padre (Jn 12,26). Desde el comienzo de los Hechos el 'apostolado es, pues, considerado como un ministerio (diakonía: Hch. 1,17.25), que Matías es llamado a desempeñar juntamente con los otros once. La vocación de Pablo al apostolado (Rom 1,1) es también un llamamiento a un ministerio (1 Tim 1,12; cf. 2 Cor 4,1), que Pablo se esfuerza luego por desempeñar dignamente (Hch. 20,24) y gracias al cual aporta Dios la salvación a los paganos (21,19). Consciente de ser así ministro de Dios (2 Cor 6,3 ss) y ministro de Cristo (11,23), siente vivamente la grandeza de esta función, más grande que la de Moisés mismo, pues es un servicio de la nueva alianza. de la justicia, del Espíritu (3,6-9), de la reconciliación (5,18), del Evangelio (Col 1,23; Ef 3,7), de la Iglesia (Col 1,25). 2. Diversidad de ministerios. Sin embargo, el ministerio en la Iglesia naciente desborda ampliamente el ejercicio del apostolado propiamente dicho. La palabra diakonía se aplica en primer lugar a servicios materiales necesarios a la comunidad, como el servicio de la mesa, (Hch. 6,1.4; cf. Lc 10,40) y la colecta para los pobres de Jerusalén (Hch. 11,29: 12,25; Rom 15,31; 1 Cor 16.11: 2 Cor 8,4; 9,1.12 ss). Además, un ministerio se confía a Arquipo (Col 4,17) y a Timoteo (2 Tim 4,5); el titulo de ministro (diakonos) se da a Apolo como a Pablo (1 Cor 3.5). Timoteo (1Tes 3,2; 1Tim 4,6), a Tiquico (Col 4,7; Ef 6,21), a Epafras (Col 1,7) e incluso a los falsos apóstoles judaizantes (2 Cor 11,23). Esto muestra que hay en la Iglesia «diversidad de ministerios» (1 Cor 12,5), pues «el Espíritu diversifica sus carismas con miras a la obra del ministerio» (Ef 4,12). Todo «servicio» de este género se ha de efectuar bajo la influencia del Espíritu (Rom 12,7), como un mandato recibido de Dios (1 Pe 4,11).

Queda por ver en qué consisten estos «servicios». Las listas de carismas dadas en las cartas ponen siempre en cabeza las funciones relativas a la palabra de Dios (apóstol, profeta, doctor, evangelista). Pero esto no excluye la existencia de cargos propiamente pastorales, que menciona expresamente la carta a los Efesios (Ef 4,11).

El catequista, vocación e identidad

         Congregación para la Evangelización de los Pueblos - Guía para los Catequistas, Roma, 3 de Diciembre de 1993 (en adelante GCM)

      El catequista, vocación e identidad:

En la Iglesia, el Espíritu Santo llama por su nombre a cada bautizado a dar su aportación al advenimiento del Reino de Dios. En el estado laical se dan varias vocaciones, es decir, distintos caminos espirituales y apostólicos en los que están involucrados cada uno de los fieles y los grupos. En el cauce de una vocación laical común florecen vocaciones laicales particulares. [1]

Fundamento de la personalidad del catequista, además de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, es, pues, un llamamiento específico del Espíritu, es decir, un "carisma particular reconocido por la Iglesia" [2] hecho explícito por el mandato del Obispo. Es importante que el candidato a catequista capte el sentido sobrenatural y eclesial de ese llamamiento, para que pueda responder con coherencia y decisión como el Verbo eterno: "He aquí que vengo" (Hb 10, 7), o como el profeta: "Heme aquí, envíame" (Is 6, 8). (GCM nº 2)

      El catequista para una iglesia misionera, vocación e identidad:

En la realidad misionera, la vocación del catequista es específica, es decir, reservada a la catequesis, y general, para colaborar en los servicios apostólicos que sirven para la edificación de la Iglesia y para su crecimiento. [3]

La CEP insiste sobre el valor y sobre la especificidad de la vocación del catequista; de ahí el empeño que debe tener cada uno en descubrir, discernir y cultivar la propia vocación. [4]

Por tanto, el catequista que trabaja en los territorios de misión tiene una identidad propia que lo distingue del catequista que desempeña sus funciones en las Iglesias de antigua fundación, como lo enseñan el mismo Magisterio y la legislación de la Iglesia. [5]

Sintetizando, el catequista en los territorios de misión está caracterizado por cuatro elementos comunes y específicos: un llamamiento del Espíritu; una misión eclesial; una cooperación al mandato apostólico del Obispo; una conexión especial con la realización de la actividad misionera ad Gentes. (GCM nº 2)

      Misión del catequista.

Estrechamente vinculada a esa identidad está la función del catequista que se desarrolla en relación con la actividad misionera. Esa misión se presenta amplia y diferenciada: al mismo tiempo que anuncio explícito del mensaje cristiano y conducción de los catecúmenos y de los hermanos y hermanas a los sacramentos hasta la madurez de fe en Cristo, es también presencia y testimonio; comprende la promoción del hombre; se traduce en inculturación, se hace diálogo. [6]

Por eso el Magisterio, cuando trata del catequista en tierra de misión, [7] manifiesta una consideración privilegiada y hace una reflexión de amplio alcance. Así, la Redemptoris Missio describe a los catequistas como "agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que representan la fuerza de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias jóvenes". [8] El mismo Código de Derecho Canónico trata aparte el asunto de los catequistas comprometidos en la actividad misionera propiamente dicha y los describe como "fieles laicos debidamente instruidos y que se destaquen por su vida cristiana, los cuales, bajo la dirección de un misionero, se dediquen a explicar la doctrina evangélica y a organizar los actos litúrgicos y las obras de caridad".

Esta amplia descripción de la misión del catequista corresponde al concepto esbozado en la Asamblea Plenaria de la CEP, en el 1970: "El catequista es un laico especialmente encargado por la Iglesia, según las necesidades locales, para hacer conocer, amar y seguir a Cristo por aquellos que todavía no lo conocen y por los mismos fieles.” (GCM nº 3)

      Responsabilidad de la comunidad.

La CEP siente la necesidad de expresar públicamente su reconocimiento y gratitud a los Obispos, a los sacerdotes y a las comunidades de fieles por la atención que siempre han demostrado a los catequistas: esa actitud es una garantía para el anuncio misionero, para la madurez de las Iglesias jóvenes.

Los catequistas, en efecto, son apóstoles de primera línea: sin ellos "no se habrían edificado Iglesias hoy día florecientes”; [9] son, además, una de las componentes esenciales de la comunidad, enraizados en ella por el Bautismo y la Confirmación y su vocación, con el derecho y el deber de creer en plenitud y de obrar con responsabilidad.

Es significativo que Juan Pablo II, en la Encíclica Redemptoris Missio, encomiende este modo a los catequistas en los territorios de misión: "Entre los laicos que se hacen evangelizadores se encuentran, en primera línea, los catequistas. (...) Aunque se ha habido un incremento de los catequistas continúa siendo siempre necesario y tiene unas características peculiares". [10] Estas palabras confirman lo que el mismo Sumo Pontífice había afirmado en la Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae: "El título de 'catequista' se aplica por excelencia a los catequistas de tierras de misión". [11]

A los catequistas se puede aplicar, con toda verdad, la palabra del Señor: "id y haced discípulos a todas las naciones " (Mt 28,19), porque "ellos están dedicados por oficio al ministerio de la palabra". [12]

Los catequistas sean valorizados en la organización de la comunidad eclesial. Será muy útil garantizar su presencia significativa en los organismos de comunión y participación apostólica, como por ejemplo, los consejos pastorales diocesanos y parroquiales.

No hay que olvidar que el número de catequistas aumenta de continuo y que de su actual dedicación dependerá la calidad de las futuras comunidades cristianas. En la sociedad moderna existen situaciones que reclaman la presencia de los catequistas, porque son laicos que viven las situaciones seculares y pueden iluminarlas con la luz del Evangelio, actuando en el interior de la sociedad. [13] Hoy, en el contexto de la teología del laicado, los catequistas ocupan necesariamente un lugar destacado.

Todas estas consideraciones hacen ver la urgencia de promover catequistas, tanto en número, mediante una adecuada promoción catequistas, tanto en número, mediante una adecuada promoción vocacional como, sobre todo, en la calidad, mediante una atenta y global programación de formación. (GCM nº 33)

[1] Cf. JUAN PABLO II., Ex. Ap. Christifideles Laici, 30 diciembre 1988, 56: AAS 81 (1989) 504-506

[2] Cf. Asamblea Plenaria cit., I, 2.

[3] Cf. CONC. ECUM. VAT. II., Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, Ad Gentes, 15.

[4] JUAN PABLO II, Ex. Ap. Christifideles Laici, 58: l.c. 507-509.

[5] Cf. CIC cc 773-780 con el c 785.

[6] Cf. CCC 6

[7] JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 16 octobre 1979, 66: AAS 71 (1979) 1331.

[8] JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio , 73: l.c . 321.

[9] JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradendae, 66: l.c. 1331

[10] JUAN PABLO II, Lett. Enc. Redemptoris Missio, 73: l.c. 320-321

[11] JUAN PABLO II, Ex. Ap. Catechesi Tradende, 66: l.c. 1331; cf. Angelus 18 octobre 1987: OR 19-20 octobre 1987,5.

[12] CONC. ECUM. VAT. II. Const. Dogm. sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, 25.

[13] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Asamblea Plenaria cit., 2

Próxima entrega : Los Laicos