No puedes ser catequista sin sentirte profundamente un discípulo del Señor.
Yo soy una voz que grita en el desierto (Jn 1, 23)
Juan Bautista es uno de los primeros discípulos
del Señor, del que es mensajero (Me 1, 2) y anticipa la suerte (Me 6,
28).
El es consciente de esta dependencia suya del Mesías. Lo afirma con decisión
ante los enviados oficiales de Jerusalén, que le preguntan: "Quién
eres?".
No podría ser esta la pregunta que te dirigen los que conocen tu servicio
a la Palabra de Dios en la comunidad cristiana, o los que te escuchan en el
grupo de catecismo?
Quién eres tú, catequista?
La personalidad de Juan Bautista (Jn 1, 19 - 23)
He aquí el testimonio de Juan. Cuando los
judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle:
"Tú, quién eres?", él confesó y no negó.
Confesó: "Yo no soy el Cristo".
Y le preguntaron: "Entonces, qué?; eres Elías?".
Y dijo: "No lo soy".
"Eres Profeta?".
Respondió: "No".
"Pues, quién eres -le dijeron-, para dar respuesta a quienes nos
enviaron? Qué dices de ti mismo?".
Dijo: "Yo soy una voz que grita en el desierto:
enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías".
"Yo
soy una voz" (v. 23)
Hay seguridad y precisión en la respuesta
de Juan Bautista.
El inmediatamente toma la distancia del Mesías:
"Yo no soy el Mesías"
(v. 20). Es el primer testimonio, que evita cualquier confusión.
En el ejercicio de su ministerio, Juan se ha puesto el interrogante sobre su
propia identidad no tanto a partir de los que lo escuchan, sino de la confrontación
directa con el Mesías.
Ya te habrás puesto esta pregunta: "Quién es Jesucristo para
mí?".
No la eludas, porque es fundamental en relación con tu servicio de catequista.
Para Juan, Jesucristo es el Mesías, es decir, el que quita el pecado
del mundo, como le ha sido revelado por Dios (cf Jn l., 33).
Después de esta manifestación, desconcertante y entusiasta, descubre
su identidad y su función de discípulo.
"Yo soy una voz" (v. 23).
El es uno que hace resonar una voz de invitación y de llamamiento a la
penitencia, para acoger la Palabra, esto es, Jesucristo con su mensaje de salvación.
Si no has contestado a la pregunta: "Quién es Jesucristo para mí?",
no puedes saber quién eres como catequista, sobre todo, se te hace difícil
comprender el significado de tu servicio en la Iglesia.
"Una voz que grita" (v. 23)
La de Juan no es una voz cualquiera, que
se confunde con muchas otras, sino que es un grito.
Es decir, es un anuncio que tiene en sí la fuerza de la convicción
profunda, el tono de la urgencia, la valentía de la propuesta y la alegría
del descubrimiento. Es el auténtico modo con el que el discípulo
habla de su Maestro.
Juan tiene un mensaje de salvación para comunicar a las muchedumbres.
Y un mensaje de salvación no se transmite en voz baja, porque implica
personalmente a quien lo anuncia y está destinado a cambiar la vida de
los que lo escuchan.
En el grito jubiloso de Juan se encuentra toda la fuerza de su propuesta y la
capacidad persuasiva que atraía hacia él a la muchedumbre, a pesar
de la invitación a la penitencia, a la conversión, a la mortificación.
En tu anuncio, lleno de convicción y entusiasmo, de catequista no se
encontrará ya la eficacia persuasiva de la Palabra de Dios y una garantía
de respuesta por parte de tus muchachos?
No te parece que la adhesión de fe no está condicionada solamente
por las exigencias, que conlleva, sino también por la convicción
de quien la propone?
"En el desierto" (v. 2 3)
El desierto, lugar de proveniencia de Juan
y de su ministerio, no indica solamente un ambiente geográfico, sino
más bien una situación de vida, en la que se encuentra el silencio
con las personas para el coloquio con el Señor y la pobreza de las cosas,
es decir, el desapego de ellas por la posesión de Dios.
Juan sigue las escogencias de los grandes profetas del antiguo testamento y anticipa a Jesucristo, que se retira al desierto, antes de comenzar su servicio de la Palabra por el Reino (Me 1, 9-1 l).
ORACION
Señor, haz que haya en mí sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, y, sobre todo, para con los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, desapego de mí mismo y renuncia, para que mi palabra pueda abrirse camino en el corazón de los que me escuchan. Apasionado de la misión evangelízadora, haz que yo siempre busque los modos más aptos para anunciar eficazmente el Evangelio, ara el crecimiento de la comunidad cristiana.
Preparad el camino del Señor (Me 1, 3)
La misión que Jesús confía
al discípulo es la de precederlo, de pueblo en pueblo, para preparar
su encuentro con la gente.
Juan Bautista es el modelo del discípulo en misión.
En efecto, él en las orillas del río Jordán prepara a la
gente para el encuentro con el Mesías.
Es la misión de todos aquellos que en la comunidad se dedican al servicio
de la Palabra.
Es lo que el Maestro espera también de ti.
La misión de Juan Bautista (Me 1, 1 - 8)
Principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de
Dios. Según está escrito en el profeta Isaías: "He
aquí que envío delante de ti a mi mensajero que preparará
tu camino. Voz que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor.
Enderezad sus sendas". Apareció Juan el Bautista en el desierto,
predicando un bautismo de penitencia, para la remisión de los pecados.
Y todos los de la región de Judea y los de Jerusalén acudían
a él, para ser bautizados en el río Jordán, confesando
sus pecados.
Juan, vestido de pelo de camello con un cintur6n de cuero a sus lomos, comía
langostas y miel silvestre y clamaba: "Detrás de mí viene
el que es más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar, agachándome,
la correa de sus sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará
en el Espíritu Santo".
"Mi mensajero" (v. 2)
Juan Bautista es el primer mensajero del Señor.
Su elección está unida al hecho extraordinario del nacimiento,
después del cual su padre Zacarías proclama ya la misión
que Dios le confía: "Tú, hijo mío, serás llamado
profeta del Dios omnipotente, porque irás delante del Señor para
prepararle el camino" (Lc 1, 76).
Aunque la llamada personal del Maestro resuena en tiempos y en momentos sucesivos,
la historia del discípulo comienza con su nacimiento,
Has pensado alguna vez que antes que fueras catequista, el Señor ya te
había escogido como su mensajero?
En Juan, además, es posible comprender plenamente el significado de la
misión del mensajero, un término que tiene un profundo eco bíblico
(Is 52,7).
El mensajero es el heraldo que proclama con fuerza un alegre anuncio, esto es,
un mensaje de liberación y de salvación para todos.
No es simplemente una noticia, sino un hecho, o mejor una nueva presencia del
Señor, que viene a su pueblo con poder. Ante el grupo de tus muchachos
no eres solamente un profesor de catecismo, sino un mensajero, es decir, un
enviado por el Maestro para transmitir hechos importantes y decisivos para su
vida.
¿Estás convencido de esto porque lo vives como protagonista, como
lo debería ser todo discípulo? "Preparad el camino del Señor"
(v. 3)
El mensajero prepara el camino al Señor,
o, según una traducción mejor, prepara el camino del Señor.
Juan, en efecto, presenta a las muchedumbres el encuentro con Jesús como
un camino de salvación, es decir, la única posibilidad concreta
de salir de la propia situación de pecado. El, pues, proclama que Jesucristo
es el camino que el Padre ofrece a los hombres, para su regreso a él.
Por este motivo Juan está atento a presentar a las muchedumbres las elecciones
del Señor, para que cada uno las viva en la propia existencia cotidiana
(Cf Lc 3, 10-14).
Sobre todo, manifiesta cuanto Dios hace para venir al encuentro del hombre,
trazando el camino en Jesucristo, para que no se falte a la cita con él.
Al discípulo le queda la tarea de obrar de tal modo que "todo barranco
sea rellenado y toda montaña y colina rebajada" (Lc 3, 5), para
favorecer el paso del Señor, a veces improviso e imprevisto. "Mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos"
(Is 55, S).
Entonces el discípulo tiene que sufrir por el servicio de la Palabra,
y así condivídir la suerte del
Maestro.
Juan, arrestado, encarcelado y asesinado, anticipa la muerte de Jesús
y señala el camino que se abre ante todo discípulo.
No te maravilles por tus dificultades de catequista que son siempre limitadas
respecto de los que, en la Iglesia, pagan personalmente el servicio de la Palabra.
"Cambiad de vida..."
(v. 4)
Juan, como después Jesucristo (Mc
1, 15), propone un programa dirigido al cambio de vida radical, no mediante
simples retoques exteriores o marginales, sino por medio de la conversión.
El significado espiritual de convertirse se capta muy bien en la imagen espacial
que propone: cambiar de dirección, cambiar de ruta, continuar en el sentido
opuesto al que se iba llevando.
Para Juan significa abandonar el propio camino para seguir por el camino de
Jesucristo y seguirlo en sus opciones hasta el fondo. Por qué?
"El reino de Dios está cerca" (Mt 3, 2).
No se pide, pues, una conversión por miedo al juicio del Señor
(cf Am 5, 20), sino para dejarse "alcanzar" por el Reino, que se hace
presente en Jesucristo.
Uno se convierte para aceptar a una persona, al Hijo de Dios.
Se deja lo que no tiene importancia para cederle el puesto al Reino, esto es,
a la presencia y a la acción del Señor en la propia vida: el tesoro
(Mt 13, 44) y la perla (Mt 13, 46), de que habla el
Evangelio.
No eches pie atrás ante las invitaciones del Señor a convertirte
a su amor y a la disponibilidad hacia los otros.
En tu ministerio catequístico no te preocupes tanto por lo que tienes
que renunciar, sino más bien considera sobre todo lo que el Señor
da en cambio a ti y a los que escuchan su Palabra.
ORACION
El mensaje que quieres que yo anuncie,
Señor, es único e insustituible.
Es causa de salvación para los hombres y por sí mismo es capaz
de suscitar la fe, una fe que se basa en el poder de Dios.
Ayúdame a consagrar todo mi tiempo y mis energías, para cumplir
fielmente mi ministerio.
Hazme capaz...
de manifestar comprensión, comunión de vida y de destino
con los demás, solidaridad en los esfuerzos de todos por todo lo que
es noble y bello.
Que yo pueda irradiar, de manera muy sencilla y espontánea, la fe en
algunos valores que van más allá de los valores comunes y corrientes,
y la esperanza en algo que no se ve y que uno no se atrevería a imaginar.
María "fue... la primera de sus discípulos: primera en el
tiempo, porque ya al encontrarlo en el templo ella recibe del Hijo adolescente
lecciones que conservaba en el corazón; la primera sobre todo, porque
nadie fue jamás "amaestrado por Dios" en un grado tan grande
de profundidad" (CT 73).
Es él quien debe llegar a ser importante (Jn 3, 30)
El Evangelio no le presenta al discípulo
ninguna perspectiva de grandeza humana.
Su servicio conlleva una conversión interior de la mirada hacia los demás,
del modo de crecer en el amor al Señor y de los motivos por los cuales
uno se alegra.
Su único prestigio, que constituye su verdadera grandeza, es el de señalar
con el testimonio de la palabra y de la vida que el Señor está
presente.
Solamente a él hay que encontrar!
Es el servicio que Juan realiza respecto del Mesías.
Es la finalidad fundamental de tu ministerio de catequista.
El servicio de Juan Bautista (Jr) 3, 26 - 30)
Fueron a Juan y le dijeron: "Rabbí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, bautiza, y todos acuden a él". Juan respondió: "El hombre no puede apropiarse nada si no le es dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: 'Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de él'. Quien tiene esposa es esposo. Pero el amigo del esposo, el que está a su lado y lo oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Así que mí gozo es completo. El debe crecer y yo menguar. El que viene de arriba, está sobre todos".
"Todos lo siguen".
(v. 26)
Juan no es un rabbí como los maestros de su tiempo, que trata de reunir
discípulos a su alrededor, de unirlos a su persona con el encanto de
su palabra. El es un rabbí-discípulo del único y verdadero
Maestro, Jesucristo, al que no es "digno ni siquiera de desatarle las correas
de sus sandalias" (Jn 1, 26).
Juan no quiere que sus discípulos le sirvan, sino que los orienta hacia
el Mes(as que está en medio de ellos. "En medio de vosotros hay
uno a quien no conocéis" (Jn 1, 26).
Su misión es la de señalar al Maestro, para que todos puedan seguirlo.
No es idéntico tu servicio de catequista entre los muchachos?
El anuncio de la Palabra, tus valores humanos, tu simpatía no deben atraer
la atención y el interés hacía tu persona.
Juan no se maravilla de que sus discípulos lo abandonen para seguir a
Jesús. Para él es importante haber hablado del Maestro, es decir,
haberle ofrecido el servicio eficaz del propio testimonio.
Los que lo escuchan son los que confirman esta colaboración suya para
con el Mesías.
Es también el testimonio que tus jóvenes deberían poder
notar en ti, reconociendo que has hablado bien del Señor, porque cuanto
dices lo vives o, por lo menos, tratas de realizarlo en tu vida.
"El es quien debe crecer" (v.
30)
La progresiva revelación de Jesucristo,
ya en Caná de Galilea, cuando por primera vez "manifiesta su grandeza,
y sus discípulos creyeron en él" (Jn 2, 1 1) coincide con
la gradual desaparición de Juan.
Es un relieve común a todos los evangelistas.
Ser discípulo del Señor, es decir, acoger su plan de salvación,
exige siempre hacerle lugar a su acción y hacerse a un lado para hacerle
camino a El que viene.
Juan es consciente de esta función suya y sabe que tiene que "disminuir",
esto es, renunciar a sus propios intereses personales, tal vez todavía
inspirados en un sentido de austeridad (cf Le 3, 7.9), para condividir las esperanzas
y las opciones del Maestro abiertas a la misericordia (cf Me 2, 10.17).
Es una experiencia que tienen que hacer todos los que anuncian la Palabra.
En efecto, a ti, catequista, se te pide que trates
de no estorbar con tu modo de ver, de pensar y de obrar, al Señor que
avanza hacia tus muchachos. Debes "disminuir" en importancia para
llevar hacia Jesucristo a quien te escuche.
No puedes ocupar el centro del camino, tú que no eres "el Camino",
sino colocarte a la orilla, aparte, con una función importante, pero
dependiente.
"Este es mi gozo, y ahora es completo"
(v. 2 9)
En la gradual declinación de la importancia
de su servicio, Juan encuentra su verdadero gozo, porque ya ha llegado el esposo,
del que es amigo (Jn 3, 29).
El discípulo se alegra siempre por la cercanía del Maestro.
Durante la niñez Juan probablemente se encontró con Jesús,
al que lo unen vínculos de familia. Pero no son suficientes estos lazos
de sangre para reconocer al Mesías.
Aparentemente él declara: "Tampoco yo lo conocía, pero Dios
me ha enviado a bautizar con agua, para hacerlo conocer al pueblo de Israel"
(Jn 1, 31).
Durante el servicio de la Palabra es cuando Juan
conoce a Jesucristo como el Mesías esperado y se alegra de sus palabras"
(Jn 3, 29).
Inclusive en la cárcel él se pone a la escucha del Maestro y le
manda decir: "Eres tú el Mesías que debe venir, o tenemos
que esperar a otro?" (Lc 7, 19).
A pesar de las inevitables dificultades para vivir y cumplir la misión
del discípulo, no faltan momentos de alegría.
Naturalmente no se trata de una alegría emotiva, sino teologal, es decir,
que se siente en la fe, porque el Maestro es conocído y amado.
Es la alegría de catequista que sientes cuando el Señor te concede
el don de ver que tus muchachos aprenden a creer en él y a amarlo.
ORACION
Señor, me has confiado una Palabra
de verdad.
Una verdad que nos hace libres y que por sí sola puede dar la paz. A
costa de la renuncia personal y del sufrimiento, buscas siempre la verdad que
debo transmitir. Haz que yo no traicione, ni disminuya nunca la verdad por complacer
a los hombres, por impresionar o maravillar, ni por originalidad o por deseo
de hacerme ver.
Que no ensombrezca la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad
o por miedo.
Que no deje de estudiarla. Que la sirva fielmente, sin servirme de ella.
Gaetano Gatti