EN LA ÚLTIMA CENA

Haremos, como ejercicio, un encuentro contemplativo con Jesús en el Cenáculo.
Voy a visualizar ese lugar. Más aún voy a vivir en ese lugar. Lo podré hacer si he llegado a ese equilibrio interior que ha logrado mi esfuerzo integrador. Cruzo entonces el umbral y penetro el lugar donde está Jesús sentado a la mesa, con sus apostóles ...Miro en su conjunto global toda la escena; y desciendo a los detalles: la luz tenue de las mechas en el aceite, las paredes de piedra, el ambiente, la ubicación de la mesa, los elementos que hay sobre ella... los vestidos... el contorno de sonidos...

Ahora me detengo a observar a los apostóles junto a Jesús; su alegría al compartir con él lo que con santa ansiedad había esperado y ... el interrogante pintado en cada uno de sus rostros: los veo a todos, uno por uno; y los siento hablar, muy quedo...

Entro en conversación con ellos ...Juan, con el que más llego a entenderme , me presenta a Jesús...El me pone junto a sí, como "invitado de amor"...

Mientras Jesús va hablando con los apóstoles, poco a poco me va dando entrada en el ámbito de su intimidad.

Y conversamos: El me dice ... y yo le digo ...El va transparentando todos los detalles de su infinito amor, que son otros tantos interrogantes frente a la mediocridad de mi entrega.

Yo también tengo para decirle. Cuanto hago y vivo para prolongar su gesto de salvación hacia todos los salvación hacia todos los hermanos ... y mis infidelidades, pese a haber sido privilegiado desde toda la eternidad en su mente y en su proyecto.

Traigo conmigo a mis seres queridos ...Se los presento...El va haciendo un calco de cada uno, que sintetiza cómo lo ve la sabiduría ...Y presento a los cercanos...y a los lejanos..

Jesús suspende momentáneamente la conversación. Es que llegó el momento de su primera maravillosa entrega sacramental ...; participo con un ardiente respeto ... y amor...

La tristeza cubre el rostro de Jesús: está mirando a Judas...

Di Bárbora, José. Hoy es posible ser santo. Ed Paulinas, Buenos Aires, 1983


"USTEDES SON MIS TESTIGOS"

Quedate con nosotros

Con los ojos como un dos de oro, Cleofás y su amigo habían escuchado el largo relato que Jesús les había hecho vivir al llevarlos por el sendero de las Escrituras. Sentían que esa Palabra les había ido bajando hasta lo hondo del corazón dolorido y que allí algo comenzaba a arder.
Le estaban empezando a encontrar sentido a todo eso que hasta allí les había parecido absurdo. Y se entusiasmaron.
Pero justamente allí acababa el camino de los dos amigos. Jesús hizo como que quería despedirse y seguir. Necesitaba que ahora fueron ellos los que tomaran la iniciativa de invitarlo a quedarse.
Y lo obligaron a quedarse.
Porque a veces tenemos que obligarlo a Dios a quedarse. No basta con invitarlo. Sobre todo cuando anoche.
Al revés de lo que hacemos tantas veces: que cuando anoche en nuestra vida
Y todo se nos hace más oscuro, en lugar de invitarlo al Señor más bien lo rechazamos, nos alejamos de El.
Dejamos así de participar de los sacramentos, de escuchar su Palabra, de compartir la mesa de la familia de Dios. Y así seguimos por el mundo con los ojos cerrados no viendo más que la negrura que nos rodea, mendigando un consuelo que sólo nos lo dan de lástima.

Al partir el pan

Jesús entró para quedarse con ellos. Y casi sin darse cuenta, los dos amigos recibieron en su casa e invitaron a su mesa al mismo que creían definitivamente perdido para ellos.
Fue el hambre de seguir escuchando la Palabra de Dios lo que les permitió cenar con el mismo Jesús sin darse cuenta. Fue el deseo de seguir escuchando a ese Desconocido que les hacía arder el corazón cuando les explicaba las Escrituras.
De repente el Desconocido tomó entre sus manos el pan, pronunció la bendición y se lo repartió. Y en ese gesto tantas veces visto por ellos cuando aún Jesús vivía y que en la Última Cena había estado tan cargado de contenido, ellos descubren finalmente quién es ese Desconocido.
Se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Pero antes de que pudieran atinar a nada, Jesús ya estaba ausente. Tenían la absoluta certeza de haberlo visto y de haberlo reconocido en ese gesto familiar , que es nuestra Eucaristía. Y sobre todo la certeza se apoyaba en lo que sentían por dentro en ese momento, y que ya les había impresionado mientras escuchaban las explicaciones de las Escrituras por el camino.
Sentían en el corazón la alegría de la paz. La vida volvía a tener sentido para ellos.

Desandando la noche

Ahí nomás se levantaron y se volvieron a Jerusalén, desandando en la noche el mismo camino que los había traído en el atardecer.
Volvieron hacia sus hermanos, a los que ya creían haber abandonado para siempre. Ahora al haber descubierto que el Señor estaba resucitado, sienten la imperiosa necesidad de ir a reencontrarse con sus hermanos para anunciárselo.
Siempre sucede así. Cuando un desesperado descubre al Dios que vuelve a darle sentido a su vida, siente por dentro la necesidad de regresar a los suyos para anunciarlo. La esperanza, que es fruto de la desesperación superada, siempre construye una comunidad y la mantiene unida.

- ¡Es verdad: el Señor ha resucitado!
¡Y se ha aparecido a Simón!

Ellos creían haber traído la novedad del anuncio, y se encontraron con que sus hermanos tenían para ellos la misma noticia asombrosa que ellos traían para comentarles.
Y aún estaban hablando de esto, cuando sintieron que Jesús estaba allí entre ellos anunciándoles la paz. Pidiéndoles que no tuvieran dudas ni miedo.

La misión

Sin embargo el Señor debía irse. La vida de los apóstoles no sería un seguir gozando la presencia del Señor Resucitado. Ahora comenzaba para ellos una misión.
La de llevar el anuncio a todos los pueblos.
Para eso el Señor les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras, y les dijo:
- Estaba escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en Su Nombre se habría de predicar la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén.

Pero Jesús no quiere que partan inmediatamente. Les manda que permanezcan unidos, rezando y alabando a Dios, con María y las demás mujeres. Que esperen que el Espíritu Santo los llene con su fuerza, con la fuerza de Dios, que es la única que puede darnos el coraje para llevar su anuncio hasta los confines de la tierra.

"Ustedes son mis testigos"

La esperanza conquistada encierra siempre una misión.

Menapace, M. Camino de Emaús con fe y esperanza.(1977) Ed. Patria Grande, Buenos Aires.


¿Qué hacer en la COMUNIÓN?

'La fiesta constituye el momento en que el hombre celebra la presencia de Dios con sentido de todo. Para poder festejar , el hombre y especialmente el religioso, debe ser capaz de decir en lo profundo de su ser un sí y un sean bienvenidas a todas las personas y cosas, buenas y malas, tristes y alegres. Aquí no pensamos solamente en las fiestas litúrgicas, sino especialmente en las fiestas domésticas de las comunidades y en la actitud del corazón reconciliado con Dios y con los hermanos. En esta actitud jovial, el mundo se torna diáfano, transparente, porque la victoria del Señor sobre nuestro mal y nuestro pecado es capaz de derrumbar el muro que nos divide para abrazar así con amor todas las cosas, en actitud de gozosa conversión.'(CLAR)


'Sobre la mesa de los caminos
hemos tendido el mantel blanco
y compartimos el vino y el pan
con un regusto a fiesta, sagrado.

El dolor es menor y es mayor
Pero es 'nuestro' y entonces es canto.
El gozo palpita y sacude
Y el eco es estallido asombrado.'

LA FIESTA DE LA ALEGRÍA

'Es preciso haber experimentado la enorme falta de sentido del humor propia de las ideologías revolucionarias contemporáneas para apreciar plenamente el gran poder humanizador que posee la perspectiva religiosa.'(P.L.Berger)

No tomarnos demasiado en serio

La frase que encabeza estas reflexiones podría prestarse a equívocos si significara falta de responsabilidad y de compromiso. Pero no es esta interpretación a la que nos referiremos, sino a lo que llamamos el sentido del humor.

El humor, muy diferente de la ironía hiriente, es un verdadero servicio = diaconía. Es una válvula de seguridad que libera al individuo, y al grupo, de múltiples tensiones y conflictos originados por la tendencia muy humana a dramatizar y a absolutizar lo relativo y accidental. Por eso, donde hay humor, que es la sonrisa de la ternura, el ambiente se distiende y oxigena. ¡Cuántas veces lo esencial de una sonrisa reconcilia naturaleza y gracia!
Reírse de uno mismo humildemente, sin angustias ni amarguras, es un arte psicológico - espiritual, muy distinto del cinismo, que es orgullo. Es un ingrediente de la vida que nos permite abordar el diálogo con los demás, no sin energía, pero sí con paciencia.

Es cierto que no todos los hombres son propensos al humor y a la alegría:' No extrañeis, dulces amigos / que esté mi frente arrugada;/ yo vivo en paz con lo s hombres/ y en guerra con mis entrañas' .Pero también es verdad que la genuina alegría cristiana no es una simple manifestación de buen humor fisiológico, sino, en gran parte, la expresión coherente de la aceptación de uno mismo.
Llegar a aceptarse supone un aprendizaje duro, cruento y prolongado en al fe. De él surgirá ese fruto del Espíritu que es la alegría. Una alegría sufrida que implicará siempre muerte y vida, y que, de acuerdo con los temperamentos y caracteres, deberá objetivarse concretamente en nuestras vidas y en nuestras comunidades. 'A veces uno camina/ entre la sombra y la luz /En la cara, la sonrisa;/ y en el corazón la cruz.'(A. Yupanqui)
Hace ya mucho tiempo decía S. Agustín parafraseando a S. Pablo, que es preferible dar poco con alegría que mucho con tristeza. Y si la caridad es multiforme en sus demostraciones, tal vez sea hoy la alegría una de las dimensiones más urgentes a testimoniar por parte de los cristianos y en especial por los religiosos.
Testimonio de alegría por la presencia de la buena noticia del Reino, que habrán de brindar los religiosos personal y comunitariamente. El encierra y sintetiza el misterio pascual, y debe impregnar al mundo que nos rodea de ese optimismo realista, de esa certeza en la fe de que todo acabará bien, porque el último capítulo, el acontecimiento de la Pascua, es ya una realidad irreversible.
'Arranca, pues de, de ti la tristeza y no atribules al Espíritu Santo que mora en ti, no sea que supliques a Dios en contra tuyo y se aparte de ti. Porque el espíritu de Dios, que fue infundido en tu carne, no soporta la tristeza ni la angustia.'(El Pastor, de Hermas)


El sabernos perdonados

"Las plazas de la ciudad se llenarán de muchachos y muchachas jugando"(Za 8,5)

Hemos hablado en el párrafo anterior de la importancia de no tomarnos demasiado en serio y del sentido del humor. Pero estas actitudes serán genuinas y valederas, siempre que estén enraizadas en una sincera conciencia de pecado, y sobre todo, en la evidencia de que nuestro Dios - hablando con lenguaje actual - se realiza perdonando. Porque "nuestro Dios es un Dios que salva." (S 68, 21)

No es cuestión de mantenernos en una actitud pasiva o desaprensiva, ni se trata de fabricarnos un Dios Conformado a muestra medida. Es simplemente comprobar que detrás de la opaca pantalla de las mil y una claudicaciones de nuestra vida, irradia y brilla luminosa la alegría de la salvación.

Alegría de sentirnos perdonados - la buena noticia de salvación - que no es algo propiamente nuestro. Es participación en la alegría de Dios, manifestada en el alguien de Cristo por la potencia del Espíritu. "Les he dicho esto para que compartan mi alegría y así la alegría de ustedes sea total."(Jn.15, 11)

De esta alegría brotarán espontáneamente y como por añadidura las tónicas de fiesta y de juego "inútil", tan valoradas por nuestros pueblos latinoamericanos y que tendremos que recuperar para nuestras asambleas. Y así la liturgia, arraigada en la auténtica tradición eclesial, podrá responder con libertad y soltura a las urgencias reales de cada fraternidad evangélica. "Luego los hizo subir a su casa, les preparó la mesa y celebraron una fiesta de familia por la alegría de haber creído en Dios." (Hch 16, 34) ""

Alurralde, P. Soledad y Comunión .Ed Patria Grande, Buenos Aires, 1981.