CORPUS CHRISTI
Homilía del cardenal Jorge
Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires
en la Solemnidad de Corpus Christi (Sábado 12 de junio de 2004)
En este pasaje del evangelio resuena con especial insistencia una palabra, cargada de matices para nosotros: la multitud: comienza diciendo que el Señor habló a la multitud acerca del Reino de Dios.
Después de haberse escabullido de los que querían apedrearlo, el Señor se ha ido a hablarle al pueblo sencillo. Muchas veces el Evangelio nos muestra a Jesús en medio de la gente: lo seguía una gran muchedumbre del pueblo y el Señor les hablaba largamente, los curaba, los acogía, iba eligiendo de entre ellos a sus apóstoles, a quienes enviaba a su vez, para estar en medio de esa multitud.
Quisiera detenerme hoy a contemplar con Ustedes esa relación tan especial de Jesús con la multitud. La gente lo sigue y lo escucha porque siente que habla de manera distinta, con la autoridad que da el ser auténtico y coherente, el no tener dobles mensajes ni dobles intenciones. Hay alegría y regocijo cuando escuchan al Maestro. La gente bendice a Dios cuando Jesús habla porque su discurso los incluye a todos, los personaliza y los hace pueblo de Dios. ¿Se han fijado que sólo los escribas y los fariseos, a quienes Jesús tilda de hipócritas, preguntan siempre ¿a quién le dices esto? ¿Lo dices por nosotros? Mira que al decir esto también nos ofendes a nosotros!. La gente no hace esa pregunta; es más, quiere, desea, que la Palabra sea para ellos. Sabe que es una palabra que hace bien, que al que dice esto es para mí, esa palabra lo sana, lo mejora, lo limpia... Es curioso, mientras algunos desprecian que el Señor hable en parábolas, la gente se bebe sus parábolas y las transmite de boca en boca; recibe todo: el contenido y el estilo de Jesús. Estaba sedienta de esa Palabra nueva, sedienta de Evangelio, sedienta de la Palabra de Dios.
Siguiendo al Señor aquella tarde, la multitud se interna con él en campo abierto, sin fijarse ni en la hora ni en la distancia. Surge la preocupación de los discípulos: despide a la multitud, a lo que Jesús retruca inmediatamente con su : denles Ustedes de comer.
En ese momento, en el momento de comer, la multitud deja de ser anónima y se convierte para el cálculo de los discípulos en alrededor de cinco veces mil hombres. Jesús les dice: hagan que se sienten en grupos de hasta cincuenta personas. En realidad el Señor utiliza una expresión como si dijéramos en mesas de cincuenta personas. (Klisias es el lecho donde un grupo se recuesta para comer). Mesas de cincuenta invitados, en medio de los cuales se pone la comida, de la que todos se van sirviendo.
Esta mesa es ya una imagen del Reino. Jesús la usa de nuevo en la parábola de los servidores vigilantes que esperan a que su Señor vuelva de las Bodas. A los que encuentra velando, Jesús dice que él mismo se ceñirá y los hará reclinarse a la mesa y, pasando de uno a otro, los servirá.
Comienza a obrar aquí la fuerza inclusiva de la Eucaristía, que convierte a la multitud en grupos de comunidades, cuya medida la da el que se pueda compartir el pan.
Y hay todavía una tercera mención de la multitud. Cuando está así organizada, en esa medida humana tan familiar, que transforma a un grupo en comunidad de compañeros, entonces sí el Señor toma los cinco pancitos y los dos peces, alzando los ojos al cielo los bendice, los parte y los va dando a los discípulos para que los sirvan a la multitud.
Esa multitud es ya una multitud transformada, personalizada, familiarizada. Esa Comunidad es el ámbito en que acontece la bendición y el milagro. En esa comunidad todo alcanza para todos, y sobra: comieron hasta saciarse y juntando lo que había sobrado de los fragmentos, se llenaron doce canastos.
Una vez más Jesús en medio de nosotros-multitud nos insta: organícense en comunidades a la medida del pan. Organícense así como hacen en sus centros de jubilados, en los comedores de las escuelas, en los hogares de tránsito, en las fiestas de barrio, en las cooperativas de trabajo, en las Cáritas, en las parroquias.
Que la medida la vaya dando el que se pueda compartir el pan.
Organícense de modo que ni haga falta contar a los niños o a los ancianos, porque están incluidos ya allí donde comen los que sostienen el hogar.
Tristemente las estadísticas actuales hablan separadamente de los niños y los ancianos, porque también hablan de individuos desocupados. Los números del Señor son distintos: él apunta a la comunidad y a la solidaridad, él ve mesas de cincuenta, grupos de familiares y amigos, como los que se juntan en las fiestas, en las celebraciones religiosas... de allí parte el Señor para organizar su Comunidad, su Iglesia. De allí debemos partir para organizar la parroquia, el barrio y la patria.
Sólo Jesús nos ve así. Sólo su pan vivo tiene la fuerza para cohesionar de tal manera a la multitud. Sólo la fuerza de su muerte en Cruz para hacerse pan es capaz de convertir a las multitudes en Comunidades. Y le pedimos:
Señor ¡danos siempre de ese Pan!
Queremos ser comunidad que comparte el pan que bendecís y repartís.
Queremos ser comunidad que se organiza a tu estilo, para permitirte que nos sirvas y nos transformes.
No queremos comer solos nuestro pan: ni el de la fe, ni el del trabajo.
No queremos despedir a las multitudes que, que cuando se convocan, te buscan y te desean, aun sin saberlo muchas veces.
No queremos aceptar resignados las estadísticas que ya dan por descartados a tantos hermanos nuestros.
Queremos seguirte y recibirte y compartirte cada uno en su mesa de cincuenta.
Queremos ser comunidades que viven de esta fuerza que da la Eucaristía, para anunciar con nuestra vida más que con palabras, esa verdad del Evangelio que es trascendente porque habla de un más allá del individualismo, de un Reino que ya está en medio de nosotros cuando nos juntamos a compartir el pan en tu nombre, Señor.
A nuestra Madre, a María, que se da cuenta cuando falta el vino, ese vino que es la alegría y la esperanza que convoca mesas de cincuenta, ese vino que es de fiesta y que da sentido a todo el resto del trabajo y del esfuerzo, le pedimos que con su corazón de madre nos haga sentir y vivir en la comunidad del Pan Vivo y del Vino Nuevo que su Hijo nos regaló y que hoy adoramos y celebramos con fervor.
Buenos Aires, 12 de junio de 2004.
Card. Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de
Buenos Aires