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ENADIR 2003
(Encuentro Nacional de Directores de
Juntas Catequísticas)
Comisión 2:
El catequista servidor en el Pueblo de Dios.
Texto Principal: En amable comunión
En su carta Novo Millennio lneunte, Juan Pablo II ha pedido particularmente que los cristianos sean educados en una "'espiritualidad de comunión":
"Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano" (NMI 43).
Por consiguiente, esta espiritualidad fraterna
debería ocupar un espacio importante en toda catequesis. Pero eso implica
que los catequistas vivan esta espiritualidad de comunión entre ellos.
Hoy es indispensable formar siempre una verdadera comunidad educativa que esté
impregnada de espíritu comunitario y que esté abierta a una comunidad
eclesial más amplia.
El Papa no se limita a recordar el mandamiento del amor o a exhortamos a que
lo vivamos en la existencia cotidiana. Pide más bien que toda la organización
y la planificación de la actividad de la Iglesia estén efectivamente
marcadas por ese amor fraterno:
"Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, queridos hermanos y hermanas, nuestra programación pastoral se inspirará en el "mandamiento nuevo" que él nos dio: "Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn 13,34)" (NMI 42).
Esto implica revisar nuestra concepción
de Iglesia e imaginarla como una casa acogedora donde todos puedan vivir como
hermanos y aprendan constantemente a ser más hermanos: "Hacer de
la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran
desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza" (NMI
43). Toda la catequesis debería estar al servicio de este objetivo.
Pero al explicar en qué consiste esta fraternidad el Papa evita entenderla
de un modo demasiado externo, sólo como unidad en la confesión
de la misma fe, o como una integración en determinadas estructuras, o
como un acuerdo para desarrollar actividades conjuntas con mayor eficacia. Tampoco
cae en el extremo opuesto de exaltar la relación íntima con Dios.
Aquí el Papa se refiere a algo intermedio, que se llama "espiritualidad
de la comunión", dando primacía a una serie de actitudes
evangélicas ante el prójimo. Y para evitar reducir esta espiritualidad
a una experiencia emocional o puramente subjetiva, también se detiene
a describir algunas actitudes concretas de esa espiritualidad de comunión:
"Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece", para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí", además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (ibid)".
Necesariamente, la cultura espiritual de los catequistas
ha de ser marcadamente comunitaria. Debería caracterizarse por el desarrollo
y la promoción de estas actitudes fraternas.
El catequista "lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura
y atención a todos", y de esa manera "es signo del amor de
Dios al mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia" (RMi 89).
De esta manera, no se siente como un héroe aislado, sino que se siente
parte de una comunidad. Esto sólo es posible, si se lo quiere vivir con
celo y ardor, cuando se mira a la Iglesia con los ojos de Cristo y se la ama
como la ama su Esposo, "hasta dar la vida" por ella (Ibid). El predicador
necesita hacer de cada conjunto humano una "esposa" pura para entregar
a Cristo (2 Co 11,2).
Esta pasión por la comunión lleva al catequista a transmitir a
los catequizandos un estilo comunitario de vivir la fe, y por lo tanto, una
pasión por el bien común, por la justicia, por la vida social.
Es cierto que el encuentro catequístico es comunitario por naturaleza.
Pero el amor que se aprende y se practica en la catequesis está llamado
a trascender los límites del pequeño grupo.
El Evangelio que se transmite en la catequesis invita a comprometerse a favor
del bien común, pero no porque es un deber sino porque el catequizando
se ha apasionado por el bien de todos, especialmente de los pobres. El compromiso
liberador por la solidaridad y la justicia debería brotar de un dinamismo
interno, de una convicción apasionada que se transforma espontáneamente
en un modo de reaccionar y de obrar. El anuncio del Evangelio debería
transmitir esta pasión social a los catequizandos, este enamoramiento
que provoque una entrega por los pobres, explotados, excluidos, débiles
y abandonados.
En este caso, la espiritualidad se encarna en las entrañas del creyente
convirtiéndose en un amor intenso por la dignidad de las personas - que
son imagen de Dios - y en un sincero, vigoroso y eficiente rechazo de todo lo
que signifique ignorar, lastimar o denigrar esa dignidad. Sólo así
puede transmitirse y desarrollarse una espiritualidad integral.
Por otra parte, si la Eucaristía es el centro de la catequesis, recordemos
que lo primero que produce la Eucaristía, a partir de los corazones que
reciben su gracia, es la unidad de los hermanos, la comunión fraterna:
"La Eucaristía ha sido instituida para que nos convirtamos en hermanos;
para que de extraños, dispersos e indiferentes los unos de los otros,
nos volvamos uno, iguales y amigos; se nos da para que de masa apática,
egoísta, dividida y enemiga entre sí, nos transformemos en pueblo,
un verdadero pueblo, creyente y amoroso, con un solo corazón y una sola
alma".
Por eso decía santo Tomás que "su
efecto es la unidad del Cuerpo místico", porque "es el sacramento
de la unidad de la Iglesia". O, en palabras de san Pablo: "Siendo
muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, porque participamos de un solo pan"
(1 Cor l0, 17). Hay que decir entonces que el corazón sólo se
ha abierto verdaderamente a la acción de Jesús en la Eucaristía
cuando de ese corazón brota el impulso del servicio fraterno, y el deseo
de crecer en la unidad. Eso es posible si el catequista lleva a la Eucaristía
no sólo a sus catequizandos sino también a la comunidad de catequistas,
sus hermanos, y a toda la comunidad de la cual forma parte.
Pero tanto la falta de generosidad como las divisiones que pueden verse muchas
veces en las comunidades de catequistas muestran que la comunión no produce
sus efectos automáticamente en cada uno de nosotros, sino "según
la medida de su devoción"? Es necesaria esta cooperación
del corazón amante que alimenta su devoción pero que, además,
se ofrece a sí mismo (Rom 12, 1) junto con el pan y el vino para ser
instrumento de unidad y de servicio:
"En la ofrenda que presenta a Dios, la Iglesia se ofrece a sí misma".
Ofreciéndose a sí mismo como instrumento
de unidad, de perdón y de servicio mutuo, cada catequista será
instrumento de Jesús para que la comunidad de catequistas crezca en fraternidad
y en generosidad, y sea así un signo luminoso para los catequizandos.
Porque Jesús dijo: "Que sean uno...para que el mundo crea"
(Jn 17,21).
Después de cada Eucaristía, fuente de unidad, cada catequista
debería salir con la decisión firme de alimentar la fraternidad
con gestos, actitudes, palabras, encuentros, visitas, miradas, pequeños
regalos, y tantos otros signos que muestran la autenticidad de nuestro cariño.
Eso también es espiritualidad, porque es "espiritualidad de comunión".
( Fernández, Víctor Manuel, Catequesis con
Espíritu, Los diez caminos de la espiritualidad catequística,
San Benito, 2003, cap. 9)
Otros textos: TERNURA QUE SE ADAPTA
Cuando el documento Redemptoris Missio se refiere al "espíritu" de la acción evangelizadora, pone un fuerte acento en el amor, para que en todo lo que hagamos o decidamos nos adaptemos a lo que conviene a los demás:
"El amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es el espíritu que debe dirigir toda acción y el fin al que debe tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme y todo es bueno" (RMi 60).
Por lo tanto, la catequesis deberá ser
siempre expresión de cercano amor fraterno, evitando todo lo que pueda
lastimar, ofender o humillar a los demás. Evitando también hablarles
como quien vive lejos de sus dificultades y angustias. La trama de una catequesis
amante siempre estará hecha de "atención, ternura, compasión,
acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente".
Porque el catequista ante todo debe anunciarle al otro "que es amado por
Dios y que él , mismo puede amar" (RMi 89).
Dios, que habla al catequista en su Palabra, también le habla a través
de la realidad. Atento a lo que le sucede a los demás, él podrá
descubrir lo que debe anunciar en un contexto determinado y de un modo determinado.
En ese contexto es Dios mismo quien tiene algo que decir a su gente. La pregunta
es: ¿qué quiere decirle Dios a esta gente, con esta Palabra, en
esta circunstancia concreta?
"En efecto, son innumerables los acontecimientos de la vida y las situaciones
humanas que ofrecen la ocasión de anunciar, de modo discreto pero eficaz,
lo que el Señor desea decir en una determinada circunstancia. Basta una
verdadera sensibilidad espiritual para leer en los acontecimientos el mensaje
de Dios" (EN 43).
Advirtamos que a esta actitud pedagógica
se le llama "sensibilidad espiritual".
Las circunstancias - las cosas que están viviendo los catequizandos -
"plantean un desafío a nuestra capacidad de descubrir y adaptar"
(EN 40). Lo que estamos diciendo es lo que monseñor Angelleli llamaba
"poner un oído en el pueblo". El catequista ha recibido la
Palabra y ha dejado que toque su vida, pero la recibe para comunicarla a un
grupo humano en una circunstancia determinada.
Aquí se ponen en juego las actitudes fraternas de la espiritualidad,
que despiertan nuestra sensibilidad para reconocer lo que los demás necesitan
oír, para descubrir las situaciones humanas donde esa Palabra puede derramarse
como luz y como respuesta: las preocupaciones, inquietudes, anhelos, preguntas
de los catequizandos. Pueden tomarse en cuenta tanto acontecimientos recientes
como las experiencias humanas básicas (desilusiones, miedo a la soledad,
inseguridad por el futuro, in satisfacciones afectivas, la preocupación
por un ser querido, etc.) que de alguna manera afectan a todas las personas.
Es decir, las cosas que los catequizandos han vivido o están viviendo.
Así, tratando de buscar "cuidadosamente los signos de la voluntad
de Dios y las mociones de la gracia en los varios acontecimientos de la vida"
(PO 18) se llega a descubrir "lo que el Señor desea decir en una
determinada circunstancia" (EN 43).
Se trata de contemplar la vida de los demás con los ojos de Dios para
buscar la motivación básica que ayude a despertar interés
por la Palabra que se proclama, de manera que la predicación no responda
a preguntas que nadie se hace.
Pero esta actitud de adaptación a los demás implica también
dos preocupaciones permanentes en el catequista:
"El respeto a la situación religiosa y espiritual de la persona
que se evangeliza. Respeto a su ritmo que no se puede forzar demasiado, respeto
a su conciencia y a sus convicciones que no hay que atropellar. El cuidado de
no herir a los demás, sobre todo si son débiles en la fe (Rm 14-15),
con afirmaciones que pueden ser claras para los iniciados, pero que pueden ser
causa de perturbación o escándalo, provocando una herida en las
almas"
(EN 79).
Esta actitud permite amar y valorar la forma de vivir y creer de los catequizandos
y de sus familias. Por lo tanto, la presentación del mensaje evangélico
no será una imposición sino una respuesta a las inquietudes presentes
en ellos. También en el pequeño mundo de sus catequizandos el
catequista intentará realizar un proceso de "inculturación",
como se ha indicado precisamente en Catechesi Tradendae: La "inculturación"
se produce cuando el Evangelio penetra de tal modo en un lugar que mueve a la
cultura de ese lugar a producir "expresiones originales" de vida cristiana
(CT 53a). Esto se realiza cuando la catequesis en un lugar logra hacer surgir
"desde sus entrañas" (GS 58d) nuevas expresiones culturales
cristianas, cuando la espiritualidad del Evangelio se hace "pasión"
en un grupo de personas, cuando despierta espontáneamente una sensibilidad
favorable. La espiritualidad del catequista incluye ese celo por encarnar el
Evangelio en la sensibilidad propia de sus catequizandos, tal como ellos son,
como ellos sienten, como ellos viven.
Cuando San Buenaventura hablaba de aquellas cosas que pueden ayudar a un pecador
a volver al camino de Dios, mencionaba una "piedad inserta en las entrañas
desde la niñez" (II Sent 28, 2, 1). Cuando la educación materna,
la catequesis, la cultura popular, han logrado producir un sentimiento religioso
profundo, esa piedad entrañable se convierte en una atracción
permanente que, en el hombre en pecado, puede ser utilizada por el Espíritu
para seducir al corazón e iniciar el regreso a la amistad con Dios. En
este sentido cabe destacar la importancia de los signos cristianos que impregnan
la cultura de los pobres, produciendo una transmisión espontánea
de la fe y de la vida cristiana. El catequista debería alimentar una
sensibilidad para reconocer los signos que puedan ayudar a los catequizandos
a expresar y sostener su fe.
En mi caso, por ejemplo, puedo mencionar algo que Dios ha utilizado frecuentemente
para llegar a mi vida con su gracia, mostrándome su gloria e invitándome
a un encuentro personal. Es una imagen del Sagrado Corazón de la iglesia
de mi pueblo, donde, desde mi niñez, experimenté frecuentemente
el llamado a la intimidad con Dios. Esto sucedió gracias a una catequista
que me invitó a mirar esa imagen a los ojos, sin miedo, reconociendo
el amor de Jesús hacia mí. Todavía hoy, aun en momentos
de fuerte aridez, cuando paso por la iglesia de mi pueblo y me detengo un instante
frente a esa imagen, se despierta en mí el deseo de amar más a
Dios, la gratitud por la amistad que él me ofrece, la esperanza, etc.
En la vida de cada uno de nosotros existen estos "sacramentales personales":
cosas, lugares, canciones, imágenes que Dios suele utilizar de una manera
particular para que recuperemos el sentido de nuestra vida, el deseo de entregamos,
el gozo de su amistad. Es bueno, entonces, recordar que existen esos signos
maravillosos que la providencia de Dios quiso poner en nuestro camino personal.
Volver a esos lugares, volver a escuchar aquella canción, volver a encontrarse
con ese signo que Dios utiliza, puede ser a veces - sobre todo en momentos difíciles
- el mejor recurso para que no se produzca un vacío espiritual en nuestra
vida, para que siga encendida la llama del amor.
El monje Anselm Grün ha desarrollado el valor de los "rituales"
personales, presentando la aparición de esos rituales - que cada uno
inventa - como una necesaria expresión sacramental que refleja la autenticidad
del amor a Dios y ayuda a recuperar el sentido profundo y gozoso de la actividad
cotidiana:
"Reacciono alérgicamente cuando alguien
sueña con amar mucho a Dios, pero en su vida concreta no se hace visible
nada de ese amor a Dios... Si nuestra relación con Jesucristo es auténtica,
se ve por la organización que se hace del día, y para ello las
primeras horas de la mañana son decisivas. Los rituales matutinos deciden...
si lo que nos mueve son los plazos fijados para nuestras tareas o si ponemos
todo cuanto hacemos bajo la bendición de Dios... Un ritual matutino que
motive para el día de hoy despierta las energías que se encierran
en cada
uno de nosotros".
Cuando el catequista es capaz de reconocer y de
crear en su vida esos signos, que ayudan a sostener su propia amistad con Dios,
también podrá lograr que los catequizandos se enriquezcan con
algunos signos muy personales que los acompañarán y ayudarán
toda su vida. Aunque durante un tiempo dejen de ir a Misa, ellos saldrán
de la catequesis cargados de signos que les ayudarán a encontrarse con
Dios y a volver a Él.
Este proceso es lento, y supone no aferrarse tanto a las planificaciones, estructuras
y multitud de contenidos que a veces uno se empeña en transmitir. La
ternura espiritual lleva al catequista a renunciar muchas veces a cosas que
quisiera decir o enseñar, para adaptarse al ritmo de los catequizandos,
para aprovechar algo que ellos han dicho, para detenerse ante un gesto de ellos
que puede servir como punto de partida. La ternura espiritual nos hace adaptables
a lo imprevisible y sumamente respetuosos, para dejar que los gestos cristianos
surjan desde las entrañas de la vida de los catequizandos (de su mentalidad,
de su emotividad, de su modo de expresarse), para ayudarles a encontrar su modo
propio de ser cristianos.
Esto supone una actitud espiritual muy arraigada, que permita reaccionar a tiempo
cuando aparecen en el corazón del catequista nuevos brotes de imposición
o de avasallamiento. Todo esto forma parte de la adaptación a los demás
y de la delicadeza del amor.
( Fernández, Víctor Manuel, Catequesis con Espíritu, Los diez caminos de la espiritualidad catequística, San Benito, 2003, cap. 6)
Testigos al servicio del siglo XXI
Ser parte de los umbrales de un cambio de época es una experiencia maravillosa
que, a la vez, se torna una responsabilidad. En un tiempo de posibilidades se
requieren fidelidad a lo auténticamente humano y creatividad en sus nuevas
expresiones. En medio de una humanidad que busca respuestas, la Iglesia se encuentra
en un momento privilegiado, un verdadero kairos, porque se le brinda la oportunidad
de aprender de la presencia del Espíritu en la historia, como también
de contribuir con Su luz para iluminar el caminar de un continente.
En una sociedad con abundantes medios, pero al alcance de pocos y confundida
en sus fines, el tesoro del Evangelio regala un horizonte para guiar los pasos
americanos, en el gozo del compartir, hacia el pleno sentido de la vida humana.
En este contexto, se anhela una comunidad que, desde la sociedad y compartiendo
sus esperanzas e inquietudes (Encarnación), con gozo y entusiasmo, propone
y testimonia en su diario vivir el mensaje del Evangelio desde una experiencia
profunda de encuentro con el Señor Jesús (Resurrección),
ofreciendo un sentido de la vida (Emaús), acogiendo a todos (Buen Pastor)
y solidarizando con los más necesitados (Buen Samaritano). Una comunidad,
que lejos de desentenderse de la sociedad, la asume con una preocupación
paternal y ternura maternal.
(Mifsud, P. Tony, s.j. Acción Pastoral para Tiempos Nuevos, en Medellín 99, septiembre '99, p. 472 / 473)
Del Directorio Catequístico General:
ver nº 279 / 280
Del Navega Mar Adentro: ver nº 95 - 99