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ENADIR 2003
(Encuentro Nacional de Directores de
Juntas Catequísticas)
Comisión 2:
El catequista como vocación y Ministerio
Texto Principal: Novo Millenio Ineunte nº 46
Variedad de vocaciones
46. Esta perspectiva de comunión está estrechamente unida a la
capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los dones del Espíritu.
La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica
de las legítimas diversidades. Es la realidad de muchos miembros unidos
en un sólo cuerpo, el único Cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,12).
Es necesario, pues, que la Iglesia del tercer milenio impulse a todos los bautizados
y confirmados a tomar conciencia de la propia responsabilidad activa en la vida
eclesial. Junto con el ministerio ordenado, pueden florecer otros ministerios,
instituidos o simplemente reconocidos, para el bien de toda la comunidad, atendiéndola
en sus múltiples necesidades: de la catequesis a la animación
litúrgica, de la educación de los jóvenes a las más
diversas manifestaciones de la caridad.
Se ha de hacer ciertamente un generoso esfuerzo -sobre todo con la oración
insistente al Dueño de la mies (cf. Mt 9,38)- en la promoción
de las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración.
Éste es un problema muy importante para la vida de la Iglesia en todas
las partes del mundo. Además, en algunos países de antigua evangelización,
se ha hecho incluso dramático debido al contexto social cambiante y al
enfriamiento religioso causado por el consumismo y el secularismo. Es necesario
y urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue
a las parroquias, a los centros educativos y familias, suscitando una reflexión
atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente
en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios,
especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas
para la causa del Reino.
En este contexto cobran también toda su importancia las demás
vocaciones, enraizadas básicamente en la riqueza de la vida nueva recibida
en el sacramento del Bautismo. En particular, es necesario descubrir cada vez
mejor la vocación propia de los laicos, llamados como tales a "buscar
el reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas
según Dios" y a llevar a cabo "en la Iglesia y en el mundo
la parte que les corresponde [...] con su empeño por evangelizar y santificar
a los hombres". En esta misma línea, tiene gran importancia para
la comunión el deber de promover las diversas realidades de asociación,
que tanto en sus modalidades más tradicionales como en las más
nuevas de los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que
es don de Dios constituyendo una auténtica primavera del Espíritu.
Conviene ciertamente que, tanto en la Iglesia universal como en las Iglesias
particulares, las asociaciones y movimientos actúen en plena sintonía
eclesial y en obediencia a las directrices de los Pastores. Pero es también
exigente y perentoria para todos la exhortación del Apóstol: "No
extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías,
examinadlo todo y quedaos con lo bueno" (1 Ts 5,19-21).
Otros textos: Un ministerio eclesial y apostólico
Así, pues, el Espíritu guía
al mensajero de la Palabra. Y su responsabilidad y función son tan admirables,
que en la primera Carta de Pedro se dice que hasta los ángeles están
deseosos de oír y disfrutar de este mensaje (lPe 1,12). El evangelio
es anuncio de salvación y todo el universo se alegra de lo que se ofrece
a la humanidad entera. El ofrecimiento es universal, sin exclusiones, tal como
se deja entrever en los anuncios del libro de los Hechos de los apóstoles
(He 2,39) y en la solemne declaración del Señor resucitado que
envía a sus discípulos a ser ministros de la Palabra, servidores
del mensaje evangélico (Mt 28,18 20).
La tarea que se plantea a los seguidores de Cristo es la de suscitar nuevos
discípulos, personas que se adhieran a la buena noticia del Reino sin
reparos ni condiciones. La misión tiene que pasar por dos canales: el
bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y la
instrucción catequesis destinada a orientar la vida del nuevo discípulo.
Así pues, el ministerio de la Palabra se ejerce en tres pasos. En primer
lugar, en el anuncio del mensaje evangélico que lleva a la fe, una vez
superadas las dudas y los miedos. En segundo lugar, en la acción bautismal,
sacramental, que es la culminación de aquel anuncio en la medida en que
lo integra y lo eleva a una vida de comunión con las tres personas divinas.
Finalmente, el ministerio de la Palabra pasa por la exhortación constante
a dar los frutos propios del Reino, que son el resultado concreto de guardar
las palabras del Señor.
El encargo misionero del Señor resucitado encuentra una respuesta concreta
en el ministerio apostólico. Pablo es el prototipo de apóstol
y, por lo tanto, de ministro de la Palabra. En Rom 15,15 19, Pablo explica qué
quiere decir para él ser servidor de Jesucristo y de Dios entre los paganos,
aquellos que no conocen las promesas ni son herederos de la alianza del Sinaí.
Pablo considera que su ministerio es un don, no mérito personal: el apóstol
es un enviado a anunciar una palabra que le han confiado. Su envío no
es resultado del azar, sino que es una misión pública y oficial.
A Pablo le han mandado que anuncie el evangelio de Dios para que los paganos
sean una ofrenda agradable a él, apta para ser ofrecida, escogida y selecta,
con la garantía que proviene de la santidad, la cual es obra del Espíritu
Santo.
Ahora bien, Pablo interpreta el anuncio del evangelio que él lleva a
cabo como el resultado de la acción que Cristo ha querido realizar a
través de él. No quiere gloriarse de sus éxitos ni de sus
habilidades como apóstol; solamente desea subrayar que él es el
instrumento de Jesucristo para que los paganos lleguen a la fe. Jesucristo se
ha valido, dice Pablo, de sus palabras y de sus obras, avalados por signos y
prodigios y, en definitiva, por la fuerza del Espíritu de Dios. De esta
manera, Pablo se presenta como mensajero del evangelio, servidor de la Palabra
y no servidor de sí mismo.
El ministro de la Palabra se considera un servidor de Dios y de Cristo y pone
su gloria en ser un instrumento de difusión del mensaje. Sabe qué
le han encargado y qué tiene en sus manos para llevar a cabo su misión.
No se fía de sus fuerzas y pone todo lo que tiene al servicio del evangelio.
No se vanagloria de nada, pero se siente satisfecho de haber podido colaborar
en la obra de Dios, como servidor de su Palabra. Habla y actúa, pero
solamente se atreve a hablar de lo que Cristo ha realizado a través de
él, convencido de que los tesoros del evangelio tienen que llegar a los
que no conocen a Jesucristo, su Señor.
En el gozo por la Palabra, ha descubierto que su palabra de hombre ha sido acogida
no como palabra humana sino como "palabra de Dios, que permanece vitalmente
activa en vosotros, los creyentes" (l Tes 2,13). Es la gran paradoja del
anuncio: la palabra del mensajero se borra y llega a identificarse con la Palabra
del mensaje, forma una sola cosa con ella. Entonces aparece su fuerza y emerge
su impacto renovador en los que creen, La Palabra despliega su fuerza transformadora
y el que la ha proclamado es testigo del cambio operado en la vida de los que
la acogen. El mensajero reconoce en el mensaje el poder salvador del mismo Dios
y le da gracias.
La comunidad eclesial, primera anunciadora
El ministro de la Palabra ejerce un ministerio eclesial. Por eso sena insuficiente
hablar de la llamada que recibe de Dios para ser servidor del mensaje si no
considerásemos el marco comunitario en el que se inscribe su ministerio.
Dicho de otro modo, por encima del ministerio de la Palabra está la comunidad
eclesial, que es el primer agente de la predicación.
El día de Pentecostés, después de que el Espíritu
Santo llenase a las ciento veinte personas congregadas en el cenáculo,
Pedro se puso de pie con los Once y empezó a hablar en nombre de todos
ellos. Se trata, por lo tanto, de un discurso oficial del colegio apostólico,
pronunciado por su portavoz, que interpreta las profecías (Joel 3 y los
Salmos 16 y 110) y que comunica a los oyentes el mensaje cristiano fundamental,
el kerigma sobre Jesús resucitado. Y añade: "de lo que todos
nosotros somos testigos" (He 2,32). Al cabo de poco tiempo, Pedro y Juan
son encarcelados por haber anunciado que "la resurrección de los
muertos se había realizado ya en la persona de Jesús" (He
4,2). El anuncio del mensaje les llevará tribulaciones sin cuento, pero
ellos afirman no pueden dejar de anunciar lo que han visto y oído (v.
20). Su decisión es firme, y tiene el total apoyo del Espíritu
Santo (v. 8).
Hace falta valentía y convicción ante las amenazas y la oposición
de los adversarios. Llega, pues, un segundo Pentecostés. El Espíritu
baja por segunda vez sobre la comunidad, reunida en oración para pedir
la valentía de anunciar la palabra del Señor (v. 29). Inmediatamente,
se repite la llegada visible del Espíritu y Dios les concede lo que piden.
Desde entonces proclaman la Palabra sin miedo y con gran coraje (v. 3 l). Toda
la comunidad será protagonista de esta proclamación, que está
sostenida por signos y prodigios realizados en nombre de Jesús. Toda
la comunidad tiene como propio el servicio de la Palabra.
Antes de considerar las funciones específicas en relación a este
ministerio, es menester subrayar que la responsabilidad del anuncio de la Palabra
pertenece a la Iglesia entera y a cada uno de sus miembros. En efecto, la comunidad
primitiva no actúa de simple marco de la predicación de tos apóstoles,
que son los primeros implicados en la predicación del mensaje. Más
bien la predicación apostólica se configura sobre el telón
fondo de una comunidad que ve como primera la tarea del anuncio del mensaje
cristiano. La evangelización no se plantea como una tarea reserva a unos
especialistas (los ministros la Palabra), sino como la actividad la de toda
la comunidad. La Para tiene que ser difundida, y en el libro de los Hechos de
los apóstoles difusión de la Palabra y construcción la
comunidad avanzan paralelamente.
Por otra parte, toda la comunidad es llamada a la instrucción y a la
edificación internas. La comunidad en su conjunto se presenta como la
responsable de contribuir al crecimiento interior de la Palabra. Ciertamente,
el ministerio de la Palabra es atribuido a los apóstoles en primer lugar,
ya que ellos pueden explicitar mejor que nadie los contenidos y el sentido de
la Palabra. Así Pedro se dirige a los hermanos reunidos y les informa
de la acogida que los paganos, en la persona de Cornelio, han dispensado a la
palabra de Dios (He 11,1 18).
Ahora bien, en el terreno de la edificación comunitaria, Pablo insiste
muchas veces en los carismas distribuidos generosamente entre sus comunidades
y las empuja a ejercerlos ampliamente. De manera especial, los profetas tienen
la misión de aconsejar, de consolar y de hacer comprender la voluntad
del Padre y el empuje del Espíritu (l Cor 12,28; cf. también Ef
4,1 l). Con todo, la función que apóstoles y profetas realizan
en orden al anuncio de la Palabra en el interior de la comunidad creyente, se
inscribe en el don que toda la comunidad ha recibido en virtud del bautismo.
Rom 15,14 habla de instruirse los unos a los otros y 1Tes 5,11 se refiere al
aliento y a la edificación mutuos. El don del bautismo incluye a la vez
el don de la fe y el don de la Palabra.
Quien se adhiere a Jesucristo como Señor y lo confiesa como resucitado,
acoge su mensaje y se convierte en su servidor. Es templo del Espíritu
Santo (l Pe 2,5) y el Espíritu no cesa de clamar dentro de él.
Por eso, en la medida en que ha entrado en comunión con la Trinidad,
ha acogido la salvación y conoce el mensaje desde la percepción
que le viene del mismo Espíritu. Cuando habla e instruye a sus hermanos,
lo hace en virtud de los dones recibidos. Sus capacidades puramente humanas
se fortalecen y consolidan hasta el punto que es capaz de exhortar a partir
de la Palabra. Las debilidades de una sabiduría puramente humana pasan
a un claro segundo término cuando el que ha acogido el mensaje lo proclama
y lo predica desde el fondo de su corazón.
La comunidad se ve constantemente sorprendida cuando comprueba cómo la
Palabra trabaja en el interior del bautizado y lo impulsa a una acción
firme. La comunidad se construye gracias a la Palabra compartida y vivida, recordada
y repetida tanto por boca de los que son ministros específicos como por
boca de cualquiera de sus miembros. En consecuencia, el servidor fiel de la
Palabra no se enorgullece de su ministerio ante los que tienen menos palabras
que él. Más bien se esfuerza en captar en la instrucción
de un hermano, por pequeño que sea, aquello que Dios ha querido poner
en sus labios.
Por lo tanto, el ministerio de la Palabra pertenece a la comunidad cristiana
en su conjunto, tanto en lo que se refiere al anuncio dirigido a los que no
la conocen (evangelización) como en lo que se refiere a la instrucción
surgida dentro de ella (edificación comunitaria). La razón última
es el don del Espíritu comunicado a todo bautizado y, en consecuencia,
la acción efectiva de Dios en el corazón de todos los que creen
en su Hijo Jesucristo. Pablo lo formula diciendo "el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado"
(Rom 5,5).
Ciertamente, el servicio de la Palabra, tanto el genérico de toda la
Iglesia como el específico, descansa sobre el hecho salvador fundamental:
Dios nos ha salvado por Jesucristo, es decir, ha llenado nuestros corazones
de su amor y de su paz mediante el sacrificio generoso de su Hijo en la cruz,
resucitado para hacemos justos.
Qué define a un ministro de la Palabra
1. SUS ACTITUDES.
Ya hemos ido indicando algunos elementos que definen el ministro de la Palabra.
Ahora los vamos a abordar directamente.
a) Conciencia de la misión. Quien se pone al servicio de
la Palabra ha de tener conciencia de su misión. La analogía más
apropiada es la del apóstol Pablo. Pablo señala que, para él,
anunciar el evangelio equivale a servir a Dios (Rom 1,9). La obra de evangelización
es una ofrenda, un obsequio de su persona y de su vida, puestas al servicio
del evangelio. Pablo no duda en entender su apostolado como una respuesta a
la gracia que ha recibido. Dios ha querido revelarle a su propio Hijo (Gál
1,16) y él ha aceptado ser su heraldo entre los paganos. Su misión
parte, pues, de la relación privilegiada que mantiene con el Señor
Jesucristo. El lazo de Pablo con su misión de anunciar el evangelio es
tan fuerte que él mismo la plantea en términos de obligatoriedad:
"¡ay de mí si no evangelizare!" exclama cuando habla
de su apostolado (l Cor 9,16). El encargo que le han confiado no admite réplica
alguna, al estilo de la vocación de los profetas de Israel a quien Dios
empujaba a cumplir su ministerio.
b) Vinculación con la tradición de la Iglesia. El ministro
de la Palabra no parte de cero. La tradición de la Iglesia, que no se
cansa de proclamar el evangelio, convierte al servidor del mensaje en un eslabón
más de una larga cadena. Cuando Pablo quiere explicar a los corintios
el tema de la resurrección (e. 15) empieza mencionando aquella enseñanza
que había recibido cuando le introdujeron en los misterios de la fe:
Cristo muerto y sepultado, resucitado y manifestado a los discípulos
(vv. 3 5). Y acaba recordando que esta es la enseñanza que todos los
apóstoles predican (v. 11).
Quien predica la palabra hace resonar el anuncio fundamental y común.
Lo hará con más o menos acierto, con una preparación más
estricta o con unas palabras menos justas, pero tan solo anuncia lo que le han
enseñado. Antes de ser servidor de la Palabra se es un creyente en la
Palabra. Solamente quien recibe con afecto y docilidad el mensaje de la fe,
será después capaz de anunciarlo con cariño y sin protagonismos.
Más aún, el "ministro del evangelio" (Ef 3,7) se acerca
al texto desde una tradición, anterior a él, que le hace llegar
el mensaje de la Palabra en su globalidad: la fe es el mensaje enseñado,
recibido y acogido (Col 2,7; 1Tim 6,13 14). Sin la tradición, al predicador
de la Palabra le faltarían raíces y fundamento. Desconocería
la ,naturaleza exacta de esta Palabra, la cual surge en el recuerdo y el memo
rial de las gestas del Señor. Por lo Unto, la tradición es el
vehículo del mensaje, y la palabra de Dios, tal como aparece en la Sagrada
Escritura, se sitúa en el proceso de transmisión de las maravillas
de Dios y, en concreto, de la más grande de todas ellas: la resurrección
de nuestro Señor Jesucristo.
c) Fidelidad. Esta referencia a la tradición nos lleva
a subrayar la fidelidad exigida al ministro de la Palabra. La fidelidad empieza
con la convicción de que los predicadores del evangelio no se predican
a ellos mismos, sino que anuncian la persona y la obra de Jesucristo (2Cor 4,5).
Quien se predica a sí mismo usa el mensaje como pretexto, como excusa
para divulgar sus propias ideas. Esto es un abuso: las convicciones propias
han de ser distinguidas de lo que dice la Palabra. Ciertamente, no es posible
la objetividad pura, ya que leer el texto equivale a establecer un diálogo
entre mi idea sobre el texto y lo que el texto me va mostrando. Si no vemos
cuáles son nuestras precomprensiones a la hora de acercarnos al texto,
estas precomprensiones se transformarán en prejuicios, y entonces la
interpretación quedará irremediablemente condicionada.
La fidelidad pasa, pues, por el servicio al mensaje que parece descubrirse en
el texto. La referencia permanente a la tradición y la ayuda y orientación
del magisterio favorecen la acogida y transmisión de la verdad del evangelio
y liberan de una interpretación subjetiva. Ciertamente el magisterio
eclesial, ejercido por los obispos, presididos por el sucesor de Pedro, "no
está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio"; esa
es la razón por la que sustenta, en nombre de Jesucristo y con la asistencia
del Espíritu Santo, "el oficio de interpretar auténticamente
la palabra de Dios, oral o escrita" (cf DV 10). El servidor del evangelio,
que quiere ser predicador de Jesucristo, encuentra en el diálogo obediente
con el magisterio el sello que garantiza su trabajo evangelizador. Este diálogo,
a veces complejo, ayudará al ministro de la Palabra a ser un auténtico
servidor de la unidad de la fe con un amplio sentido de la verdad, sin detrimento
del sentido pastoral. En consecuencia, la fidelidad del ministro de la Palabra
pasa por la aceptación sincera del mensaje que le han transmitido y del
que él mismo se convierte en transmisor bajo la guía de sus pastores.
d) Actualización en el momento presente. La fidelidad, vinculada
al mensaje que se predica y a la tradición que lo vehiculiza, pasa también
por la necesaria actualización, de acuerdo con las urgencias del momento
presente. Se trata, pues, de combinar la fidelidad pasiva (repetición
de lo que se nos ha comunicado) y la fidelidad activa (la que procura que el
acontecimiento salvador se repita en el presente de los que lo escuchan). Las
dos fidelidades están profundamente entrelazadas, ya que se abre paso
al don divino a partir de la fidelidad pasiva, aunque es necesaria la fidelidad
activa como medio que facilite la llegada de la salvación.
El ministro de la Palabra sabe, pues, que actualizar el mensaje no quiere decir
tan solo expresar las cosas de siempre con palabras actuales, sino procurar
que se reproduzca ahora y aquí el encuentro entre Dios y el hombre. Su
función de intérprete de la Palabra, sensible al lenguaje y a
los problemas actuales, solamente culmina cuando el mensaje interpela a quienes
lo escuchan y les mueve a una respuesta decidida y valerosa. Exactamente aquella
respuesta que se produjo en el pasado, cuando el mensaje llegó a sus
primeros oyentes testigos y fue capaz de crear en ellos una adhesión
incondicional y de originar una tradición indestructible.
2. LOS MEDIOS QUE EMPLEA.
¿Con qué medios ha de anunciar el mensaje el servidor de este
mensaje? ¿De qué manera tiene que situarlo en relación
con su proyecto de vida? Dice el apóstol: "Cuando llegué
a vuestra ciudad, llegué anunciándoos el misterio de Dios no con
alardes de elocuencia o de sabiduría" (lCor 2,1). Pablo no quiere
usar en su predicación habilidades y refinamientos retóricos,
que convertirían el mensaje en un producto para vender. Prefiere una
cierta debilidad en su discurso para que brille con todo su resplandor la fuerza
del Espíritu, su poder convincente. La utilización de recursos
de la sabiduría humana, usados como arma coercitiva, haría un
flaco servicio al evangelio. En todo momento, el predicador ha de utilizar unos
medios que dejen bien claro que él es un instrumento en manos de Dios
y de su Palabra. De hecho, esta Palabra o mensaje se concreta en Jesucristo
crucificado, debilidad a los ojos del mundo y sabiduría a los ojos de
Dios.
a) La debilidad, el diálogo y la comunicación. El servidor
de la Palabra lo es desde la debilidad, desde el diálogo y la comunicación
con el otro. Hacer llegar el mensaje pide el tú a tú, la relación
entre personas, la amistad compartida, la propuesta y la invitación.
Difícilmente puede existir un medio más propio para la difusión
del mensaje evangélico que el que surge del estilo que encontramos en
la predicación de Jesús. El método usado por Jesús
en el anuncio del Reino se fundamenta en la llamada y el diálogo.
b) El testimonio. El servidor de la Palabra no querrá inundar
con sus palabras; al contrario, se esforzará en despertar aquellos resortes
más profundos de la persona, allí donde libremente se deciden
las opciones de vida. Por otra parte, el ministro de la Palabra mostrará
que vive lo que predica, que su vida responde al mensaje que anuncia.
Así pues, para llevar a término un anuncio fecundo del evangelio
es necesario el testimonio ante los que escuchan. En la misión de los
Doce (Mc 6,7 13 y par.), Jesús manda a los que tienen que anunciar el
Reino que lo hagan de forma sencilla y austera, que lleven bastón, sandalias
y un vestido, pero que coman lo que les den las personas que les reciban en
casa. Predican la acogida y la conversión y tienen que presentarse con
el saludo de la paz. El testimonio, entendido como coherencia entre la palabra
y los hechos, es el primer anuncio. El predicador, antes de proclamar el mensaje,
lo vive, y así el mensaje empieza a ser comprendido por los que escuchan.
c) Vinculación entre Palabra y sacramento. El alimento espiritual
que se consigue con la Palabra queda profundamente vinculado al sacramento.
Los sacramentos son el ámbito donde el ministro de la Palabra ve realizado,
en su sentido pleno, el misterio salvador de Dios. Los sacramentos confirman
la Palabra, ya que en ellos el mensaje toma cuerpo concreto y visible en la
acción de Dios en la historia humana. La Palabra llama a la conversión
y suscita la respuesta de la fe. En el sacramento, la fe es don que transforma
el corazón del creyente y lo convierte en un nuevo ser; por el sacramento,
se convierte en hijo de Dios. Lo que la Palabra manifiesta, el sacramento lo
culmina.
La Palabra es acontecimiento salvador, pero en el sacramento la Palabra se integra
en la realidad última de la fe: la unión personal con el Padre,
con el Hijo y con el Espíritu Santo. Por el sacramento, el amor de Dios
se experimenta desde la humildad y la grandeza del signo. Por todo eso, el ministro
de la Palabra busca y encuentra en los sacramentos de la Iglesia la densidad
de salvación que propone en su mensaje. La Palabra no se puede anunciar
al margen del gesto sacramental. Aquí es donde se lleva a cabo aquella
entrada al Reino, presente y futuro, que la Palabra anuncia.
( Tärrech, Armand Puig, Ministerio de
la Palabra, en Nuevo Diccionario de Catequética, Vol. II, Ed. San Pablo
1999, p. 1472-1477)
El ministerio de la catequesis y sus agentes
El Espíritu, que conduce a la Iglesia en
su misión, suscita continuamente vocaciones para la evangelización
y la catequesis que hoy necesita la Iglesia. A unos llama al ministerio sacerdotal,
una de cuyas funciones es, precisamente, la educación de la fe. A otros
llama a la vida consagrada para realizar, desde esa vocación, tareas
evangelizadoras muy variadas. Muchos de ellos son llamados a trabajar en la
catequesis. Muchos laicos, en fin, se ven solicitados "a una cooperación
más inmediata con el apostolado de la jerarquía, como aquellos
hombres y mujeres que ayudaban al apóstol Pablo en la evangelización,
trabajando mucho en el Señor" (LG 33). A algunos de ellos la Iglesia
les encomienda la tarea concreta de catequizar. Todos estos agentes están
al servicio del "ministerio de la catequesis" (CT 13), que es un ministerio
fundamental en toda Iglesia particular.
1. DIVERSIDAD DE MINISTERIOS EN LA IGLESIA. Sabido es que hay en la Iglesia
una gran diversidad de ministerios en la unidad de la misión. El Nuevo
Testamento describe, en efecto, diversas formas según las cuales el cristiano
ejerce su responsabilidad eclesial: "Así, el Espíritu a uno
le concede hablar con sabiduría; a otro, por el mis mo Espíritu,
hablar con conocimiento profundo; el mismo Espíritu a uno le concede
el don de la fe; a otro el poder de curar a los enfermos; a otro el don de hacer
milagros; a otro el decir profecías; a otro el saber distinguir entre
los espíritus falsos y el Espíritu verdadero; a otro hablar lenguas
extrañas, y a otros saber interpretarlas. Todo esto lo lleva a cabo el
único y mismo Espíritu, repartiendo a cada uno sus dones como
quiere" (lCor 12,8 1 l). Los catequistas, en concreto, reciben el carisma
de educar en la fe a otros, realizando ellos también su tarea, movidos
por el Espíritu.
2. CARACTERÍSTICAS DEL MINISTERIO DE LA CATEQUESIS. "En el
conjunto de ministerios y servicios, con los que la Iglesia particular realiza
su misión evangelizadora, ocupa un lugar destacado el ministerio de la
catequesis" (DGC 219).
Este ministerio catequético está configurado por estas características:
1) Es un servicio único, realizado de modo conjunto por sacerdotes, religiosos
y laicos, en comunión con el obispo; 2) Es un servicio oficial, que se
realiza en nombre de la Iglesia. No es una acción que pueda realizarse
a título privado o por pura iniciativa personal; 3) Tiene un carácter
propio, que se distingue de otros ministerios también fundamentales (anuncio
misionero, ministerio litúrgico, enseñanza de la teología,
ministerio de la caridad ... ). Los agentes de la catequesis no se confunden
con los otros agentes pastorales, ya que su acción se circunscribe a
un modo particular de educar en la fe.
3. UN MINISTERIO QUE SE EJERCE COLEGIALMENTE. Es muy importante subrayar
que el ministerio de la catequesis en la Iglesia no es algo meramente individual.
El servicio de la catequesis, en una Iglesia determinada, es uno solo y se realiza
por medio de muchos agentes, de modo corporativo, cada uno con su vocación
eclesial, cada uno con su carisma. Como afirma Catechesi tradendae, se trata
de "una responsabilidad diferenciada pero común" (CT 16).
Esto quiere decir que el sujeto activo de las grandes acciones evangelizadoras
es la Iglesia particular. Es ella la que anuncia, la que catequiza, la que bautiza,
la que celebra la eucaristía... Los agentes de la catequesis sirven (se
ponen al servicio) a ese ministerio y actúan en nombre de la Iglesia.
Las implicaciones teológicas, espirituales y pastorales de esta eclesialidad
de la catequesis son grandes (cf DGC 21).
El hecho de que el ministerio catequético sea único, pero realizado
de manera diferenciada, afecta mucho a la naturaleza de la catequesis, ya que
esta transmite la fe apoyándose en la palabra y el testimonio de toda
la comunidad cristiana. Es la conjunción de la palabra y el testimonio
sacerdotal, religioso y laical la que presenta el rostro completo de la realidad
eclesial a la que los catecúmenos y los catequizandos se adhieren. "Si
faltase alguna de estas formas de presencia, la catequesis perdería parte
de su riqueza y significación" (DGC 219).
4. PRESBÍTEROS, RELIGIOSOS Y LAICOS EN EL MINISTERIO CATEQUÉTICO.
En este cuerpo colectivo, que sirve al ministerio de la catequesis, los presbíteros,
los religiosos y los laicos tienen cada uno, por tanto, su puesto propio: 1)
Los presbíteros reciben la misión de catequizar. Al recibir el
ministerio sacerdotal mediante el sacramento del orden, se les confiere, entre
otras cosas, el ministerio de la Palabra, por el que han de realizar a un tiempo
la misión de anunciar el evangelio a los no creyentes y la misión
de educar en la fe a los creyentes. "Tratan, por ello, de que los fieles
de la comunidad se formen adecuadamente y alcancen la madurez cristiana"
(DGC 224). 2) Los religiosos, al ser llamados al servicio catequético,
ofrecen una aportación peculiar valiosísima, la que deriva de
su condición específica de personas consagradas a Dios mediante
la profesión de los consejos evangélicos. La radicalidad de su
entrega es signo viviente de una Iglesia llamada a vivir los valores de las
bienaventuranzas. Es más, los diversos carismas fundacionales "enriquecen
una tarea común con unos acentos propios, muchas veces de gran hondura
religiosa, social y pedagógica" (DGC 229). 3)Los laicos colaboran
en el servicio catequético desde su condición peculiar: "el
carácter secular es propio de los laicos" (LG 3 l). Lo característico
de su aportación consiste, en efecto, en que viven plenamente insertos
en las tareas seculares: vida familiar, profesional, sindical, política,
cultural; es decir, viven la misma forma de vida que aquellos a quienes catequizan.
De este modo, "los propios catecúmenos y catequizandos pueden encontrar
en ellos un modelo cristiano cercano en el que proyectar su futuro como creyentes"
(DGC 230).
5. LOS LAICOS QUE ASUMEN ESTE MINISTERIO. "La vocación del
laico para la catequesis brota del sacramento del bautismo y es robustecida
por el sacramento de la confirmación, gracias a los cuales participa
de la misión sacerdotal, profética y real de Cristo" (DGC
23 l).
Esta es la vocación común al apostolado. Todos los creyentes tienen,
en efecto, el deber de confesar su fe con la palabra y el testimonio. Pero además
de esta vocación común, algunos laicos se sienten interiormente
llamados por Dios para asumir la tarea de transmitir a otros la fe de una manera
más orgánica. Es una vocación específica para asumir
el servicio oficial de la catequesis. La Iglesia discierne esta llamada divina
y confiere a los que considera aptos la misión de catequizar.
Los documentos de la Iglesia distinguen dos tipos de catequistas: los catequistas
a tiempo pleno y los catequistas a tiempo parcial (DGC 233; cf AG 17). Es decir,
se dan entre los catequistas grados diversos de dedicación.
Muchos catequistas, en efecto, sólo pueden dedicar a la catequesis un
corto espacio de tiempo (una sesión semanal, por ejemplo) y lo hacen
durante un período limitado de su vida (tres o cuatro años). Se
trata de una aportación muy valiosa. La mayor parte de los catequistas
colaboran, normalmente, de esta manera.
Pero, junto a ellos, es necesario avanzar hacia una forma de colaboración
más intensa y estable. Por colaboración intensa puede entenderse,
por ejemplo, el equivalente a una media jornada laboral. Por colaboración
estable hay que entender un compromiso suficientemente dilatado en el tiempo
(de diez a quince años, por ejemplo).
El nuevo Directorio da mucha importancia a este compromiso más intenso
y estable: "la importancia del ministerio de la catequesis aconseja que
en la diócesis exista, ordinariamente, un cierto número de religiosos
y laicos estables y generosamente dedicados a la catequesis, reconocidos públicamente
por la Iglesia y que, en comunión con los sacerdotes y el obispo, contribuyan
a dar a este servicio diocesano la configuración eclesial que le es propia"
(DGC 23 l).
Esta aportación del Directorio es riquísima y tiene un gran alcance.
Apunta a una institucionalización del compromiso religioso y laical para
el servicio de la catequesis, de acuerdo a las prescripciones del Código
de Derecho canónico: "Los laicos que sean considerados idóneos
tienen capacidad de ser llamados por los sagrados Pastores para aquellos oficios
eclesiales (officia) y encargos (munera) que puedan cumplir según las
prescripciones del derecho" (CIC 228).
Las ventajas de institucionalizar el servicio o encargo de ser catequista en
nuestras Iglesias particulares son grandes, Es la mejor forma de oficializar
el reconocimiento de la comunidad cristiana al catequista, seglar o religioso.
Otra ventaja clara y no la más pequeña es que, mientras el presbítero,
normalmente, y en virtud de su ministerio pastoral, debe atender un amplio abanico
de tareas eclesiales, esos catequistas estables ejercen esta tarea eclesial
dedicándose sólo a ella. También es importante que las
diócesis sostengan económicamente a estos catequistas, aunque
no hagan de ello una profesión.
No es necesario ni conveniente que esta nueva figura, la del catequista estable,
irrumpa artificialmente en nuestra escena pastoral, sino sólo en la medida
en que las necesidades catequizadoras de una diócesis lo reclamen. Pero
qué duda cabe que muchas diócesis pueden ir dotándose de
estos cuadros de religiosos y seglares que, en unión de algunos presbíteros
más directamente responsabilizados de la catequesis, van a visibilizar
el ministerio de la catequesis en una Iglesia particular.
( Recalde, Ricardo Lázaro y Pedrosa Ares, Vicente Ma, El catequista,
en Nuevo Diccionario de Catequética, Vol. II, Ed. San Pablo 1999, p.420-
423)
La vocación del catequista
Hablar de la "vocación" del catequista
supone adentrarnos en lo más íntimo de su relación con
el mundo que lo rodea y con Dios y analizar las condiciones más profundas
que le hacen capaz de entregarse a una tarea catequística.
Señalaremos en primer lugar que la catequesis no figura entre los ministerios.
Esto puede ser interpretado como un cierto temor de parte de la iglesia actual
a abrir los ministerios a las mujeres, ya que la gran mayoría de los
catequistas son mujeres. Pero también se puede considerar como la manifestación
de que la catequesis es una vocación plenamente laica que saca su fuerza
y su misión del Bautismo y de la Confirmación. Así, podemos
decir que la catequesis es una concretización del sacerdocio laico fundamentada
en el sacerdocio que confiere ambos sacramentos. Pero más allá
de estas consideraciones teológicas e institucionales, nos interesa el
sentido vivo, amplio y profundo que tiene el catequista de su vocación
ya que es ese sentido el que lo capacita y lo sensibiliza desde dentro desde
su unión con Dios para elaborar el método catequístico
no en su aspecto técnico sino desde la conciencia del amor del Padre
que se derrama en nosotros.
Aunque la fuente y la fortaleza de la vocación catequística surja
y crezca con la gracia del Bautismo y de la Confirmación y se alimente
con el Pan y el Vino eucarísticos, no podemos decir que todos los cristianos
bautizados tengamos de por sí vocación catequística. Esta
vocación, además de los Sacramentos de Iniciación, necesita
de un carisma donde arraigarse y crecer. Este carisma consiste especialmente
en la capacidad de ayudar a los demás a crecer en la fe. Para eso el
catequista necesita tener un don o carisma pedagógico y la capacidad
de transmitir la fe de una manera ordenada y sintética. El don pedagógico
puede estar limitado o circunscripto a un grupo determinado: niños, adolescentes,
adultos, etc. Puede abarcar también varios o todos los grupos de catequizandos.
Lo mismo cabe decir de la capacidad de síntesis, que puede ser recibida
de una manera inicial o de una manera completa y diversificada.
Muchos catequistas ven surgir su vocación desde las ganas personales
de llevar a cabo esta tarea. Quieren enseñar el Evangelio, quieren ayudar
a educar a los chicos, quieren transmitir la fe a los adultos, etc. Estas ganas
van acompañadas generalmente de un sentimiento de capacidad. Cuando uno
siente ganas de algo es porque se siente capaz de ello. la capacidad que nos
da el Espíritu Santo nos atrae y nos mueve interiormente a realizar una
tarea, pero esta misma capacidad tiene que ser desarrollada y perfeccionada.
Una verdadera vocación que vive y crece nos lleva a estudiar para fundamentar
y ampliar nuestros conocimientos. Los grupos de catequistas en las Parroquias,
en los Seminarios Catequísticos, en los Institutos de Catequesis, son
todos medios puestos a disposición de los catequistas para perfeccionarse
cada vez más.
Otros catequistas simplemente han sido llamados por el párroco ante la
urgente necesidad de la Iglesia o de la comunidad. La catequesis se les ha presentado
como una tarea inmediata reclamada por la situación M mundo y de la Iglesia.
A eso se les debe sumar un mínimo del carisma propio de las catequistas;
de otra manera no florecerá su vocación. Además, las necesidades
de la Iglesia deben ser expuestas y concientizadas cada vez más explícitamente
para que la catequesis pueda realizarse en toda su amplitud. Por ejemplo, asistimos
en la actualidad a un gran auge de la atención sobre la catequesis de
adultos. Hoy se la considera imprescindible para que los adultos, a su vez,
puedan llevar a cabo adecuadamente la catequesis de sus hijos. Hemos descubierto
también la necesidad y la posibilidad de trabajar con Discapacitados
y con otros grupos especiales (enfermos, presos, aborígenes).
Otro grupo de catequistas han descubierto su vocación particular por
medio de la oración y el trato íntimo con Jesucristo. la apertura
de su corazón en la oración y en la vida sacramental les ha permitido
escuchar la Palabra de Dios que los llama a ser catequistas. La urgencia de
la Iglesia y las ganas de ser catequistas vienen para ellos en segundo lugar.
La vida interior les hace percibir el llamado de Dios, pero ellos también
tienen que profundizar su capacidad y su saber hacer como catequistas.
(De Vos, Frans, Metodología catequística, Ed. Claretiana, Buenos Aires, 2000, p. 32 - 34)
Del Directorio Catequístico
General: ver nº 219
Del Navega Mar Adentro: ver nº 70