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ENADIR 2003
(Encuentro Nacional de Directores de
Juntas Catequísticas)
Comisión 2:
El catequista desde una espiritualidad propia
Texto Principal: ¿Existe o no una espiritualidad laical?
I. A modo de presentación
A partir de una iniciativa del Consejo de Redacción, hemos invitado a
un grupo de laicos para conversar sobre la existencia de una espiritualidad
propia del laicado y recepcionamos sus aportes. No podía ser de otra
manera: es desde la propia visión que a los laicos se les presenta el
desafío de aportar activamente a la discusión.
Sin dudarlo, un grupo de cinco personas, se ofreció animadamente a acercar
su opinión. Ellos son cristianos y cristianas que viven diariamente su
compromiso con y por el Reino en la cotidianeidad laboral y familiar. Nuestro
agradecimiento, por tanto, a Florencia Del CASTILLO, Marita De LORENZI, Teresa
ITHURRALDE, Mario MARTÍNEZ, Susana VIÑAS y Ana ZANEL por su buena
disposición y riqueza de su aporte.
Como preparación, se invitó a reflexionar sobre dos preguntas
que se orientaron concretamente a resolver la entidad de una espiritualidad
laical y, en caso de sostenerla, cuáles serían sus notas específicas
partiendo de la propia experiencia de oración, lectura de la Palabra
y vivencia cotidiana. Así, sin más, se concretaron dos encuentros
en semanas sucesivas en los que se compartió abiertamente la propia experiencia
y, como verán, la gran riqueza de apropiación de los textos bíblicos
y su actualidad.
¿Qué encontrarán en estas páginas? Un coloquio,
un sencillo compartir de la interioridad desde la vivencia y el aprendizaje
cotidiano de la mano del Señor: El fruto de un legítimo "dejarse
afectar "por el Evangelio: el escrito y el vivido; el del Señor
de la historia y el de la propia historia.
Comprobarán que carece de otra conclusión que no sea el "espejar"
lo propio y lo compartido. Así nos pareció oportuno en la intención
de promover, también entre los lectores, un ejercicio similar. Para que
el "narrar fielmente... con breve o sumaria declaración " (EE
2) los anime a la tarea de preguntarse y compartir con otros para seguir creciendo.
II Coloquio.
Se nos invita a compartir una palabra `laica' que sea nuestra... desde la experiencia
de los laicos. Nos invita a intercambiar experiencias acerca del tema guiados
por estas preguntas:
1. ¿Existe una espiritualidad laical? ¿Cuáles serían
sus características?
2. ¿Qué sería lo más específico de
la espiritualidad laical?
Sí, hay una espiritualidad laical. Pero si vamos a hablar de una espiritualidad
deberíamos introducir una referencia antropológica, ¿no
es así?.
Más aún, habría que `re escribir' una antropología
bíblica... Comenzando a la luz del Génesis... "Y vio Dios
que era bueno..."' para terminar en clave del Apocalipsis: "El Espíritu
y la Esposa dicen "ven "..."
Desde siempre, el pueblo de Dios ha sentido la necesidad de reflexionar sobre
el hombre, a quien, definitivamente, está destinado el plan de Dios.
El hombre se relaciona con lo terrenal y lo temporal, pero está llamado
a una comunión de vida en diálogo con Dios. Todos tenemos la posibilidad
de salir de los límites del tiempo y el espacio, para vivir según
el Espíritu.
Todos los cristianos, vinculados por la gracia pascual del Bautismo, están
llamados a una vida nueva, la vida en el Espíritu que a su vez genera
una nueva mirada sobre el mundo. La espiritualidad cristiana nunca es ajena
al mundo y a la historia.
Así el Espíritu asume un rol de síntesis, ya que incluye
los afectos, el intelecto, la voluntad. Es decir que vivir en la dimensión
espiritual es procurar vivir la humanidad integralmente, su ser en el mundo,
sometido al peso de lo cotidiano.
Retomando el concepto, interpretamos `espiritualidad' como la experiencia de
vida vivida `en el Espíritu'. Una vida que se deja `animar' por el Espíritu
(pneuma). Pero resulta claro que no hablamos de cualquier espiritualidad, sino
de espiritualidad cristiana, es decir de la vocación a vivir la vida
cristiana, y por lo tanto a vivir la vida en el Espíritu de Jesucristo,
Dios Encarnado que murió y resucitó por "mis pecados"
("me amó y se entregó por mí"), que nos envía
Su Espíritu... el que se revela como una presencia en la vida del hombre
(`varón y la mujer') de fe y que se manifiesta de manera especial en
la comunidad.
Esta llamada a vivir la vida cristiana parte siempre de una experiencia personal
de encuentro con Dios. Experiencia que debe ir siendo trinitaria. Y haber una
relación entre la vida de fe y su crecimiento hasta integrar una experiencia
madura de fe vivida y encarnada... Esto supone un `sujeto' capaz y dispuesto
a dejar que la vida se despliegue en una dimensión teologal (Fe, Esperanza,
Caridad). Requiere un talante capaz de confiar, confiarse, abandonarse, dejarse
llevar...
Se trata de una experiencia de la cual no podemos prescindir. Podemos decir
que hay al menos una primera (y hay otras) experiencia fundante de encuentro
personal con Dios, con un Dios que establece una relación personal de
alianza, una relación de amistad dialogante con el hombre.
Se trata de una invitación y una llamada universal a todos los bautizados
en cualquiera de las formas a que son llamados permaneciendo en el mundo ' (los
laicos): al matrimonio cristiano, a causas humanitarias, científicas,
de acción social y política; o quienes `se retiran del mundo',
llamados a la Vida Consagrada, religiosos, religiosas y sacerdotes.
En segundo lugar, en este sentido, parece una obviedad hablar de una espiritualidad
laica: siempre que haya un hombre (varón y mujer), que escuche el llamado
a vivir la vida en el mundo, desde el mundo, sin dejarse poseer, sin "ser"
del mundo y dejándose guiar, conducir por Dios se puede decir que hay,
ha habido y habrá una espiritualidad laical.
Pues ésta no es otra cosa que la respuesta al llamado primero a la vida
humana permitiendo que la presencia del Señor penetre en todas las esferas
de vida del hombre...
Si nos concentramos en la necesidad de definir `espiritualidad' parece que se
refiere a una nueva toma de conciencia de la urgencia del llamado a `hacer nuevas
todas las cosas' que reconocemos en las conclusiones del Concilio Vaticano II.
Una clave de este llamado es la fuerza que surge del Bautismo como consagración
de la existencia que se manifiesta en la integración del cristiano en
una comunidad en la que el Espíritu se expresa a través de carismas.
Este es un punto fundamental, e insisto que me parece muy necesaria renovar
la toma de conciencia de la vocación a la vida cristiana, y por lo tanto
a los llamados a "permanecer en el mundo": hacer una "re novación"
de lo que significa ser un "laico cristiano". Porque no parece, al
menos que los cristianos `laicos' estemos asumiendo los lugares donde ser signos
de una vida en el Espíritu... de esto surge la siguiente aclaración
acerca de una auténtica "espiritualidad".
Si estamos de acuerdo en que podemos hablar de una "espiritualidad que
viven los laicos" vamos a convenir que de esto se sigue la necesidad de
formular las características o notas que dicha espiritualidad tiene.
Entonces podremos ir haciendo el intento de definir lo más específico.
Lo primero y esto parece responder a la pregunta por lo más específico
, parece surgir del mismo llamado a vivir la vida cristiana en el mundo, a permanecer
en él, arrojados a la tarea de llevar la `Buena Noticia del Evangelio
de Jesucristo' en todos los ambientes y situaciones en las que la vida laica
se va desarrollando; a colaborar con Dios en la transformación de la
realidad, atentos en la escucha de la Palabra de Dios que se va revelando en
la vida cotidiana en la que el hombre se halla inmerso. Aquí ya tenemos
dos elementos:
un modo de ser y estar en el mundo sin ser del mundo, una inmersión
en el mando como el lugar de encuentro con Dios en la cotidianeidad,
y
la posibilidad de colaborar en la transformación del mundo desde
la inmediatez que caracteriza este modo de vida. Somos llamados a consagrar
el mundo "para Dios" permaneciendo en el mundo y en este sentido ser
signos desde "dentro del mundo".
Sí de un Dios que es Persona; y además una experiencia trinitaria:
el Padre misericordioso, una experiencia de gratuidad', de pecador perdonado
que gracias a este encuentro con el Señor Jesús el Cristo hace
la opción de seguirle, ofreciendo su vida en prenda de gratitud por tanto
amor gratuito, animado por la fuerza del Espíritu.
Es decir debe ser una experiencia "trinitaria": una experiencia y
una relación personal que lo "arroja" a la vida concreta en
el Espíritu: un nuevo nacimiento..., una "salida de sí hacia
el Otro y hacia los otros..."
Una experiencia que es, además, un proceso continuo de conversión,
porque es la evolución personalizada de una experiencia antropológica
de Dios en cada momento de la vida.
Lo propio del laico es justamente esto: vivir en la lucha contra la des integración
de la experiencia en los distintos ambientes en los que se mueve.
Definitivamente esta experiencia debe ser integradora de todos los aspectos
de la vida humana para no caer en las dos grandes tentaciones: la de un espiritualismo
de tipo intimista que abandona como una `fuga mundi' los desafíos de
la vida en el mundo de hoy; y la de una praxis inmanentista que niega la trascendencia
de Dios.
Resolver esta 2tensión" que se da entre ambos aspectos, en lo más
propio del hombre en el mundo, que es un `espíritu encarnado'... es el
primer desafío de una verdadera espiritualidad cristiana. Lo que estamos
viviendo es sobre todo una nueva toma de conciencia acerca de una forma más
profunda de la vida espiritual, como viviendo un "kairós":
el tiempo de los laicos.
Durante el siglo XX se han hecho oír diversas voces proféticas
desde dentro de la Iglesia y dentro de la Compañía de Jesús.
No podemos dejar de pensar en T. de Chardin, P Arrope y K. Rahner: "El
siglo que viene es este será de los `místicos'..." entendido
esto como aquellos que fundan su vida de fe en una experiencia personal y una
relación de intimidad con Dios.
Esbocemos juntos las notas características de la espiritualidad laical
según lo que venimos reflexionando:
1 °) La secularidad y el mundo como lugar teológico y lugar
privilegiado de encuentro con Dios (el Totalmente Otro) y de encuentro con los
otros (Cristo en los otros, mis hermanos, el prójimo) para una reflexión
acerca de una espiritualidad laica, con todos los desafíos y las asignaturas
pendientes que esto significa. La piedra de toque de una auténtica vida
espiritual es la `salida de sí hacia los otros y hacia el Otro...
2°) La "tensión" creativa y en permanente discernimiento
acerca de los signos de los tiempos que en el mundo van indicando, entre errores
y aciertos, por dónde habla Dios en la inmediatez de la cotidianeidad.
la dimensión profunda, de fondo de la vida cotidiana, el peso de lo cotidiano
en los diversos `mundos' (la familia, el trabajo, la familia, el estudio, el
descanso y lo social, ...etc.), ser levadura, fermento del mundo, vivir la fe
en una suerte de mística de la acción, del servicio en cada una
de las circunstancias en que el laico se va insertando sin caer en la fragmentación
y la disolución en la "mundanidad".
3°) Una radicalidad para vivir lo contra cultural de la opción
por la vida cristiana en el mundo: el llamado a una vida cristiana en contextos
históricos, socio culturales y personales cada vez más fragmentados
y hasta en violento choque.
4°) La urgencia de una apertura hacia el mundo para entrar en diálogo
amoroso, creativo y sanador con todas las realidades que claman por la presencia
de Dios, y en muchas circunstancias se manifiestan como un grito desesperado
por la ausencia de Dios, mejor dicho de una humanidad que se ha ausentado de
Su Presencia; incluso de un cristianismo que fuera de las prácticas religiosas
se vive de espaldas a Dios; una mirada que ayude a recuperar en medio de tanto
sufrimiento la mirada de Dios, pues el mundo con todo y a pesar de todo lo que
hemos hecho de Su Creación es el lugar donde El se acerca a nuestro encuentro
(por la tarde Dios se paseaba por el Jardín ...).Y las dos preguntas
claves en relación con el "pecado"' de Génesis 3: ¿Por
qué te escondes...?; y ¿Dónde está tu hermano...?
Una relectura de estos temas significaría una nueva toma de conciencia
acerca de la espiritualidad que aspiramos a vivir los laicos. Cada uno, con
sus posibilidades y experiencias totalmente diversas, y contando con que al
Principio y al Final todo es Gracia. Y así, en consecuencia, "tomar
en nuestras manos", hacernos responsables los unos por los otros.
Sabiendo el precio que esto implica...
(Florencia del Castillo, Marita de Lorenzi, Teresa Ithurralde,
Mario Martínez, Susana Viñas, Ana Zanel, Boletín de Espiritualidad
Ignaciana, Año XXXV n° 201 Abril/Junio 2003, p. 7 - 14)
Otros textos: ESPIRITUALIDAD DE LA ACTIVIDAD DEL CATEQUISTA
Cuando se habla de la espiritualidad del catequista,
lamentablemente suele decirse lo mismo que podría afirmarse de un sacerdote,
una religiosa, o un monje. Se dice, por ejemplo, que la espiritualidad del catequista
está integrada por la oración personal, la lectura de la Biblia,
la Eucaristía, y suele agregarse la Liturgia de las Horas. Pero entonces
no se habla de una espiritualidad específica del catequista, ni siquiera
de una espiritualidad, sino sólo de algunos medios de espiritualidad
comunes a todos los cristianos.
La espiritualidad que caracteriza a un catequista, como cualquier otra espiritualidad
cristiana, está marcada por las notas propias de su misión. No
se trata de espacios de espiritualidad vividos al margen de esa misión,
como si uno hiciera un paréntesis íntimo para dedicarse a Dios
y como si la tarea catequística no fuera "espiritual".
La propia misión no es un apéndice o una pat1e de la propia existencia.
La misión marca a fondo la vida y la identidad, de tal manera que uno
se entiende a sí mismo como transformado por esa misión. El nombre
de "Jesús", que significa "Dios salva", quiere decir
que Jesús estaba completamente marcado por su misión de salvador.
Lo mismo debería suceder con un catequista de alma. Un buen catequista
se identifica de tal modo con su misión que podría agregarla a
su nombre: "Marta Catequista López", "Francisco Catequista
Bosch".
De este modo comprendemos que la espiritualidad también debe estar marcada
por la misión catequística. El catequista está llamado
a vivir una profundidad espiritual en su propia misión. Si esto es así,
cuando el catequista tiene un momento de contemplación en la oración,
eso que contempla permanece en su corazón cuando va a dar catequesis,
y lo vive en la misma actividad catequística.
Es más, eso que se contempla en la oración se hace más
maduro cuando pasa a la acción y se comunica a otros. En la comunicación,
lo que uno ha contemplado se enriquece, se expresa, se aplica, se profundiza,
se proyecta y crece en el ejercicio del ministerio catequístico.
Como consecuencia, cuando el catequista termina un encuentro catequístico
y vuelve a tener un momento de recogimiento, ese encuentro solitario con Dios
será más rico que el anterior, porque ahora estará cargado
con la riqueza que le ha dado la vida, y más concretamente, con lo que
vivió en el encuentro de catequesis.
La espiritualidad es el dinamismo del amor que el Espíritu infunde en
nuestros corazones e impregna toda nuestra vida. Pero ese dinamismo del amor
está marcado, enriquecido, adornado, embellecido por unas notas distintivas
que vienen de la misión que uno debe realizar, de la tarea concreta que
debe desempeñar para los demás.
Por eso, no ama de la misma manera un catequista que un monje o que un predicador
itinerante. Ama de otro modo, con otro estilo, con una pasión diferente.
Podemos decir que cuando una tarea se vive de un modo adecuado, se crea una
cultura espiritual propia de esa misión recibida de Dios. Esa cultura
espiritual se transmite cada vez que un nuevo catequista se integra a una comunidad
de catequistas, y adquiere espontáneamente - como por ósmosis
- las notas de la espiritualidad de su misión. Pero esto sucede si verdaderamente
en esa comunidad de catequistas hay una "cultura espiritual catequística".
Es decir, si en esa comunidad se ha encarnado verdaderamente la espiritualidad
específica de la acción catequística; si esa espiritualidad
propia se ha convertido en una suerte de "tesoro comunitario" que
otorga vida y dinamismo. En ese caso, la espiritualidad cristiana se ha "encarnado"
verdaderamente en la misión catequística.
La espiritualidad evangelizadora es un camino de santificación comunitaria
en el ejercicio de la misión apostólica. Este camino no deja afuera
nada de lo que integra la actividad evangelizadora. Todo ha de situarse bajo
el impulso del Espíritu de santidad. Todo ha de elevarse en la presencia
del Dios Santo, implorando juntos su luz, su auxilio y su perdón. Por
tanto, también el camino responsable y participativo de planificación
pastoral, ejecución y evaluación a la luz de la Palabra, forman
parte de este proceso de santificación comunitaria. Necesitamos superar
toda forma de dualismo, como si la organización fuera una realidad diferente
o separada de la vida según el Espíritu.
Cuando llegue el encuentro de catequesis, luego de haberlo preparado a lo largo
de la semana, el momento de la catequesis será un acto espiritual y pastoral
al mismo tiempo. Las palabras y el encuentro con los demás se cargan
de un significando profundo, y así el encuentro alimenta, santifica,
realiza al catequista.
No fue espiritual sólo el momento de plegaria, sino toda a preparación
hecha con amor, que da sentido, gozo, claridad y seguridad al catequista en
el encuentro de catequesis, y puede llegar a vivir una verdadera experiencia
mística en medio de ese encuentro con los demás.
Esta actividad pastoral se hace así profundamente satisfactoria, y en
lugar de desgastarlo, plenifica al catequista y lo llena de vida. Así,
el momento de descanso posterior al encuentro no será el desenchufe de
un corazón vacío y hastiado, que se sacó un peso de encima,
sino el reposo de un corazón profundamente satisfecho.
El encuentro con los demás no debería ser un obstáculo
que limite nuestras posibilidades contemplativas. Afirmar eso sería volver
a establecer un marcado dualismo entre la intimidad y la exterioridad, entre
la subjetividad y la acción, entre la soledad y el encuentro con el otro,
entendiendo la exterioridad, la acción y el encuentro con los demás
como enemigos de la contemplación.
Veamos juntos cómo es esa modalidad específica de ser espiritual
que se vive en la misión catequística, las diez características
básicas de la espiritualidad de la catequesis, o sea, la mística
propia de la actividad catequística.
( Fernández, Víctor
Manuel, Catequesis con Espíritu, Los diez caminos de la espiritualidad
catequística, San Benito, 2003)
Del Directorio Catequístico
General: ver nº 238 - 239
Del Navega Mar Adentro: ver nº 3 - 20