Iluminaciones

 Primera Parte: La Eucaristía, Misterio de Comunión 

En la eucaristía celebramos con toda la comunidad la presencia de Jesús, a través de su palabra, pero especialmente en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, toda su persona, en forma íntegra por medio de la Santa Eucaristía. Él mismo se donó, dejándonos su Cuerpo y Sangre en las especies del Pan y Vino, es por ello entonces una gracia sin igual, el entrar en comunión con Cristo entero, por medio de la Comunión Eucarística (Mt. 26, 26-28). Es un encuentro Vital, que requiere la adhesión personal, ese Amén que es la fe profesada y expresada en mi apertura total a ese Jesús Vivo y Presente.

Esta comunión con Cristo, “exige” al cristiano la puesta en práctica de un estilo de vida propio del que se sabe y se dice en íntima unión con el Señor. Compromete el dar nueva forma a la vida de uno mismo, siguiendo el ejemplo del Maestro, “exige” por tanto una disposición a la conversión de la propia vida, según el Proyecto de Vida presentado por Voluntad del Padre. La comunión eucarística realizada en forma consciente y debidamente preparada, asegura un crecimiento de la unión vital con Él (Jesús Eucaristía) y una más plena participación en la Vida Trinitaria, haciéndonos crecer en la Caridad y al mismo tiempo una purificación progresiva de las secuelas que el pecado ha dejado en nuestro corazón, fortaleciéndonos para que seamos fieles a nuestra vocación bautismal.

En la Eucaristía está el poder que puede acelerar la marcha misteriosa de la humanidad “hasta colmarse de la total plenitud de Dios”, hasta alcanzar “la madurez de la plenitud de Cristo”, porque de Él todo “recibe unidad y cohesión...” de ahí que podemos afirmar que en la Eucaristía ya está realizada la plenitud del mundo. Por eso la Eucaristía es el centro vital del universo, el foco desbordante de amor y la fuente de vida inagotable de esta tierra.

La Eucaristía es el anticipo del banquete celestial ya inaugurado por Cristo, en espera de la consumación escatológica. Es así como entramos en comunión profunda, no sólo con nosotros mismos sino también con nuestros hermanos de la Iglesia triunfante del cielo, y se establece un vínculo solidario con los hermanos difuntos de la Iglesia que se estan purificando. Particularmente, entramos en íntima comunión con María, porque “María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas”.

Debemos descubrir el valor divino de aquello que nutre nuestra vida, debemos por tanto, vaciarnos de todo, para llenarnos de Él, el único valor que no pasa de moda. Quizás muchas veces no la comprendamos del todo, quizás a veces resulta monótona y aburrida, es importante entonces, tener en claro que uno no participa de la mesa del altar, por la amistad con el sacerdote, sino como respuesta a la invitación de Jesús, respondemos así con un Sí decidido, con el Amén.

Segunda Parte: Eucaristía y Reconciliación

Hay que tener siempre los ojos de la inteligencia y del espíritu para descubrir cuáles son los valores o antivalores que la sociedad, solapada, discreta o directamente nos está mostrando, o incentivando a vivirlos. “Que no se nos pase lo que nos pasa”, no debemos dejarnos arrastrar por la corriente, la conciencia crítica, iluminada por la luz del espíritu debe animar a despertarse y desde la propia vida, el propio testimonio, manifestar un nuevo estilo de vida, con un valor que muchas veces se menosprecia o se le es indiferente, y que no se ve, el Amor.

Jesús muestra que Él llama a su mesa también a los pecadores, significando que este es el lugar de la gran reconciliación. (Lc 15,11-32) En ella nos revela al “Padre pródigo” en misericordia, donde se descubre ese valor que muchas veces no se ve, se lo deja de lado o se lo “oculta” con tantas otras cosas, ese valor que es el Amor de Dios manifestado a sus hijos. El amor paternal de Dios, funda la filiación, restaura la fraternidad y convoca a la fiesta y alegría .

El evangelio es la Buena Noticia de la reconciliación en Cristo. Ese valor que no se ve, invita fundamentalmente a la reconciliación, si el pecado es alejamiento y desencuentro, la reconciliación es acercamiento y reencuentro. La salvación es reconciliación con Dios: superación de la enemistad y retorno a la comunión. Ante una sociedad desgarrada y en un mundo que parece dejarse llevar por caminos de autosalvación, la Iglesia proclama, celebra y practica la reconciliación como un Don del Amor gratuito y tierno de Dios.

Esta obra divina de reconciliación, realizada “en” Cristo mueve al discípulo a convertirse en apóstol de la reconciliación con Dios y con los hombres. La Iglesia es efecto e instrumento de la reconciliación ya realizada “en Cristo”; de ahí que es un pueblo reconciliado y una comunidad reconciliadora que debe “anunciar la palabra de la reconciliación” y ejercer el “misterio de la reconciliación” (2 Cor 5,18-19).

El encuentro con el Padre funda la reconciliación con los hermanos. La reconciliación filial sostiene, promueve y reclama la reconciliación fraterna (Mt 5,23-24).

La Eucaristía es el Pan de la reconciliación que restaura la comunión de amor, recrea los vínculos fraternos y mueve a iniciativas reconciliadoras para construir la amistad, la concordia, la unión y la paz. Por lo tanto celebrar la Eucaristía según la verdad de Cristo es vivir reconciliados. Puesto que en la Iglesia que adora a Jesús en la Eucaristía puede y debe haber lugar para todos. (Jn 17,21). Por eso toda comunidad cristiana es “unidad en la diversidad o diversidad reconciliada”.

Esta reconciliación desafía a un cambio radical de vida, a la conversión total de la persona. La Eucaristía es fuente del amor que une, “capaz de contribuir a la curación de las divisiones internas de los pueblos y sostener la convivencia social reconciliando a los ciudadanos”. En una nación en la que la honda fractura social hace muy difícil lograr consensos a favor del bien común, la Eucaristía, bien vivida, exige apremiantemente a la comunidad a convertirse en un verdadero “hogar de diálogo”.

La consigna de Jesús “¡Denles ustedes de comer!” asume así un nuevo significado: la Iglesia debe satisfacer el hambre de amor y unión sentando a los hermanos a la mesa de la reconciliación.

En íntima conexión con la Eucaristía, y en ordenación a ella, sacramento de reconciliación y comunión, la Iglesia destaca –entre tantos caminos pastorales al servicio de la paz – al sacramento de la misericordia, penitencia y perdón, llamado también Sacramento de la Reconciliación.

Este sacramento es la acción más significativa y eficaz que realiza la Iglesia al servicio de la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí. Su fruto es un hombre pacificado con Dios, consigo mismo, con los demás, con la Iglesia, con toda la creación. Al recibir el perdón “nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado.

Tercera Parte: Eucaristía y Solidaridad.

La comunidad que se reúne a celebrar la Eucaristía, en su vivencia, debe preocuparse de que existan las cuatro características que modelaran a las primeras comunidades cristianas: La escucha de la Palabra de Dios, la explicación de los pastores, la oración elevada a Dios y el compartir los bienes, teniendo en cuenta especialmente a los mas necesitados (Hch. 2,42).

Una fe que no se expresa en obras, es una fe muerta dirá San Pablo, una comunión que no se exprese en gestos de solidaridad para con los hermanos, especialmente los mas necesitados, es una comunión que no ha sido fructífera, porque la gracia sólo puede transformar el mundo a través del corazón transformado y esa verdadera transformación del corazón hace que las relaciones humanas sean mas humanizantes. Lo primero que produce la Eucaristía, a partir de los corazones que reciben su gracia, es la comunión fraterna, la vida y los bienes compartidos (Hch. 2, 44-45).

Una cristiano que se alimente del Pan Eucarístico, estará alimentando en su corazón el espíritu de reconciliación y será instrumento del mismo Cristo, para acercar a los hermanos distantes hacia el reencuentro para con su Dios y sus hermanos. Es la Eucaristía, la que hace que todo aquél que la reciba, ya no viva para sí mismo, sino como miembros de un pueblo que “buscan activamente una patria fraterna y una sociedad solidaria”.

Así como el Pan que se transforma en Cuerpo de Cristo es el fruto mancomunado de muchas personas que trabajan con otros y para otros; el trabajo común genera el pan que se comparte en la mesa familiar y los bienes que enriquecen la sociedad civil. Es preciso tener en claro que sólo en la Eucaristía tiene su origen la entrega generosa al servicio de los demás, esto es lo que lo diferencia a la caridad cristiana de un simple asistensialismo.

El apóstol Pablo, fue quien veló constantemente en sus comunidades acerca de esta doble misión de la vivencia de “la cena del Señor”, la espiritual y la social, es decir, fe y vida siguiendo un mismo espíritu. Sería un error olvidar la dimensión social, eclesial de este Sacramento. (1 Cor. 10,17). El gesto solidario será el testimonio más coherente y claro de una verdadera y profunda comunión con Cristo y con su Cuerpo, la Iglesia. “Porque el corazón sólo se ha abierto verdaderamente a la acción de Jesús en la Eucaristía cuando de él brota el impulso al servicio, el deseo de hacer feliz a otro, la identificación con los mas necesitados, el amor compasivo, solidario y universal”.

Desde la tradición eclesial, los fieles se reúnen para ser alimentados con el Pan de la Palabra y con el Pan de la Eucaristía, y al mismo tiempo se presta especial atención a que ninguno carezca del pan material. En Argentina, un país tan rico en materia prima, no se puede olvidar a tantos hogares que carecen del alimento diario, el recibir a Cristo Eucarístico debe nutrir una “espiritualidad eucarística” que lleve a cada hogar cristiano, a compartir “el pan en sus casas”  (Hch. 2,46). Cobra, en este contexto, fundamental importancia el mandato que Jesús nos hace hoy a nosotros, cristianos comprometidos, en comunión con Él, el “denles ustedes de comer .

Esto exige del cristiano, que sepa hacerse uno con el pobre, a “imagen y semejanza” del mismo Cristo que supo anonadarse en la simple apariencia de Pan y Vino e identificándose con el oprimido y humillado( Mt. 25,40). La presencia de Cristo en la Eucaristía debe abrir los ojos de todos los creyentes para reconocer esa misma presencia real,  del Dios Vivo,  en los pobres, allí radica la fidelidad de la Iglesia, como “Esposa de Cristo” .

La Eucaristía debe ser comprendida y experimentada como escuela de amor al prójimo en la que aprendemos el servicio a Cristo presente en los pobres, débiles y sufrientes. El Pan del Amor, Cristo Eucarístico, llevan a hacer una la devoción eucarística con la solidaridad fraterna, esto se destaca ya desde las primeras comunidades Cristianas (Hch. 2). Es así como debemos crear una comunidad que sea “casa y escuela de comunión”, Iglesia que nace de la Eucaristía, para los excluidos, olvidados y marginados de nuestra Patria. La comunión eucarística, para quien la recibe bien dispuesto, es el alimento de una “espiritualidad de comunión” que transfigura las inclinaciones mas profundas del corazón, abriéndolo sinceramente para acoger al pobre.