1. Introducción
Estas páginas intentan ofrecer algunos
recursos para introducir a jóvenes en la oración y el silencio.
En muchos de nuestros grupos juveniles se hace difícil encontrar una
pedagogía de la oración que responda a las expectativas de los
jóvenes y a la iniciación de la vida cristiana, que pretende todo
animador de la fe.
Algunos presupuestos básicos para esta pedagogía de la oración
son los siguientes. El equipo de animadores de la fe debe ser testimonio activo
de lo que pretende comunicar, para ello en sus reuniones de planificación
y revisión deberán incluir momentos de oración y contemplación.
Los animadores de la fe deberán estar convencidos de que no intentan
imponer ningún método o proyecto sino que su tarea es una invitación
a la fe en nombre de Jesús. Para ello los animadores deben invitar a
los chicos al silencio y a la oración como algo importante y valioso.
El equipo de animadores deberá ser muy consciente de todo lo que significa
el mundo de la imagen y de los símbolos, y utilizar de ellos para el
fin que nos proponemos: colocar al joven en el encuentro con Jesús.
Será muy importante que las actividades celebrativas no sean algo añadido
al conjunto del proyecto pastoral o educativo sino que deberán
ser parte integrante. Por ello este tipo de actividades estarán germinalmente
en el inicio del proyecto pastoral. De aquí deducimos que la oración
no podrá estar aislada del conjunto de vivencias y expectativas de los
jóvenes, más bien será el lugar integrador de todas las
experiencias.
Los recursos que aquí presentamos intentan también iniciar a los
jóvenes en la oración personal, ofreciendo modos y posibilidades
de encuentros con el Señor desde la propia intimidad.
No olvidemos que Jesús nos pide un
corazón transformado para más amarlo y seguirlo. Y para ello debemos
darle cabida en nuestro interior a menudo endurecido y cerrado.
Las celebraciones de la fe nos pueden permitir esponjar nuestro yo profundo
y dejarnos empapar por la presencia misteriosa y gratuita del Señor.
Y así llenos de esta presencia amorosa, compartir nuestra vida goteando
fraternidad con todas aquellas personas que salen a nuestro paso.
2. Una oración de la vida para una vida nueva
La oración cristiana es el encuentro con
el Señor desde nuestra condición de personas abiertas y capaces
de recibir su presencia.
La oración cristiana no es un momento aislado del conjunto de nuestra
existencia, sino que debería ser la condición creyente.
El cristiano es aquel que vive su realidad cotidiana, en su seguimiento concreto,
como un don compartido. Toda la vida se encuentra sumergida en la presencia
amorosa del Señor, aunque se manifiesta con mayor intensidad en los momentos
de fraternidad liberadora, en la intimidad generadora y en la comunidad de servicio.
De esta vida cotidiana debemos escoger los elementos de oración y contemplación.
La oración no es pensar en otra realidad que no participe de mi propia
vida, ni que no tenga nada que ver-con la propia historia.
La oración nace de la vida, nace de la alegría, del gozo,
de la mediocridad, del sufrimiento y del dolor. La oración nace de toda
situación que da paso a la presencia de Jesús.
En el gemido de nuestras limitaciones está Jesús animando o callando
a nuestro lado. En el estallido de nuestro gozo está Jesús sonriendo
con nosotros.
Por ello la oración nace de la vida, de la vida creyente, de la vida
que espera más de sus propias posibilidades, de la vida confiada en aquel
que da sentido a toda esperanza. Y no sólo nace de la vida, la oración
nos da vida, nos ofrece la vida en el Espíritu. Es el propio Espíritu
de Jesús quien nos acompaña y nos da vida nueva para compartir,
nos da fuerzas nuevas para combatir dificultades y las injusticias, nos da consuelo
nuevo para gozar del amor verdadero, nos alienta aire nuevo para solidarizarnos
con los que les falta aliento.
La oración es toda una actitud de vida, una vida que busca y que
encuentra, una vida que ama y es amada, una vida que sufre y que consuela.
Y esta actitud hace de nuestra vida una vida dialogante con Jesús, con
los otros, con los más necesitados. Este diálogo rompe el monólogo
de nuestro egoísmo encorvado. Este diálogo con Jesús nos
permite conocer su proyecto actualizado en nuestra historia, en nuestro contexto.
El diálogo nos pone en relación con Jesús, da sentido a
nuestro proyecto, confronta nuestra realidad y espera confiadamente la consumación
de nuestra vida.
De nuestra vida nace la oración y con Jesús vivifica nuestra manera
de estar viviendo, sin dejarse alumbrar por falsos espejismos. Oramos pues para
tener Vida, para compartir esta vida actualizada con Jesús y con los
demás. Nuestra oración modifica nuevamente las relaciones personales,
da un aire nuevo a nuestra manera de estar con uno mismo y con los demás.
3. Disposición personal y clima grupal
Para toda celebración se requiere una disposición
personal, una actitud personal de querer celebrar, de querer compartir.
En las celebraciones de la Fe, en las que celebramos la presencia de Jesús,
se precisa una disposición de confianza sincera.
La celebración es una invitación: he de sentirme llamado a festejar
algo muy importante y querido, incluso deseado. Para ello debemos motivar a
nuestros jóvenes a sentirse llamados, a sentirse invitados a la celebración.
No celebramos algo que se nos impone sino algo que nos ofrecen.
Es muy importante crear antes de la celebración de Fe esta disposición
de confianza sincera en el misterio de Jesús.
La disposición personal supone también tomar conciencia de la
invitación que se nos hace. En las actividades concretas celebrativas
de la Fe es conveniente una introducción a la celebración y un
silencio previo para tomar postura tanto física como interior. Tomar
postura interior supone prepararse para dar acogida a Alguien muy esperado pero
aún desconocido. Esta disposición personal supone un tiempo, una
espera que hay que aceptar confiadamente.
Muchas celebraciones de la Fe se realizan sin la disposición personal,
entonces el Esperado se encuentra a las puertas de nuestra morada. La disposición
personal supone una actitud vigilante, pues no sabemos el momento ni la hora
del encuentro del Señor.
La celebración de la Fe requiere también un clima grupal. Cuando
celebramos algo importante acondicionamos un lugar, disponemos de un estilo
nuevo de presentarnos. Cuando celebramos con jóvenes debemos favorecer
un clima de confianza, debemos evitar las tensiones grupales, las confianzas
y prejuicios.
Favorecer un clima grupal supone poner
ya en común algo de nosotros mismos. El clima grupal se va haciendo
en la misma preparación de la celebración, en las actividades
previas a la oración, en la propia dinámica que lleva el grupo
en cuestión, etc...
El lugar físico donde se realizará
la celebración es muy importante y ayuda a crear tanto la disposición
personal como el clima grupal. Este lugar físico deberá evitar
los ruidos excesivos, las incomodidades de capacidad o de acomodación,
la puntualidad de los asistentes, las posibles distracciones de imágenes.
Así pues celebrar supone acondicionar un lugar tanto exterior como interior
para festejar aquello que nos mueve y nos convoca, nuestra Fe en Jesús
resucitado.
Tanto la disposición personal como
el clima grupal suponen también saber a dónde queremos ir con
nuestra celebración y qué queremos celebrar. Pues toda verdadera
celebración de Fe nos remite a la propia vida renovada, más comprometida
y más solidaria con aquellos que nos necesitan. Nunca la celebración
de la Fe nos dejará estáticos e inmóviles.
4. Los símbolos al servicio de la celebración de la Fe
El lenguaje religioso al referirse al Misterio
de Dios y a su Revelación en Jesucristo no tiene suficiente con las palabras
objetivas y concretas sino que debe utilizar la analogía para expresar
esa realidad de la cual sabemos lo mucho que desconocemos más que lo
poco que podemos limitar con nuestra razón. Por eso el lenguaje bíblico
utiliza no sólo la analogía para referirse a Dios sino también
la simbología para introducirnos en el Misterio. El símbolo, debido
a su subjetividad, permite no acotar con total seguridad la realidad de Dios.
El símbolo no es la propia realidad de Dios, tan sólo la apunta
o señala. En los sacramentos, los símbolos contienen una realidad
propia y expresan aquello que quieren expresar para la comunidad. En el contexto
social donde nos movemos, la cultura simbólica ha recobrado importancia
a través de la imagen y el sonido. Es evidente que la imagen forma ya
parte de nuestra motivación perceptiva. No es nada despreciable aprovechar,
o más bien recobrar, todos los símbolos que aún podemos
poner al servicio de nuestras celebraciones para apuntar con más detenimiento
a la realidad misma de Dios.
Algunos de los símbolos que podemos utilizar en nuestras celebraciones
son los siguientes:
El agua,
tanto en la tradición bíblica como en la tradición secular
y cultural, posee una fuerte carga simbólica relacionada con la misma
vida, con la purificación, con la transparencia y la donación.
El agua es el símbolo del Sacramento del bautismo. En nuestras oraciones
puede significar todo aquello que nos da vida de una manera gratuita.
· El pan es el símbolo eucarístico por excelencia. Tiene todo el significado del fruto de la creación y del trabajo de los hombres. También significa el alimento que necesitamos para seguir viviendo. El pan nuestro de cada día, que nos enseña Jesús en la oración, es todo aquello que necesitamos para ser personas. Pero el pan también significa aquel pan que hace falta en tantos países del Tercer Mundo, la falta de compartir los bienes. Por eso compartir el pan es comprometerse para que no le falte a ningún hombre.
· La luz es el símbolo de Jesús Resucitado. El cirio pascua] representa la victoria de Jesús 'sobre la muerte, el sí de Dios al proyecto de Jesús. También el Evangelio es luz para los hombres. La luz significa también la vida nueva que se comparte iluminando a los demás. La luz rompe con el dominio de las tinieblas. Jesús nos revela el Misterio de Luz en medio de las tinieblas y sufrimientos del mundo.
· El fuego se relaciona con el Espíritu que todo lo transforma. También tiene un carácter purificador y al mismo tiempo creador. Así pues, el Espíritu desciende en lengua de fuego creando hombres nuevos a los discípulos. El fuego también es aquello que nos une y nos acerca los unos a los otros. El fuego nos da su calor y nos ilumina. También puede ser destructor; puede servir para alguna celebración de la Reconciliación como destructor de nuestras debilidades.
· La flor es el símbolo de la belleza, de la armonía natural. Posee un gran valor de fraternidad y de amistad. Las flores nos anuncian la vida, la alegría de vivir. Una flor marchitada es una vida agotada. La flor es también símbolo de la fragilidad.
· La cruz es la expresión de máxima donación de Dios. Jesús muere en la cruz. Para el cristianismo la cruz es liberadora. La cruz nos compromete a seguir el camino de Jesús. Nos da esperanza en los momentos de dolor.
· El aceite
era usado por los gladiadores romanos para defenderse del contrario en los combates.
Es la librea para el combate. Significa la fuerza que nos permite luchar contra
las injusticias. Hay que vestirse de la librea de Cristo para luchar contra
el mal y la injusticia del mundo.
· La Palabra
es la comunicación, la expresión. Jesús es la Palabra del
Padre, en la Palabra lo que se comunica y quien se comunica es lo mismo.
· La paz representada
por la paloma es el máximo signo de fraternidad. La paz, al estrecharse
las manos, es un compromiso; el beso, nos implica con el otro, nos compromete
con el otro.
· La sal es
signo de justicia, la salazón permite conservar aquello de positivo.
La sal da sabor a la vida. Jesús invita a sus discípulos a ser
sal del mundo, a dar sabor a la vida de los hombres. La sal también puede
infertilizar la tierra. Un puñado de sal era lo que cobraba el trabajador
por su trabajo, de ahí el salario. La sal es la recompensa por nuestro
esfuerzo. También la sal escuece como signo de cicatrización y
de curación.
Algunas actividades celebrativas de la Fe
Miguel Cortés,
S.J.
Ed. Sal T errae